ESTAMBUL Y EL ORIENTE

76 Diplomacia bizantina

Estambul, año 949

 

Canaletto: Recepción del embajador francés en Venecia, 1726
Canaletto: Recepción del embajador francés en Venecia, 1726

 

El obispo Liutprando de Cremona, actuando como embajador del rey franco Otón II, viajó a Constantinopla con la misión de conseguir el acuerdo del imperio romano para un matrimonio diplomático entre el un hijo de Otón con una princesa bizantina. Antes de que le llegara el turno de presentarse ante la corte imperial, las autoridades le habían hecho esperar varias semanas, lujosamente alojado  en un palacio céntrico pero sometido a una estricta vigilancia. Cuando el 1 de agosto del año 949 llegó ante el emperador Constantino VII Porfirogéneta, se encontró con un sorprendente espectáculo que más tarde relató con detalle. Ante el trono imperial se erigía un enorme árbol de bronce dorado, en cuyas ramas descansaban pájaros mecánicos de colores que chirriaban sus particulares cantos. A los lados del inmenso trono, unos leones del mismo material rugían voraces mientras golpeaban el suelo con sus mecánicas colas. El embajador se inclinó profundamente ante el monarca según el protocolo que le habían prescrito y al incorporarse se llevó una gran  sorpresa: se encontró con que, por medio de unos misteriosos mecanismos, el trono se había elevado hacia las alturas. El emperador se había encumbrado tanto que al perplejo mandatario no le fue posible dirigirse a él y tuvo que contentarse con presentarle sus respetos a través de un intérprete.

La petición que más tarde pudo formular fue desdeñosamente rechazada por los bizantinos. Su finalidad era romper la resistencia del imperio romano oriental a reconocer al rey Otón como emperador del sacro imperio romano germánico. Era el  descendiente de Carlomagno, y éste había sido consagrado por el papa en el año 800 como emperador, rompiendo con ello la unidad del imperio romano y provocando a la larga el cisma de la iglesia ortodoxa. Liutprando escribió el informe de su fracasada misión con comprensibles acentos de frustración y un cierto desprecio por el exótico despliegue al que le habían sometido, que estimó más propio de las cortes orientales que de la civilización cristiana.

 

La exagerada manifestación de lujo y aparatosidad que exhibió en esta ocasión el imperio no era más que uno de los elementos de su método diplomático, y éste era el producto de una tradición de siglos. Era una mezcla de aportaciones culturales clásicas y orientales que habían ido definiendo una cultura muy especial: la del que más tarde, ya en el Renacimiento, fue llamado imperio bizantino, un estado que, no obstante, se consideraba el legítimo continuador del imperio romano por sucesión ininterrumpida de sus emperadores. Otros elementos de tal método son dignos de mencionar. El primero consistía en impresionar al enviado con un despliegue de fuerza militar, un desfile que, según se rumoreaba, hacía ostentación repetidamente de las escasas tropas disponibles, que aparecían una y otra vez ante los extranjeros con diferentes uniformes y armamentos. Todo este afán de realzar el frágil poder del imperio se completaba con un trabajo previo de información por profesionales especializados, encuadrados en la “oficina para los bárbaros”, primer antecedente de nuestros servicios secretos. Trataban de averiguar con precisión las circunstancias de los países con los que el imperio tenía que tratar para poder debilitarlos, interfiriendo en sus asuntos a través del fomento de disensiones dinásticas o revoluciones internas. Se esforzaban también por ganar con generosas dádivas la alianza de los países situados en la retaguardia de sus enemigos inmediatos de modo que estuvieran amenazados desde dos frentes. Por último, se aprovechaba diplomáticamente la fe cristiana para, a través de la conversión de los pueblos vecinos, crear solidaridades religiosas que promovieran alianzas políticas y defensivas.

 

Estamos hablando aún, naturalmente, de la diplomacia de una época muy anterior a las embajadas permanentes, que sólo hicieron realidad siglos más tarde la república veneciana y los primeros estados-nación de Europa, empezando por España y Francia. La diplomacia bizantina se limitaba a contactos esporádicos de enviados ad hoc para tratar algún tema concreto. Pero aún asi sus métodos se desarrollaron con gran intensidad, lo que supuso un cambio cualitativo considerable en relación con la época de los “heraldos” griegos y romanos. Es comprensible, ya que el esfuerzo diplomático suele ser inversamente proporcional al poder de un estado: superior por necesidad en los tiempos de decadencia y acoso. Y el imperio bizantino, cuya historia secular (326-1453) fue tan larga como accidentada, estuvo continuamente sometido a la presión de sus múltiples vecinos. A lo largo de los siglos, se fueron apoderando poco a poco de todos sus territorios hasta que, reducido a poco más de la ciudad de Constantinopla, acabó por ser conquistada los turcos otomanos en 1453. Los adversarios con los que tuvo que combatir o negociar no podían ser más variopintos, violentos y ambiciosos: primero los bulgaros, los rusos y los ávaros por el norte y los persas desde el este; más tarde, los árabes musulmanes desde el sur, seguidos de los señoríos francos de las cruzadas y, en fin, los turcos otomanos.

A pesar del continuo asedio, hubo  a lo largo de tantos siglos retrocesos y renacimientos. El emperador Justiniano I (527-565) había intentado con notable éxito restaurar el imperio, que se había derrumbado en occidente en el 476 por la presión de los bárbaros, y había podido reconquistar Italia, el Norte de Africa y una parte del reino visigodo de España. El emperador ante el que se presentó el obispo de Cremona, como mencionaba al principio, era  Constantino VII y pertenecía a la dinastía llamada de los macedonios, que, tras siglos de decadencia, había alumbrado un nuevo período de esplendor para el imperio. El propio Constantino había ascendido al trono bajo la custodia de un regente, Romano I, que había conseguido grandes éxitos militares y reformas sociales mientras él, durante su menor edad, se consagraba a la tarea de revivir la cultura clásica. Tuvo que lidiar, ya como emperador, con el desafío al que hemos aludido al relatar la misión del obispo de Cremona, que no era territorial, pero afectaba a la integridad del imperio. Éste, que había sabido conservar su identidad como estado a través de muchas avatares y reveses, se había encontrado con que el papa de Roma había coronado a Carlomagno como emperador, amenazando asi la continuidad a la que se aferraba Bizancio.

Para aquél entonces, en efecto, el imperio se había convertido verdaderamente, aunque no jurídicamente, en algo muy distinto del tradicional imperio romano: era bizantino porque había oficializado la lengua griega desde el año 620 y traducido todo el derecho romano a la que siempre había sido el habla popular en Constantinopla. Bizantino también, en el sentido popular que se da a esta palabra, por las intrincadas discusiones teológicas que lo habían desgarrado un siglo antes. La principal fue la querella de los iconoclastas, que llegaron al poder en el 730, cuando el emperador Leon III, para minar el predominio de la iglesia, había decretado el fin del culto a las imágenes y provocado un conflicto que duró todo un siglo. En el origen de esta controversia se encontraba la herejía llamada “monofisita”, que defendía que Jesús no tenía dos naturalezas, humana y divina, sino únicamente una naturaleza divina, y por lo tanto, era un sacrilegio representarlo en imágenes o estatuas. Algo tendría que ver en este asunto el fuerte asedio de los árabes musulmanes, cuya religión prohibía también la representación plástica de la divinidad.

 

Como puede verse, la vida del imperio no pudo ser más azarosa, en el interior y en el exterior, y ello explica el desarrollo sin precedentes de la diplomacia bizantina. Y desde luego, no tenía precedentes, pues se diferenciaba esencialmente de las diplomacias de los griegos y de los romanos, de cuya fusión nació la cultura del nuevo imperio. Las ciudades-estado de Grecia habían tenido mucho que guerrear y negociar entre sí y lo hacían a través de “heraldos”, una figura que mencionan ya las epopeyas de Homero: eran representantes de una ciudad encargados de exponer ante la asamblea de otra ciudad sus intereses y pretensiones. Actuaban propiamente como abogados y entre las ciudades se observaba un cierto protocolo. Por ejemplo, se respetaba (casi siempre) la integridad física del enviado, con lo que se estaba creando el precedente de los privilegios e inmunidades de los diplomáticos. Estos heraldos griegos estaban bajo la advocación de Hermes, un dios tramposo y desleal, y por ello la diplomacia griega no tuvo mucho prestigio. Se basaba en el engaño, como muestra la actuación de Ulises ante el rey de Troya queriendo hacerse pasar por menos listo de lo que era. Su transgresión del arma principal de la diplomacia, que es la confianza y la seriedad, dio a los diplomáticos la mala fama que les acompañó por mucho tiempo. Los romanos tampoco fundaron un verdadero sistema de diplomacia. Una vez que dominaron la península italiana por medio de tratados de alianza, casi siempre desiguales, con sus vecinos, construyeron su imperio por la fuerza y sin pararse en detalles de protocolo. Sin embargo, legaron a la posteridad un sólido sistema jurídico en el que el principio de la buena fe en el cumplimiento de los contratos privados ofrecía una base indispensable para la seguridad jurídica en las relaciones internacionales.

 

De todos modos, la diplomacia, como arte de la representación y la negociación, como técnica para conseguir ventajas sin usar la fuerza, es anterior a la historia. Se dice un poco retóricamente que nació ya con Adán y Eva, pero no es necesario ir tan lejos. Los antropólogos la han observado en los pueblos primitivos y confirman la idea. Claude Lévi-Strauss describió ya en 1949 La política extranjera de una sociedad primitiva, tras haber convivido con una pequeña tribu de aborígenes del Brasil central. Las nociones de territorio y la distinción entre el propio y el extraño eran los fundamentos básicos en la vida de estos pueblos. Agrupados de manera estable en pequeños poblados durante la estación de las lluvias, salen de ellos cuando ésta acaba para cazar y para negociar con las tribus vecinas. A través de ritos religiosos y un modo especial de dirigirse entre ellos modulando la voz, intercambian a través de intérpretes los bienes que han producido, pactan treguas, acuerdan matrimonios y reparten zonas para la caza. Nada nuevo, pues, bajo el sol, salvo las apariencias.

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(NORWICH, John Julius: Byzantium II, The Apogee: Penguin, Londres 1993.–LILIE, Ralph-Johannes: Bizanz. Geschichte des östömischen Reiches 326-1453; Verlag C. H. Beck, Munich 2010.–NICOLSON, Harold: The Evolution of Diplomatic Method; Londres, Constable and co. 1954.–Idem., La diplomacia; Breviarios del FCE, México 1950.–LÉVI-STRAUSS, Claude: La politique étrangère d’une societé primitive; Rev. Politique étrangère 85, Paris mayo 1949)

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