PARÍS, LONDRES, AMSTERDAM

69 El joven Charles Dickens

Londres, 1836

 

Phiz: Pickwick en la cárcel de Fleet Street, ca. 1838
Phiz: Pickwick en la cárcel de Fleet Street, ca. 1838

 

Sorprende que Franz Kafka admirara tanto a Charles Dickens (1812-1870), un genio de muy diferentes cualidades. Donde Kafka es sofisticado y reflexivo, misterioso y parco en palabras es Dickens locuaz, vulgar, inocente y enternecedor con su humor y su patetismo. En la biblioteca de Kafka no se encontraron libros de Dickens, pero consta que expresó su interés por ellos en apuntes de sus diarios y en sus cartas. Tenían en común un tema central en la obra de ambos: el horror por los misterios del derecho y el mundo de los tribunales. En La casa desolada está prefigurada la tragedia de El Proceso, cuyo protagonista se enfrenta a jueces y abogados que prolongan indefinidamente  sus procedimientos en aparente inacción hasta que los litigantes se rinden por agotamiento sin haber vislumbrado el desenlace. La burocracia de El Castillo es un espejo de la delirante “Cámara del circunloquio” de La pequeña Dorrit, una estructura burocrática impenetrable frente a la que no es posible apelar porque los funcionarios que la pueblan tienen prohibido responder. Este interés por la impiedad de los leguleyos les nació pronto a los dos escritores, el uno abogado reticente de una compañía de seguros, joven cronista parlamentario y de tribunales el otro. Ya en las primeras incursiones literarias de Dickens, los esbozos de la vida londinense que publicó bajo el seudónimo de Boz, aparecen atisbos de esta obsesión. Pero es en Los papeles póstumos del Club Pickwick donde encontramos una primera muestra del genio de Dickens para reproducir, con tonos de caricatura, las maquinaciones de los abogados corruptos y los entresijos de los tribunales indolentes. El ingenuo Sr. Pickwick es demandado por la señora Bardell, su casera, por incumplimiento de promesa matrimonial y el capítulo 35 de la novela está dedicado íntegramente a la vista oral del pleito. El abogado de la acusación retuerce groseramente el principio de la carga de la prueba cuando pregunta retóricamente a Pickwick: ¿niega que faltó a su promesa matrimonial habiendo como hay testigos que le vieron con la señora Bardell desmayada en sus brazos? El juez de la causa, soñoliento, reprende más tarde al testigo Sr. Winkle: ¿Cómo puede usted decir que se llama Nathaniel si yo acabo de apuntar que se llama Daniel?

 

El Sr. Pickwick acaba en la cárcel de Fleet Street pero no por la supuesta negativa a casarse con la señora Bardell, sino por negarse a pagar su deuda a los abogados de la acusación. La señora Bardell también acaba en la cárcel por razones similares y lo mismo le pasa a Jingle, el personaje más picaresco de la novela. Ésta, publicada como serial en la prensa entre los años 1836 y 1837 llega así a su clímax en un tono de dramatismo y de intriga, aunque se resuelve en un final feliz con libertad de todos los detenidos, clausura del Club Pickwick y bodas de los pickwickianos que se han enamorado durante sus correrías. Había empezado siendo una sucesión deslavazada de episodios a cual más disparatado. El Club fundado por Pickwick acuerda en una sesión solemne comisionar al presidente y tres amigos más, Winkle, Tupman y Snodgrass, para que viajen por Londres y sus alrededores y elaboren informes sobre la vida y costumbres del pueblo inglés. Los episodios ganan en interés cuando aparece en escena Sam Weller, un cómico sirviente que hace de contrapunto a su bondadoso y algo inocente amo. Nada que ver con Don Quijote y Sancho, aunque es frecuente relacionarlos, salvo la idea de contrastar dos personajes muy dispares para realzar sus caracteres. Don Quijote rechaza la realidad vulgar en busca del heroísmo, mientras que el bonachón Pickwick la acepta y sufre con paciencia sus consecuencias adversas. Sancho es profundo en su concisión popular donde Weller es tramposo, frívolo y parlanchín. Pero en el transcurso de la acción, Pickwick gana en solidez humana mientras que Weller asume para sí el peso de la farsa. Ambos deambulan con el resto de la comitiva por caminos embarrados, posadas, bodas y juergas, componiendo un libro de viajes repleto de aventuras y pequeñas intrigas contadas con mucho humor y ternura.

 

Esta novela sui generis conoció un éxito enorme. Dickens tenía 24 años cuando empezó a publicar sus episodios y saltó a la fama instantáneamente. Sus trabajos periodísticos le habían procurado el encargo por parte de un editor que necesitaba textos breves para acompañar como comentario los dibujos de un famoso ilustrador, Robert Seymour. Dickens se resistió brevemente a trabajar por encargo, pero pronto sucumbió a la tentación y con su carácter fuerte y decidido logró que cambiaran los términos del encargo: empezó a escribir las entregas del Club Pickwick y éstas se convirtieron en la parte principal del proyecto, quedando las ilustraciones en segundo plano. Dickens sabía lo que quería y a pesar de su corta edad había tenido unos principios lo bastante movidos como para adquirir una amplia experiencia vital. Su padre era un modesto empleado en la oficina de pagaduría de la Armada dotado de un gran talento para contraer deudas excesivas que dieron con él más de una vez en la cárcel de Marshalsea. La prisión por deudas, que ahora nos horroriza, era de lo más común en la época del primer liberalismo. Charles, con su madre y sus hermanos, acompañó al preso en la cárcel según la costumbre de la época y fue obligado a trabajar en una factoría betunando zapatos para ganar unos pocos chelines. En un momento raro de bonanza familiar pudo inscribirse brevemente en una escuela local y en ella cursó todos sus estudios. Pero el padre, aunque despilfarrador, no era tonto y supo contribuir al futuro éxito de Charles: hizo que aprendiera el útil arte de la taquigrafía y le dió para leer unos cuantos libros que el joven pudo devorar antes de que se los quitaran de las manos para llevarlos a la casa de empeño. Incluían el Quijote, Tom Jones, Gil Blas, el Vicario de Wakefield; en suma, la flor y nata de la literatura picaresca. Con estos rudimentarios elementos de formación y un genio natural extraordinario pudo nuestro héroe conseguir trabajo bien pronto, como ayudante en una firma de abogados primero, como cronista parlamentario a continuación, como sorpresivo escritor de gran éxito finalmente. Los Papeles póstumos le procuraron otro encargo para una novela muy diferente que escribió al mismo tiempo: el resultado fue Oliver Twist, un retrato patético de los bajos fondos del industrialismo sin control que dominaba la vida inglesa en aquel tiempo. Los ingresos inesperados de estos trabajos le permitieron también un casamiento temprano con Catherine Hogarth, la hija de su editor, esposa de conveniencia que tomó para sustituir a su primer amor por Maria Beadnell.

 

Hay quien opina que el éxito prematuro privó a Dickens de la maduración necesaria para ser un escritor a la altura de los más grandes. Publicó mucho, quince largas novelas y muchos cuentos, panfletos humanitarios, cartas y discursos. Escribía a borbotones y con un instinto certero para agradar al público lector. Se resistía a escribir por encargo como hizo con sus dos primeras obras pero era un gran creador y sabía sacar el mejor partido a cualquier tema que le propusieran. Además, inauguró el característico modo de producción literaria por folletines o entregas basados en temas originales, similar a los actuales seriales televisivos. Es decir que sus novelas apenas estaban concebidas en bruto cuando empezaba a entregar sus episodios y se desarrollaban a remolque de la actualidad y de las circunstancias y altibajos personales del escritor. Eran también resultado de la respuesta de los lectores, que Dickens observaba cuidadosamente para calibrar el acierto de lo que iba escribiendo. Así, Pickwick tuvo una acogida moderadamente exitosa pero solo se convirtió en un best-seller absoluto cuando en la sexta entrega Dickens introdujo el personaje del mayordomo Weller, que apuntala la narración en el resto de la novela como protagonista secundario. Martin Chuzzlewit (1843-44) es un caso extremo en este arte de la manipulación. Esta historia de un joven que ha sido desheredado por su acaudalado abuelo empezó también teniendo una acogida tibia entre el público. En vista de ello, Dickens lo hace viajar a Estados Unidos a buscar fortuna. Las tribulaciones del joven en América recuperaron la atención y la simpatía del público inglés y convirtieron la novela en uno más de los grandes éxitos editoriales de Dickens. El escritor había visitado el país en 1842 y había sufrido el rechazo del público americano, ya que había hecho en sus charlas comentarios imprudentes sobre la joven nación, como por ejemplo su acerba crítica de la esclavitud, que hirió la susceptibilidad patriótica de los nativos.

 

Nuestro autor escribía a destajo y hacía estos viajes porque necesitaba el dinero. Él era generoso y manirroto, y además su padre seguía contrayendo deudas y su numerosa familia causando gastos. Elevado a la fama repentinamente y sociable como era, Dickens quiso estar a la altura de una sociedad aristocrática que lo despreciaba por sus orígenes modestos. Se cuenta que un tal Lord Jeffrey comentó, tras una cena a la que Dickens le había invitado, que había sido “demasiado suntuosa para un hombre que solo está empezando a ser rico”. La sociedad victoriana era, en efecto, intolerante y puritana, pero sobre todo clasista. La burguesía cortejaba a la aristocracia y ambas mantenían discriminadas a las clases más desfavorecidas sufriendo las peores consecuencias del industrial-liberalismo incipiente. Dickens, que había sido testigo temprano de la vida miserable en las fábricas y en los dormitorios de pobres, se convirtió en un crítico implacable de las injusticias de la sociedad victoriana. Algo de ello contó en David Copperfield (1849-50), su novela más claramente autobiográfica, aunque su primer biógrafo John Forster insinúa que quizá el gran novelista exageró un poco al contar sus tribulaciones infantiles. Pero no se equivocaba respecto de las condiciones sociales de la época y además estaba resentido de que se le considerase incapaz de pintar a un gentleman, cosa que él no era, mientras que brillaba al describir a toda clase de seres marginales, vulgares y pintorescos. Él no era comparable a otros escritores victorianos, William Thackeray en particular. Este último no inventó ciertamente el “esnobismo” pero sí fue el primero en llamarlo así en El Libro de los Snobs, tan revelador del carácter casticista de los tiempos de la reina Victoria. El propio Dickens creó un típico snob en Pip, el personaje de la novela Grandes esperanzas que recibe una herencia inesperada y trata sin éxito de comportarse como un auténtico rico.

 

En una época centrada en el racionalismo y en el utilitarismo, Dickens se sumó a la reacción romántica contra los excesos liberales. El cardenal católico Newman había puesto el contrapunto teológico, el escocés Carlyle había predicado la virtud con su ominoso misticismo puritano, el esteta John Ruskin rechazaba el racionalismo del Renacimiento y fundaba el movimiento pre-rafaelita. Dickens entró en tromba en este movimiento crítico describiendo en sus novelas el mundo sórdido de las prisiones por deudas, los juzgados corruptos, la podredumbre de unas fábricas donde los representantes del laissez-faire habían sometido a los trabajadores a una miseria sin esperanza, amparados en la Ley de pobres, que se aprobó en 1834 para obligar a toda persona hábil a trabajar. Chesterton escribió que en Dickens dominaba el instinto, podríamos decir el “asco”. Él era una persona tumultuosa y formuló su crítica social por medio de un tumulto de personajes caricaturescos, auténticas joyas de la creación literaria. Era un burgués irritado y filantrópico, aunque no un socialista consciente, como algunos le han reprochado con cierto anacronismo. Quería, típicamente, todo para el pueblo pero sin el pueblo.

 

Aunque afable en el trato, Dickens transmite en sus obras, junto a un humor contagioso, una amargura implícita, a veces un afectado patetismo, como si quisiera convencerse de haber sufrido mucho en su vida, que fue sin duda tormentosa. Viajó a Estados Unidos y a Italia por necesidad económica, inventó los Cuentos de Navidad como una serie anual algo sensiblera, lo suficientemente fuerte en ventas como para permitirle salir de apuros. Acabó separándose con gran escándalo de su esposa por el amor de una actriz, Ellen Ternan, que encima no correspondía su pasión crepuscular. Aparte de dirigir revistas y participar en múltiples iniciativas humanitarias para ayudar a viudas y huérfanos, al final de su vida quiso aumentar sus ingresos ejerciendo un arte que había admirado y practicado desde su más temprana juventud: el teatro. A partir de 1858 puso de moda con gran éxito la lectura pública de sus obras en largas sesiones agotadoras en las que se empleaba a fondo como actor. Hicieron las delicias de sus numerosos admiradores, incluso volvió a viajar a Estados Unidos para una gira de lecturas. Pero su salud era precaria y con frecuencia tenía que interrumpir la sesión para poder respirar. Esta última aventura acabó con él. No ha sido ni será olvidado porque sus interminables novelas, a pesar de que las escribía muy atento a la actualidad de su tiempo, emocionan aún por el amor que expresan a sus semejantes más desfavorecidos. Fue un extraordinario observador de la naturaleza humana, definición que pone en boca del señor Pickwick muy al principio de Los papeles póstumos, cuando Jingle, al poco tiempo de conocerlo, le pregunta: ¿es usted filósofo, señor?.

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(DICKENS, Charles: Papeles póstumos del club Pickwick; Aguilar, Madrid, 1958.–ACKROYD, Peter: Dickens; Harper, Londres 1990.–CHESTERTON, g.k.: Appreciations and Criticisms of the Works of Charles Dickens; en The essential G.K. Chesterton, Kindle Books.–HAUSER, Arnold: Historia social de la literatura y el arte; Guadarrama, Madrid 1964.–SOMERSET MAUGHAM, W.: Ten Novels and their Authors; William Heinemann, Londres 1954)

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