PRAGA Y VIENA

35 El tercer hombre

Viena, 1948

 

Viena bajo las bombas
Viena bajo las bombas

 

Una de las cosas que más llaman la atención en la película El tercer hombre (Carol Reed, 1949) es el inquietante contraste entre el tema musical, una canción tirolesa bastante banal utilizada ya por Johann Strauss en uno de sus valses, y la intensidad del drama en su tratamiento visual expresionista, de fuertes contrastes de claroscuro y planos oblicuos que subrayan la tensión y el misterio. El director de la película dispuso de toda una partitura para acompañar la acción, música orquestal acorde con el laberinto de pasiones que tenía que relatar. Pero cuando viajó a Viena en 1948 para el rodaje de exteriores se topó en un modesto local con el citarista Anton Karas, que interpretaba su música de taberna. Le pidió un tema ”vienés” y tanto le cautivó que se lo llevó a Londres para que participara en la fase final del rodaje, ilustrando con sus temas la totalidad del film. Su musiquilla aparece en su más desconcertante inocencia cuando Holly Martins, el escritor americano, descubre por casualidad en un rincón de la noche vienesa a su amigo Harry Lime, que está vivo a pesar de que se ha celebrado ya su funeral. Lime, en la realidad un Orson Welles que ya se había consagrado como director de Ciudadano Kane, interpreta al mayor villano de la historia del cine, traficante de penincilina adulterada que ha causado la muerte o incurables enfermedades a muchos habitantes, sobre todo niños, de la Viena destruida y ocupada militarmente. El gato de Anna Schmitt, una actriz que ha sido amante de Lime, delata la presencia del delincuente y desencadena toda la acción de la película: la persecución del criminal en las cloacas de la ciudad, su encuentro con el amigo americano, el agónico dilema de éste sobre si debe o no colaborar en su captura al conocer el horror de su crimen.

 

El tercer hombre sufrió sustanciales cambios a lo largo de su rodaje y no solamente en la música de fondo. Su origen fue un encargo del productor Alexander Korda al escritor Graham Greene, famoso ya en los años cuarenta por sus novelas de misterio fuertemente impregnadas de conflictos morales y políticos. Greene empezó por escribir una corta narración, que se publicó años más tarde sin cambios, en la que desarrollaba una historia basada en hechos reales y de la que pensaba extraer los materiales para redactar el guión. Para ello él también viajó a Viena, que estaba ocupada militarmente por los aliados en la Segunda Guerra mundial desde el verano de 1945. A pesar del terrible estado de destrucción en que encontró a la ciudad, se enamoró de ella, comprensiblemente, y se documentó sobre la vida diaria en la antigua capital del Imperio austro-húngaro, dominada por clanes mafiosos y por militares corruptos. Escribió una historia verosímil y trágica y, según confesó el propio escritor con humor, la convirtió en un guión cinematográfico mucho mejor que el original gracias a las sugerencias el director Reed, con quien trabajó asiduamente el texto, así como del co-productor norteamericano David Selznick. Este último sugirió cambios significativos en la trama. Para  empezar, insistió en que la relación de la protagonista con Harry Lime apareciera en la película como un amor fatal, a pesar de los crímenes que éste cometía: “quise a un hombre, dice Anna, y nada cambia porque se haya descubierto algo sobre él. Sigue siendo el mismo”. Se suprimió, en consecuencia, la relación amorosa con el americano Martins y el final feliz que había propuesto Greene en su novela. En la película, éste ya no aparece como un inestable bebedor mujeriego sino como un héroe más sobrio aunque vehemente, poco atento a la relación con Anna y sobre todo abrumado por la duda entre la amistad y las exigencias de la moral social

 

Como en casi todo lo que escribió, Greene centró aquí su atención en plantear un profundo dilema moral en torno al tema de la lealtad. La amante se niega hasta el final a colaborar en la persecución de Lime. El amigo discute con el policía inglés Calloway, y se resiste a creer en la gravedad de los tráficos de que se acusa a Lime hasta que aquél le hace conocer de primera mano los devastadores efectos de su negocio. El cinismo del delincuente es resaltado con patetismo en la famosa escena de la noria gigante en el parque de atracciones del Prater, cuando ante los reproches de su amigo, Lime compara a las víctimas de su tráfico con las diminutas sombras de seres humanos que se ven desde la altura: ¿te importaría demasiado que alguna de esos puntos dejaran de moverse…para siempre? De entrada, Martins está dispuesto a demostrar que su amigo es inocente y que Calloway es “el mayor maldito imbécil de toda Viena”. Ante tanta crueldad y disimulo las exigencias de su consciencia acaban venciendo.

 

Impresionan en la película las escenas rodadas en la Viena devastada de 1948. Los vieneses tratan de hacer olvidar piadosamente la destrucción casi completa de la catedral de San Esteban durante los ataques aéreos aliados, a cargo especialmente de los norteamericanos, y británicos, en los primeros meses de 1945. La ciudad fue bombardeada en cincuenta y dos ocasiones con ochenta mil toneladas de explosivos cuando la suerte de la guerra estaba ya prácticamente decidida. Sólo quedaba por consumar la decisión, plasmada en el acuerdo de los aliados firmado en Moscú en octubre de 1943 de “continuar las hostilidades contra las potencias del Eje…hasta que dichas potencias hayan abandonado las armas sobre la base de una rendición incondicional”. En un apartado específico sobre Austria declaraban que “la anexión impuesta a Austria por Alemania el 15 de marzo de 1938” era nula de pleno derecho y que deseaban “restaurar una Austria libre e independiente” (Por cierto, el Anschluss, según la versión alemana de la anexión, había sido sometido a referéndum y aprobado por los austríacos). El gran imperio que Hitler había querido fundar en Europa se había empezado a desmoronar en 1944 y se derrumbó totalmente en los primeros años del año siguiente con la imparable ofensiva de los aliados desde el este y el oeste. Austria, como parte del III Reich, fue invadida por tropas soviéticas desde el mes de abril y por el resto de los aliados poco después. Tras una cruenta batalla que causó 17000 víctimas, Viena cayó en manos soviéticas muy pronto, el 11 de abril. Bajo un gobierno provisional presidido por Karl Renner, Austria fue declarada independiente el 27 de abril. Su territorio iba a ser el comprendido dentro de las fronteras que tenía en 1937, aunque de momento bajo el régimen de ocupación militar por parte de las cuatro potencias vencedoras: los soviéticos, que se quedaron con la parte más sustancial, y los americanos, franceses y británicos, que solo llegaron en septiembre.

 

Ya en julio habían firmado una declaración en la que se delimitaban las respectivas zonas en las que se repartían el país y de la capital. Tras un trasvase de tropas a las respectivas demarcaciones (zone swap), la ocupación oficial comenzó el 12 de septiembre de 1945 con la constitución del Consejo Aliado. Viena, al igual que el resto de Austria, fué dividida en cuatro sectores, que se atribuyeron a cada uno de los ejércitos ocupantes. El distrito I, el centro histórico delimitado por el bulevar llamado Ringstrasse y el canal del Danubio, sería administrado conjuntamente por todos ellos. Una “autoridad de gobierno interaliada” (la Komendatura) decidió en posteriores arreglos que el mando sería asumido por cada una de ellas turnándose cada mes. Greene, que como es sabido trabajó para los servicios secretos británicos y con frecuencia introduce en sus narraciones temas relacionados con gobiernos e instituciones, dió detalles interesantes en su corta novela sobre el funcionamiento práctico de este complejo régimen. Los pone en boca del comandante británico Calloway quien, en un momento dado se explaya sobre el secuestro de la actriz Anna Schmitt. Su amigo Lime le ha conseguido un pasaporte austríaco para librarla de la persecución de las autoridades soviéticas, que sospechan que en realidad es húngara e hija de un dirigente nazi al que quieren capturar. Cuenta Calloway que al principio de la ocupación la cooperación entre los cuatro ejércitos era bastante fluida. Cada una de ellas permitía rápidamente a las otras penetrar en sus respectivos territorios si necesitaban hacer alguna captura o investigación. Con el tiempo la confianza empezó a fallar y esta colaboración se fue deteriorando. Los permisos llegaban tarde o no llegaban y al final no eran infrecuentes las “invasiones” espontáneas. Esto fue lo que supuestamente sucedió en el caso de Anna Schmitt, a la que los soviéticos, durante uno de sus períodos mensuales de mando rotativo, detienen penetrando sin permiso en el sector británico. Esta escena no aparece en el film, ya que sus realizadores prefirieron centrarse en los aspectos emocionales y morales de la historia y no quisieron cargar la mano sobre el conflicto político que supuso esta guerra fría prematura entre los soviéticos y los occidentales. Así se explica también que el protagonista tenga que desplazarse a la zona soviética para entrevistarse con Lime y sus cómplices, que acceden a ella moviéndose por las profundidades de la cloaca vienesa (el Prater y su famosa noria gigante quedaban dentro del sector soviético).

 

La desolación que contemplamos en El tercer hombre es un reflejo fiel de las condiciones de la vida diaria en la Viena ocupada. El Imperio austro-húngaro ya había pasado por una masiva crisis económica al final de la primera Guerra Mundial, cuando perdió todos los territorios que no eran de habla alemana y sus antiguos dominios privaron a la nueva república de Austria del suministro de materias primas. Los austríacos, divididos entre una capital gobernada por los socialistas y el resto del territorio agrícola y conservador, sufrieron una extrema pobreza, rozando a veces en la hambruna, que coincidió con la gran crisis económica mundial de 1919 y de la que sólo se recuperaron a mediados de los años veinte. La anexión alemana y la Segunda Guerra mundial volvieron a sumir al país en el desastre moral y la pobreza material. En la Viena ocupada el caos económico fue total durante los primeros años. Había escasez de lo más elemental y lo poco que podía conseguirse había que buscarlo en el mercado negro. La corrupción se extendía como no podía ser menos a las fuerzas ocupantes, que vendían fraudulentamente pasaportes y salvoconductos, como hemos visto en el caso de Anna Schmitt. La voz de Calloway lo expresa con elocuencia al principio del libro de Greene y de la película: Nunca conocí a la Viena de entreguerras y soy demasiado joven para recordar la vieja Viena, con su música de Strauss y su encanto ligero y falaz; para mí es sólo una ciudad de ruinas sin dignidad (cubierta con) el hierro oxidado de los tanques que nadie retiró…

 

La ocupación militar de Austria, y por tanto de Viena, tuvo la insólita duración de 10 años. Alemania obtuvo su independencia en 1949 aunque al precio de quedar dividida en dos estados, la República Federal y la DDR, correspondientes a las zonas de ocupación de los aliados occidentales y la zona soviética. Con Austria los aliados no firmaron un tratado de paz hasta el 15 de mayo de 1955. En él, Austria aceptaba la condición de neutralidad, se comprometía a no adquirir armamento ofensivo, a pagar reparaciones de guerra a la URSS y a no permitir la restauración de la monarquía de los Habsburgo. En los diez años de ocupación el país se recuperó muy lentamente y a duras penas. La restauración de la Viena bombardeada fue lenta y muy desigual dependiendo de las zonas de ocupación: más de ochenta mil edificios habían quedado destruidos, la quinta parte de toda la ciudad. Cayó la producción agrícola y en 1947 la ONU tuvo que ayudar con productos alimenticios para paliar la crisis de hambre y los violentos desórdenes que ésta acarreó. Los soviéticos acabaron con la producción industrial en su zona trasladando primero hacia el Este fábricas e infraestructuras y más tarde nacionalizando miles de empresas de propiedad alemana o austríaca. Por su parte, los norteamericanos empezaron a fines de 1947 a desplegar la ayuda del Plan Marshall para reforzar la industria pesada en su propia zona, en el entorno de la ciudad de Linz. Consiguieron mejorar el nivel económico general y en años siguientes financiaron la importación de alimentos y la mejora de la productividad. El gobierno austríaco, que seguía siendo nominalmente la autoridad nacional, fue adquiriendo gradualmente un limitado poder de decisión bajo el paraguas de las autoridades militares aliadas. Así pues, Austria tuvo en cierto modo mejor suerte que Alemania, pues a costa de una ocupación más larga evitó su partición en dos países, ya que las tensiones de la guerra fría congelaron las decisiones sobre el futuro tratado de paz. Al final, gracias al “deshielo” de la era de Kruschev a partir de 1953 y no sin obtener ventajas económicas considerables, los soviéticos aceptaron retirar sus tropas a cambio de obtener la neutralidad de Austria. De modo que Mr. Marshall no pasó de largo en esta ocasión sino que dedicó al país el mayor esfuerzo de todos los realizados en Europa, e incluso financió algunas actividades en la aún zona soviética, algo insólito. La tradición monárquica y conservadora de los austríacos hizo el resto: convirtió a Austria en una república próspera, neutral pero occidental en todo lo demás, el régimen político, la economía y la cultura.

 

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(GREENE, Graham: The Third Man; Penguin Books, 1971.–Id.: The third Man as a Story and a Film, en Books, The New York Times, 19 de marzo, 1950.–DRAZIN, Charles: Behind The Third Man; en www.criterion.com, 2007.–VLASTELIKA, Ryan: With The Third Man, Graham Greene wrote a book to write a movie; en Page to Screen, https://avclub.com, 2015.–VIAL, Gérard: La Seconde Guerre mondiale: un conflit à redecouvrir?; Bréal. Clamecy 2017.–WIKIPEDIA: Allied-occupied Austria, agosto 2017);

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