OTROS APUNTES

92 El aprendizaje de la prudencia

Londres, 1558

 

George Gower: Isabel I y la armada española, ca. 1588
George Gower: Isabel I y la armada española, ca. 1588

 

La prudencia no es virtud que atraiga a la juventud, más amante de la verdad y la espontaneidad. Suele comprenderse su necesidad, si no su atractivo, en los años de madurez. Sainte-Beuve empieza su comentario sobre las Reflexiones y máximas morales del duque de la Rochefoucauld reconociendo que “en los días de nuestra juventud, (esos aforismos) nos obligaban a rebelarnos porque nos parecían falsos, o nos molestaban por demasiado verdaderos”.  En efecto, los libros tratan de acercarnos a la prudencia pero lo cierto es que esta virtud teologal se aprende más que nada por la práctica. La reina Isabel I de Inglaterra reinó cuarenta y cinco años, desde que tenía 25 en 1558 hasta su muerte en 1563. Pasó su primera juventud en una corte donde dominaba la lucha violenta por el poder. Fue acusada de traición por su media hermana mayor, la católica María Tudor (Bloody Mary), hija de Enrique VIII y Catalina de Aragón, que la hizo interrogar cruelmente y la encerró en la torre de Londres, acusándola de mantenerse fiel al protestantismo que ella había abolido. Era culta, enérgica y alegre pero tuvo que mantenerse al margen de las intrigas para salvar su propia vida y la posibilidad de suceder a su hermana en el trono inglés. Cuando tenía sólo tres años fue declarada ilegítima para que no estorbara el reinado de su hermano Eduardo VI. Tardaría en saberlo, desde luego, pero pronto se vió rodeada de celos, peligros y tensiones y sólo recuperó sus derechos sucesorios por una decisión del parlamento en 1544. Aprendió a esperar y a callar, a responder sin dar respuesta, a observar uno de los componentes principales de la prudencia: la circunspección. Taceo et video (callo y veo) fue el apropiado lema de su escudo como reina. Mirando aprendió la esencia del poder, la conveniencia de atesorar más del necesario, la habilidad de usar el poder ajeno sin gastar el propio, de centrarse en un obstinado silencio sin revelar las propias intenciones. Así pudo presidir el lanzamiento de la potencia imperial británica y una paz de medio siglo que se ha comparado con la Pax Augustea.

 

Isabel dominaba varios idiomas, y leía asiduamente a los clásicos. En ellos, en Isócrates, Platón, Cicerón, san Agustín, debió sorprenderle la perplejidad de estos sabios a la hora de definir la prudencia, una virtud de la acción personal y política y no del pensamiento especulativo, la más necesaria al príncipe y al cortesano. Un clérigo inglés del que sólo se conoce el nombre, Catulfo, escribió uno de aquellos espejos de para príncipes que fueron numerosos en el imperio carolingio. Como era de esperar en una época marcada por la completa identificación del poder con la religión, los consejos a los futuros reyes solían intentar recordar a éstos su misión divina, su sagrada obligación de proteger a la iglesia y de administrar sus reinos aplicando la ley de Dios. Pero Catulfo iba más allá y enumeraba los “pilares” en que debe apoyarse el buen gobernante. Inició así la tradición de tantos escritores que intentaban definir las armas de la prudencia. “La primera es la veracidad en las decisiones regias; la segunda tener paciencia en todos los asuntos; la tercera la largueza en los dones; la cuarta la persuasión en las palabras; la quinta, la represión y corrección de los malvados; la sexta, el encumbramiento y exaltación de los buenos; la séptima, la moderación de los tributos exigidos al pueblo; y la octava, la equidad en el juicio entre pobres y ricos”. A éstos pilares añadió un último consejo que prefigura ya los futuros catecismos de prudencia que se escribirán para uso no sólo del rey sino también de sus cortesanos: rodearse de buenos asesores que conozcan la ley y no sean venales.

 

En el Renacimiento, Maquiavelo, Guicciardini y tantos otros desacralizaron la política y crearon un verdadero “arte” de prudencia, que miraba no tanto a los fines como a los medios. El famoso florentino consideraba la política como una ciencia neutral, con sus fines propios, le interesaba como un puro juego y no como medio para un fin. Schopenhauer resumió el nuevo espíritu cuando dijo que Maquiavelo enseñaba el arte de la esgrima pero no prejuzgaba si el espadachín tenía que salvar a inocentes doncellas o bien asesinar venerables ancianos. La iglesia se apresuró a condenar las doctrinas de Maquiavelo e intentó contrarrestarlas predicando una prudencia basada en los valores de la religión. Distinguió entre la “sindéresis”, o fidelidad al fin del bien común, y la prudencia propiamente dicha, que atiende solamente a los medios pero siempre dentro del cumplimiento de valores morales. Hobbes insistió en la distinción de Aristóteles entre la sabiduría, que es el resultado de las ciencias especulativas, y la prudencia, que se aplica a la acción política y social. Kant, por su parte, formuló una concepción laica de la prudencia al definirla como “la habilidad de elegir los mejores medios conducentes a la consecución del bienestar propio”.

 

Baltasar de Castiglione (1478-1529), que fue prácticamente contemporáneo de Maquiavelo, representa en el Renacimiento la defensa de un arte de la política inspirado aún por consideraciones religiosas. Se comprende, pues la parte más importante de su vida activa giró en torno a los estados pontificios y a la diplomacia romana. Castiglione pasó sus primeros años al servicio de las típicas cortes italianas del Renacimiento. Se educó en el Milán de los Sforza y prestó servicio más adelante en las cortes de Mantua y Urbino, pequeños principados dotados de poderosas burocracias, capaces de proveer a la defensa y promover además la cultura y las artes. El ducado de Urbino, bajo el gobierno de Federico de Montefeltro contaba con 355 funcionarios y servidores, entre ellos cuarenta y cinco condes, cinco altos secretarios, veintidós pajes, diecinueve camareros, etc. Castiglioni llegó a ser uno de los principales consejeros del duque y, tras desarrollar una distinguida actividad como militar, empezó pronto a realizar misiones diplomáticas, primero en Milán y más tarde en la corte papal, donde fue durante tres años embajador del duque de Urbino. Al caer éste, el papa Clemente VII, de la familia Medicis, le nombró en 1524 protonotario apostólico y en seguida nuncio pontificio en España, donde llevaba el encargo de enderezar las siempre difíciles relaciones del papado con el imperio del césar Carlos I. Tuvo que pasar momentos dramáticos cuando estas relaciones se deterioraron y se desencadenó la crisis máxima: el saqueo de Roma por tropas imperiales en 1527. Castiglione tuvo que representar al papa en un ambiente de gran hostilidad y polemizar con Alfonso de Valdés, el humanista secretario del emperador, que le había dirigido una carta defendiendo en términos enérgicos la actuación imperial: el Diálogo de las cosas ocurridas en Roma (1527).

 

Podemos adivinar los apuros del bravo nuncio en el ambiente pasional de la época, que recuerdan en algo a las circunstancias que pocos años más tarde rodearon la educación de la reina Isabel en la corte de la cruel María, aprendiendo la prudencia sobre la marcha. Consiguió la reconciliación de Carlos con el papado con los acuerdos de Bolonia en 1529, pero no sobrevivió a tantas experiencias, interesantes en exceso. Murió en Toledo a finales de ese año, entre honores y condecoraciones imperiales por su trabajo. Sin duda recordó durante sus duros años en la corte imperial, la dulzura de sus años en la corte de Urbino, en los que tuvo el tiempo y el buen humor de componer una obra maestra: el Libro del cortegiano.

 

Se trata, como su nombre indica, de un catecismo del servidor de los príncipes y, como tantos tratados de la época, fue redactado, con acentos muy personales, en forma de diálogos entre los cortesanos y los miembros de la familia ducal. Revelador de la amplia experiencia del autor como soldado y diplomático, tiene una finalidad esencial, la de educar a quien tenga que servir a su príncipe y “criarle” para que conduzca su una acción política al amparo de la verdad y la justicia. En estos diálogos se incluyen abundantes consejos para el príncipe, similares a los que daba Catulfo a los sucesores de Carlomagno. Pero además prescribe detalladamente las habilidades que debe adquirir el aspirante para llegar a ser el perfecto cortesano, un ideal de excelencia muy caro al individualismo renacentista: moverse con soltura en la corte y poder cumplir su alta misión junto al príncipe. Estas habilidades se desgranan en los tres primeros libros: incluyen el ejercicio físico y la habilidad discursiva, así como la disposición a animar bromas y juegos, incluida la música y otras artes: ha de saber “cantar y tañer, pero sin hacer ostentación de tales gracias”. El libro incluye también un amplio desarrollo sobre las virtudes de la “perfecta dama” y sobre el amor platónico.

 

La cuarta parte es la más interesante desde el punto de vista de la prudencia política. Como hemos visto, incluye una preceptiva dirigida al príncipe como preludio a la descripción de la tarea del cortesano como su educador, de la crianza de príncipes. El perfecto cortesano de Castiglione, al contrario que el príncipe maquiavélico, debe lograr un equilibrio entre la obediencia a su amo y su moral personal. Son importantes las apariencias y aconsejable la práctica de un sabio disimulo en muchas situaciones, combinando el respeto de la norma moral abstracta con la inmediata concreción de lo indicado para cada momento. El cortesano se entrega a una vida refinada, culta, caballeresca y virtuosa y debe cultivar un ideal humano que se basa principalmente en el equilibrio, definido como la huida de los extremos y la búsqueda del centro del círculo. Debe también actuar con naturalidad, huir de toda afectación y observar la temperancia y la modestia. Su misión, en definitiva, consiste, por medio de estas habilidades, en obtener del príncipe la confianza necesaria para poder revelarle siempre la verdad. Debe agradarle pero sin lisonja, ser cauto y contenido, hablar con templanza y no cobrar fama de mentiroso, aunque, tal como lo expresó Baltasar Gracián, debe tener un punto de negociante. Ahora bien, el perfecto cortesano, en esta concepción anti-maquiavélica, debe trazar un límite más allá del cual debe abandonar el servicio de su señor si éste, a pesar de sus advertencias y consejos, se inclina por la decisión injusta o arbitraria.

 

Hasta nuestros días insisten los autores católicos en una concepción de la prudencia marcada por los límites de una orientación moral, distinguiendo con santo Tomás de Aquino, entre lo “factible” en pura consideración de los hechos y lo “agible”, es decir, aquello que además de factible es acorde con el bien común al que debe dirigirse toda acción política. Pero la política es lábil y plástica, reconocen, fluida e imprevisible y la prudencia no puede ignorar estas imposiciones de la realidad. Tanto el que manda como el que aconseja, por lo tanto, deben actuar según ciertas normas de prudencia, que nunca podrán satisfacer con total seguridad, dado lo imprevisible de las circunstancias, pero que ayudarán a acertar dentro de los posible. Leopoldo López Palacios, un autor español de escuela clásica, que predicó el “prudentismo” frente al “maquiavelismo”, desarrolló con gran detalle las virtudes de la prudencia: memoria e intuición; docilidad al magisterio; solercia o agilidad mental; razón decisoria; providencia; circunspección; y finalmente, cautela. De todas ellas, tres llaman especialmente la atención. La memoria en primer lugar aconseja que las decisiones sean adoptadas teniendo en cuenta la experiencia del pasado, es decir, conociendo la historia para poder argumentar sobre el futuro. El verdadero cortesano, al igual que el príncipe, no debe ser mens momentánea, sino que debe conocer las consecuencias que han tenido en el pasado decisiones similares a las que se enfrenta en el presente. Íntimamente relacionada está la docilidad: significa que el que ha de tomar la decisión tiene que tener en cuenta el parecer de quienes le asesoran para poder decidir con perfecto conocimiento de causa, aunque sea para rechazar el consejo recibido: no te apoyes en tu prudencia, dice la Biblia (Prov. III, 5). En fin, la circunspección (del latín  circum-spicere, es decir, mirar alrededor) es la traducción práctica del lema de la reina Isabel Taceo et video: aconseja tener en cuenta las circunstancias y no decidir hasta que que todas hayan sido  consideradas. Como a pesar de todas estas precauciones, la imprevisibilidad de la vida nos aboca a decisiones equivocadas, el que decide y el que aconseja deben tener claro cuales son las fronteras de sus respectivas obligaciones. El que manda ha de asumir la responsabilidad de decidir aunque sea en contra del parecer del consejero; éste debe aconsejar con verdad y convicción sin pretender mandar al que manda.

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(CASTIGLIONE, Baltasar de: El cortesano; Austral, Madrid 1984.–NETTE, Herbert: Elizabeth I; Rohwolt, Hamburg 1982.–BARCALA MUÑOZ, Andrés: Edad media, en Historia de la teoría política I,  Fernando Vallespín ed.; Alianza Ed. Madrid 1990.–PALACIOS RODRÏGUEZ, Leopoldo: Prudencia política; Ed Rialp. Madrid 1957.–BARTLETT GIAMATTI, A.: A Prince and Her Poet; The Yale Review, vol 73, abril 1984; MARTINES, Lauro: Power and Imagination. City States in Renaissance Italy; Vintage Books, Nueva York 1980)

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