BOLONIA E ITALIA

17 El papa Julio II en Bolonia

Bolonia 1506

 

El Real Colegio de España en Bolonia
El Real Colegio de España en Bolonia

 

La primera estancia de Michelangelo Buonarroti en Bolonia fue una más de las diversas ocasiones en que el gran escultor tuvo que huir de una situación peligrosa. Tuvo lugar en 1494, al poco tiempo de la llegada al poder en Florencia del dominico Savonarola, el reformador furibundo e iconoclasta que persiguió a los protegidos de Lorenzo de Médici, que había prohijado al artista. Un noble boloñés recomendó a Michelangelo al cardenal della Rovere en Bolonia, quien le encargó tres estatuas para el mausoleo de la iglesia de los dominicos. El joven Buonarroti dejó ya allí una primera muestra de su genio y pasó a vivir a Roma, donde esculpió, con solo veinte años, su bellísima Pietá. En los tiempos más tranquilos del confaloniere Soderini, muerto Savonarola en la hoguera por hereje, el joven escultor pudo volver a Florencia y convertir un enorme bloque de mármol en el David que admiramos en la plaza de la Signoria. Volvió a Roma con el encargo de ir construyendo la tumba del nuevo papa, Julio II, el mismo cardenal della Rovere que había conocido en Bolonia. Tuvo con él una relación tormentosa pues su ambición de dotar el mausoleo de no menos de cuarenta estatuas chocaba con las finanzas del papado y con la envidia de competidores como Bramante, el arquitecto que estaba edificando la pomposa mole de San Pedro sobre las ruinas de una antigua basílica. Nuevamente tuvo Michelangelo que fugarse a su ciudad natal, perseguido por los esbirros del papa que lo obligaron a presentarse ante el pontífice en Bolonia. Pidió perdón al papa y Julio II le dió su absolución, pero le impuso una dura penitencia: construir una gran estatua en bronce con la efigie papal sedente para colocarla en la fachada de la catedral boloñesa de San Petronio. Protestó, porque se consideraba sobre todo moldeador de mármoles, pero acabó la obra a duras penas. Fue inaugurada con toda la pompa y solemnidad en febrero de 1508.

 

¿Qué estaba haciendo Julio II de vuelta en Bolonia en esos años? El papa belicoso e irascible que más tarde obligó a Michelangelo a pintar la capilla Sixtina contrariando su voluntad de limitarse a su arte de escultor había culminado el intento muchas veces fallido de someter a su autoridad los territorios que formaban el Estado pontificio. Este fue el resultado de un largo proceso histórico que se remonta a muchos siglos atrás. La iglesia de Roma recibió extensos territorios a medida que se deterioraba el imperio romano de occidente. Primero había sido el emperador Constantino el que había confiado en feudo al papa Silvestre una serie de propiedades con poder para gobernarlas, aunque bajo la autoridad del emperador, sin soberanía propia. Siguieron a esta discutible donación otras, basadas casi todas en documentos falsificados que no por ello dejaron de tener efectividad. Así se fueron añadiendo territorios al dominio papal, también llamado “patrimonio de San Pedro”. Los lombardos traspasaron a la iglesia territorios que habían arrebatado al exarcado de Ravenna, es decir, tierras del propio imperio romano de Constantinopla. Más tarde el papado se alió con los francos y recibió a su vez dominios que estos había conquistado a los lombardos. Pepino el Breve hizo una donación en el año 754 y Carlomagno otra en el 774. Los papas iban recibiendo todas estas extensiones sin por ello dejar de prestar su vasallaje al imperio, existen numerosos testimonios documentales de esta adhesión. Pero fueron tomando funciones de poder temporal y asumiendo las estructuras e incluso el ceremonial romano a medida que se desmoronaba la autoridad imperial. Solamente en 1355 puede considerarse que el papado asumió soberanía sobre sus “estados” cuando el emperador bohemio Carlos IV renunció a ella y transmitió al papa todo el poder imperial sobre las propiedades eclesiásticas.

 

Pero el poder temporal de los papas, que se había ido consolidando durante los siglos al asumir los obispos la autoridad que habían ido abandonando las autoridades del imperio, no tuvo un desarrollo fácil ni rectilíneo. Los papas pugnaron primero con los emperadores de Oriente, que pretendían seguir siendo los dueños de todo el imperio romano una vez que las invasiones bárbaras perdieron en el 476 el control sobre Roma, que se convirtió en un mero ducado, a veces denominado como la República romana. Tuvieron también relaciones tormentosas con el reino franco y posteriormente con el Sacro Imperio Romano Germánico. Se disputaban el derecho a nombrar los obispos y la preeminencia del poder en toda Europa, donde facciones de nobles y revueltas populares entre Güelfos y Gibelinos, partidarios cambiantes del imperio o del papado pugnaban por el poder. Tuvieron que enfrentarse los papas también con la dispersión del poder en los territorios más alejados de Roma e incluso en la misma capital. Los señores locales feudalizaron los estados pontificios y las familias predominantes fueron convirtiendo sus respectivos dominios en señorías, principados prácticamente independientes, que prefiguraban la aparición futura de los primeros estados nacionales. La iglesia misma abandonó el control a estas familias y a las Comunas, ciudades fuertes que también reclamaban su propia autonomía. La situación interior del principado romano, con continuas pugnas de las principales familias por el poder y una corrupción y nepotismo rampante contribuyeron al desorden.

 

Los papas del Renacimiento quisieron retomar el control y crear un verdadero estado a semejanza de los que se iban consolidando en Inglaterra, Francia o España. El papa Borgia Alejandro IV fue el que tomó la iniciativa más espectacular: entregó el mando de un poderoso ejército de mercenarios a su hijo César y este se desencadenó hacia el norte en el intento de someter a sangre y fuego las regiones más claramente pertenecientes a los territorios que los antiguos papas habían recibido en donación. Sus éxitos militares fueron abrumadores, gracias a los métodos empleados, la mezcla de violencia y engaño que impresionó a Maquiavelo. Pero fueron también efímeros debido a la muerte de Alejandro IV en 1503. Tras el breve papado de Pio III, el cardenal della Rovere, que como papa tomó el nombre de Julio II, llegó con nuevos ímpetus y un ejército alimentado por los abundantes fondos conseguidos con la venta de bulas de indulgencia. Decidió proseguir la ofensiva de César Borgia y consiguió expandir los territorios pontificios. Bolonia, una ciudad rica en el centro de la península, prestigiosa por haber albergado desde dos siglos antes el Studium o universidad donde se estudió el derecho romano recién descubierto, fue uno de sus primeros objetivos. Dirigió allí sus ejércitos y pronto pudo someter  a la ciudad. Gobernaba Bolonia desde el 1401 la familia Bentivoglio, que había convertido la ciudad en una auténtica signoría, incluida dentro de los territorios pontificios pero celosa de su independencia y abiertamente reacia a pagar impuestos a la Santa Sede. Julio la sometió a sangre y fuego y quiso dejar huella de su poder con la estatua que lo debía representar en la catedral , tres veces más grande que el tamaño natural y revestido de su triple corona y otros símbolos de su autoridad. Aunque el papa quería aparecer con una amenazadora espada desenvainada, la estatua lo mostraba con las llaves de san Pedro en la mano. La humillación de los boloñeses fué, no obstante, corta. Los Bentivoglio volvieron brevemente al poder en 1507 ayudados por los franceses y durante los dos años que duró su interregno destruyeron la estatua para fabricar cañones con el cobre.

 

Las campañas de Julio II consiguieron, tras tantos avatares, que naciera finalmente un verdadero estado pontificio. La Iglesia siguió manteniendo por siglos su pretensión de dirección espiritual de los Estados católicos, pero como Estado nacional el papado no pasó de ser uno más de los diferentes principados italianos de la Edad Moderna: el reino de Nápoles, el de Piamonte, la República de Venecia, los ducados de Toscana y Lombardía. Su gobierno se asemejó al de las demás monarquías europeas, con la complejidad añadida de tener que gobernar territorios que había adquirido de modos tan conflictivos y en épocas tan diversas. Un organismo de la Curia romana llamado Congregación del Buen Gobierno administraba las finanzas junto a la Congregación de la Consulta, competente para la justicia y el orden público. Ambos progresaron penosamente en el intento de crear un poder monárquico absoluto. Sus gobernadores tuvieron que administrar una variopinta disonancia de fuentes del derecho: las leyes dictadas desde Roma enfrentadas a las costumbres inmemoriales de cada localidad y el derecho feudal que pretendían aplicar autónomamente los barones locales. Procuraron arbitrar, con éxito desigual, pleitos entre ellos intentando mantener el orden social a través de consensos que permitieran reforzar el poder central. En estas circunstancias, el estado papal nunca llegó a ser una potencia decisiva entre las monarquías europeas. Fué suprimido temporalmente por Napoleón y sucumbió al progreso de la unidad italiana bajo la monarquía de Saboya. En 1861 estaba limitado a Roma y la región del Lazio. Diez años más tarde fue reducido a los estrechos límites de la ciudad del Vaticano, sin perder el estatuto ficticio de Estado soberano.

 

Esta “reconquista” de Bolonia a cargo del papa Julio II no fue el primer intento de someter a esta ciudad celosa de su autonomía. Dos siglos antes los territorios papales se habían encontrado en una situación similar de anarquía, con el agravante de que la iglesia, incapaz de controlar las facciones de las poderosas familias romanas, había caído bajo la influencia directa de Francia y había trasladado su sede a Avignon. Desde 1305 el papa francés Clemente V pretendió dirigir la santa iglesia desde el país vecino y un sucesor suyo, Clemente VI, decidió someter por la fuerza a sus dominios otra vez en rebeldía. Para ello se valió de un experimentado sacerdote-soldado castellano, el arzobispo de Toledo y activo colaborador del rey de Castilla Alfonso XI en la reconquista de Algeciras y Tarifa. Gil de Albornoz y Luna tuvo que exiliarse en Avignon en 1350 por desavenencias con Pedro I, el nuevo rey de Castilla, y puso a disposición del papa su experiencia como cruzado. Fué consagrado como cardenal y recibió el cargo de legado papal y vicario general de la iglesia en Italia. Con sus ejércitos logró someter a varias ciudades del norte, incluida Bolonia, que gobernó hasta su muerte en 1367. Gil de Albornoz era hombre culto y versado en derecho y aportó al papado un primer intento de poner orden administrativo en su incipiente estado redactando una especie de código de leyes conocido como Constitutiones Aegidianae.

 

El cardenal se interesó por la ya prestigiosa universidad boloñesa y creó en ella una cátedra de teología que se añadió a las tradicionales disciplinas jurídicas cultivadas por los glosadores del Corpus Iuris Civilis del emperador Justiniano. Además quiso prestar un servicio a la corona de Castilla, aprovechando su poder en Bolonia para formar a jóvenes españoles, eclesiásticos y laicos, con el fin de crear una burocracia real. Para ello fundó en su testamento un Collegio di Spagna al que instituyó heredero de todos sus bienes, que incluían extensas fincas y numerosas viviendas en la ciudad. No pudo verlo inaugurado pues murió dos años después, pero la abundancia de rentas que legó al colegio permitió que éste se haya mantenido hasta la actualidad a través de todas las vicisitudes de la historia, tanto española como eclesiástica. Los colegiales se consideraron casi como los representantes de España en la política italiana. Participaron junto a Julio II en las batallas que este libró para arrebatar la ciudad a los Bentivoglio y tuvieron un papel relevante en las fastuosas ceremonias de coronación del emperador Carlos V por el papa Clemente VII, que se celebraron en Bolonia en 1530. Previamente la corona española había restaurado el colegio, que los franceses habían devastado en su intervención a favor de los Bentivoglio en 1511, cuando destruyeron la estatua de Michelangelo. Nuevamente los franceses intervinieron y el Colegio fue clausurado durante los años en que, en 1796, Napoleón incluyó a Bolonia en su república Cisalpina, hasta que el congreso de Viena la restituyó a los estados pontificios. El colegio sufrió todas las convulsiones de la historia de Italia, disputada por las diferentes potencias europeas y se ha mantenido durante muchos siglos como centro de formación avanzada de universitarios españoles. En un curioso anacronismo, se mantienen hasta hoy ciertas exigencias que desde los primeros tiempos se establecieron en los estatutos colegiales desde para la admisión de los estudiantes: han de ser españoles, varones, católicos e hijos legítimos. El requisito de la “limpieza de sangre”, impuesto por una reforma estatutaria en 1488 ya no está en vigor, evidentemente.

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(PAPINI, Giovanni: Vida de Miguel Ángel en la vida de su tiempo; en Obras II, Ed. Aguilar, Madrid 1957.–RANKE, Leopold von: Historia de los papas; Fondo de Cultura Económica, Méjico 1988.–DAUNOU, Pierre: The Rise of the Papal States; Jovian Press, Kindle ed., 2016.–CERVELLATI, Pier Luigi: Bologna Centro Storico; catálogo para la exposición, Bolonia 1970.–LARIO, Dámaso de: Sobre los orígenes del burócrata moderno; Studia Albornotiana, Bolonia 1980.–PEREZ VILLANUEVA, Jaquín: El Colegio de los españoles en Bolonia; Roma 1985)

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