CARACAS Y EL CARIBE

57 Ella cantaba boleros

La Habana, 1958

 

La Habana: vueltas en coche por el malecón
La Habana: vueltas en coche por el malecón

 

Comentando la obra de José Martí, precursor de la independencia de Cuba y también de la escuela modernista, Gabriela Mistral recurrió a la idea del Trópico, con mayúsculas, y su manifestación en la literatura. El Trópico, escribió es abundante  por riqueza y no por encargo…es abundante por vitalidad y no por perifollo…(es abundante por un) derramamiento de fuerzas naturales. La novela de Guillermo Cabrera Infante que primero se llamó Vista del amanecer en el trópico y pronto se consagró como Tres tristes tigres irrumpió a mediados de la década de los sesenta como la más nueva de las nuevas novelas latinoamericanas, la más rupturista e intrigante, tropical por abundante, a su pesar. A la zaga de la Rayuela de Julio Cortázar pero más radical, propuso una transgresión total de los cánones literarios, fragmentando los puntos de vista narrativos, centrando el foco en el lenguaje, abandonando los asuntos de la realidad y rompiendo la lógica del tiempo. Sus ocho capítulos están formados por monólogos superpuestos, cartas, diálogos que se desbocan para dar una pintura vertiginosa de una noche en La Habana del año 1958. Empezando por el trabalenguas del título, son innumerables los juegos de palabras, los anagramas, los palíndromos, la combinación de acentos, español y cubano, la mezcla de idiomas, las referencias culturalistas, la imitación de estilos literarios variados en torno a una misma historia, como el relato coral de la muerte de Trotsky. Su complejidad es tal que para entender con detalle toda esa selva de palabras y de guiños se necesitan muchos años de lectura. Es, desde luego, una “abundancia” muy distante de la de Martí, el escritor comprometido y revolucionario que se situaba en las antípodas del preciosismo de las vanguardias literarias de su tiempo. Silvestre y Arsenio Cué, los principales protagonistas del capítulo final, Bachata, pasan horas recorriendo en automóvil las calles, los bares y los cabarets de La Habana, en una conversación-río sobre literatura, filosofía y, apenas, política. El ritmo es febril y la conducción peligrosa: los dos amigos se lanzan por las calles y avenidas “en un precipicio horizontal”.

 

Naturalmente, el bolero está en el ambiente de la noche cubana y, a la cabeza de los capítulos de la novela, puntúa gran parte de su desarrollo, encarnado en pintorescos cantantes y músicos. Es lo que vincula la novela con el ritmo más típicamente cubano y con un género literario único nacido en el Caribe. El bolero proviene de Santiago de Cuba y nació cuando empezaba a desvanecerse en la isla la presencia española. Lo inició Sindo Sánchez cuando terminó la “guerra larga” de 1868-1878 y se estableció en La Habana en 1896, poco antes de la independencia y poco después de la caída de Martí en combate. Lo consagró en 1885 Pepe Sánchez con Tristezas, una canción con un título definitorio que ya presentaba los rasgos de su estilo: ritmo lento, bailable, en compás binario con letras melancólicas, según lo define el diccionario de la Real Academia Española. La fórmula debió conectar fuertemente con los tiempos y las circunstancias históricas del Caribe, pues arraigó pronto como la música nacional cubana. Probablemente fue el prestigio de la independencia lo que hizo que el bolero se expandiera pronto. Antes que nada al México revolucionario de 1910, donde Agustín Lara, que fue modesto pianista de cabaret antes de triunfar en los años treinta, popularizó este ritmo a la vez marcado y lánguido, que se prestaba a efusiones amorosas y nostálgicas: yo sé que inútilmente te venero fue uno de sus títulos más exitosos en un género en el que el intérprete pasó a ser el elemento fundamental. Era, después de todo, un arte esencialmente popular, donde el compositor y el letrista quedaban en un segundo plano. La excepción principal fue el cubano Ernesto Lecuona, compositor académico que dignificó el género con números como Siboney o Siempre en mi corazón, potenciando el aporte afro-cubano a la cultura hispánica. La cercana Puerto Rico pronto proporcionó algunos de los mejores tríos de boleros, como el popular Los Panchos, capaz de sobrevivir hasta hoy mismo en una renovación eterna.

 

Con Estados Unidos, dadas las estrechas relaciones con la Cuba insurgente y la independiente, era inevitable la influencia mutua. El bolero incorporó algunos acentos del Swing pero también invadió la escena de la canción norteamericana, con Nat King Cole y bing Crosby a la cabeza, además de la popular versión orquestal de Glenn Miller. Y no hay que olvidar su presencia en el cine, donde Humphrey Bogart bailó famosamente Perfidia con Ingrid Bergman en Casablanca, cuando ambos recuerdan su encuentro en Paris: Mujer, si puedes tu con Dios hablar / pregúntale si yo alguna vez te he dejado de adorar...En España, los oscuros años de la postguerra civil recibieron al bolero como un alivio muy necesitado. Cultivado ya por Pedro Mata y otros escritores de la cultura de masas en los años treinta, el negro cubano Antonio Machín invadió las radios y las salas de variedades con su talento contagioso. Decidió quedarse en España en 1939, abandonando  a los compañeros cubanos con quienes hacía una gira europea, y conquistó el corazón del público popular con números como Dos gardenias, un bolero que sus entusiastas le pedían a gritos como bis en todas sus actuaciones. El régimen de Franco quiso nacionalizar los boleros como inocuo opio del pueblo, con ligeras correcciones textuales por parte de la censura para limar alguna de las aristas más eróticas de las letras o para evitar menciones sacrílegas (adorarte para mi fue religión…). Julio Rodríguez Puértolas, a quien debo muchos de estos detalles, ha estudiado el tema “con amor y algo más” y nos cuenta incluso que el fundador del Opus Dei, Escrivá de Balaguer, no podía resistir la seducción melodiosa de Solamente una vez / amé en la vida, quién sabe si atribuyendo a su letra un contenido piadoso.

 

El bolero ofrecía a los tímidos enamorados del franquismo un vehículo inestimable para expresar en palabras sus sentimientos, pronunciando la letra de la canción de moda, en casto baile, sin peligro de que sus declaraciones sonaran a cursilería. El bolero adoptó inicialmente letras arraigadas en la lírica clásica española y son varios de los más famosos donde se puede rastrear la huella de la poesía de Gustavo Adolfo Bécquer. Para Aquellos ojos verdes / serenos como un lago…, el autor se inspiró en la Leyenda del mismo título. Asimismo, la Rima Amor eterno es la fuente del famoso bolero Piel canela (que se quede el infinito sin estrellas / o que pierda el ancho mar su inmensidad…). Pero no hay que olvidar que el nacimiento del bolero es contemporáneo de la llegada del modernismo en poesía y pronto estuvo invadido de sus evocaciones coloristas algo artificiosas. Al fin y al cabo, el modernismo que atrajo a los autores de boleros no fue el recio y preciso del precursor José Martí ni el extremadamente refinado y culto del fundador del movimiento, el poeta nicaragüense Rubén Darío. Fue, claro está, un modernismo culturalmente “democratizado”  para adaptarlo al gusto popular y fuertemente impregnado de pulsiones eróticas sin mezcla de platonismo alguno. Las poesías de escritores como los mexicanos Amado Nervo y María Grever o el venezolano Andrés Eloy Blanco (Angelitos negros, una de las preferidas de Antonio Machín y muy popular en España) fueron adaptadas y dieron como resultado textos tan extraordinarios como el que describe a la amada, en términos típicamente modernistas, con sus manitas de blanco marfil, dientes de perlas y labios de rubí. El bolero relata normalmente amores extremos y se recrea con un cierto masoquismo, muy presente también en la copla española como ha mostrado el psicoanalista Cecilio Paniagua. Abundan las historias de amantes abandonados o engañados por una mala mujer, ya que las letras suelen estar impregnadas de un fuerte machismo: mujer, mujer divina / tienes el veneno que fascina / en tu mirar. O todavía más: yo que sufro por mi gusto / este cruel martirio que me da tu amor. Como era de esperar en una música nacida en el Caribe, es frecuente en el bolero la alusión al mar (mirando al mar soñé / que estaba junto a tí...) o la combinación del desengaño amoroso con la distancia que el mar proporciona para la huida : yo ya me voy / al puerto donde se halla / la barca de oro…Voy a aumentar/ los mares con mi llanto; / adios mujer / adios para siempre adios. Por último, cómo no citar algunas incongruencias ocasionadas por la ineludible necesidad de conjugar la música y la rima del bolero, como aquel que alaba el negro azabache de tu blonda cabellera o el que nos presenta a un amante extasiado contemplando a su empírica mujer   (del Empireo, supongo).

 

No deja de llamar la atención la prácticamente total ausencia de contenidos políticos o sociales en la literatura del bolero. Sus autores parecen obsesionados con la evasión amorosa huyendo de las circunstancias de una época verdaderamente convulsa de la historia de Cuba. Lo mismo hay que decir de la novela de Cabrera Infante, que se publicó cuando el autor había roto con el régimen de Fidel Castro y se había exiliado en Londres. Previamente, había sido censurado en 1952 por el régimen de Fulgencio Batista y no pudo evitar que la deplorable situación de Cuba en los años finales de la dictadura se colara entre la verborrea vanguardista de sus Tres tristes tigres. Cuba había ganado en 1898 una independencia precaria y frágil. La guerra entre España y los Estados Unidos, en pleno despegue del impulso imperialista del gran país del Norte, acabó con un tratado firmado en París a finales de aquel año que dejó la administración del país, junto con Puerto Rico y las Filipinas, en manos norteamericanas. La enmienda Platt de 1901 fue incorporada a la primera constitución de la isla y se mantuvo en vigor hasta 1934, convirtiéndola de hecho en un protectorado de los Estados Unidos privado de autonomía en política exterior Se inició así una época de inversiones masivas que llegaron a acaparar el 70 por ciento del PIB cubano, acompañadas de un control casi total del comercio exterior, con monopolio de la producción azucarera. Los norteamericanos aseguraron este control gracias a la ocupación militar plena de Cuba, que se mantuvo desde el 1898 hasta el 1903 y se prolongó en esporádicas intervenciones armadas por muchos años. Los sucesivos gobiernos de Cuba no podían dejar de reflejar esta situación de dependencia y las tensiones causadas por cualquier intento de liberarse del férreo control del poderoso vecino. La corrupción y la ineficiencia de esta democracia ficticia fueron las consecuencias directas. Fulgencio Batista, un sargento iletrado protagonizó un golpe de estado en 1933 contando con la pasividad de los EEUU y se hizo con la presidencia en 1940. Se mantuvo luego en el poder en la sombra disfrutando del sol de Miami, desde donde dirigió a los gobiernos formalmente elegidos. En 1952 repitió su hazaña de 1933  y tomó el poder como dictador, que mantuvo hasta la llegada del régimen revolucionario de Fidel Castro en 1959.

 

Mientras tanto, Cuba se había degradado hasta el punto de convertirse en el prostíbulo y el casino de los turistas norteamericanos adinerados. En Tres tristes tigres, Arsenio Cué, el arriesgado conductor de las vueltas nocturnas arriba y abajo del Malecón habanero, habla sobre todo de literatura (…nunca hablo de política. Esa es mi política), pero en un momento dado, avanzado ya el trasiego de abundantes mojitos y daiquiris, nos sorprende con una confidencia ajena al conjunto de la interminable conversación automovilística: “Se acercó en ondas alcohólicas hacia mí, cuenta Silvestre, y me dijo muy bajito en el oído: me voy a la Sierra…Me alzo. Me hago guerrillero. Me uno a Fidel. En efecto, Fidel Castro, se había levantado contra el régimen corrupto de Batista en 1953 dirigiendo un fracasado ataque contra el cuartel Moncada. Encarcelado con una condena de 15 años y amnistiado once meses más tarde por Batista, había vuelto a Cuba del exilio mexicano y se había hecho fuerte en la Sierra Maestra con un centenar de seguidores, que fueron incrementándose hasta crear un ejército popular que obligó a Batista a dejar el poder y el país en 1959. Cabrera Infante, que había apoyado inicialmente la revolución desde su posición de escritor y crítico cinematográfico en la popular revista Carteles, no pudo evitar esta referencia algo extemporánea a la presencia de Fidel en la Sierra, consciente de que muchos intelectuales se estaban uniendo a la revolución. La novela empieza con un prólogo aún más revelador de la colonización cultural a que estaba sometida Cuba por la invasión del turismo del Norte. La escena tiene lugar en el legendario cabaret Tropicana. El presentador anuncia el espectáculo en una mezcla de español cubano e inglés americano, mencionando por su nombre a las numerosas estrellas y personalidades norteamericanas presentes en la sala: Showtime! Tropicana presenta su nuevo espectáculo…en el que artistas de fama continental se encargarán de transportarlos a ustedes  al mundo maravilloso… They will take you all to the wonderful world…y extraordinario…of supernatural beauty…y hermoso…of the Tropics…¡El trópico en Tropicana!

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(CABRERA INFANTE: Tres tristes tigres; Seix Barral, Barcelona 1968.–EVORA, Tony: ¿Un revival del bolero?; Encuentro  de la cultura cubana, Primavera 2001.–RODRIGUEZ PUÉRTOLAS, Julio: El bolero, historia de un amor y algo más; UAM, en lyraminima.culturaspopulares.org.–PANIAGUA, Cecilio: Visiones de España; Biblioteca Nueva, Madrid 2004.–MOYANO, Marisa: Tres tristes tigres, la fiesta del lenguaje, 2004; marisamoyano@yahoo.com.ar.–VITIER, Cintio: Prólogo a Obra literaria de José Martí, Biblioteca Ayacucho. Caracas, 1989)

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