WASHINGTON Y NUEVA YORK

40 Henry Adams o el hombre superfluo

Londres, 1861

 

Marian H. Adams: Henry Adams en 1883
Marian H. Adams: Henry Adams en 1883

 

En muchas novelas rusas del siglo XIX se halla escondido el “hombre superfluo”. Se trata de un personaje típicamente romántico, protagonista en novelas como en El idiota de Dostoievsky o Eugène Onegin de Pushkin. Turgueniev lo incluyó también en muchos de sus relatos. Es culto, inteligente, mundano y elegante. Por alguna razón, sin embargo, se sitúa al margen de la sociedad, es incapaz de pasar a la acción. El hombre superfluo no sólo se da en la literatura sino que existe también en la realidad y naturalmente cualquiera puede serlo objetivamente. Pero el hombre superfluo que nos interesa es un tipo especial, el de quien cree serlo a pesar de que las apariencias permiten presentarlo sin problemas como alguien exitoso e incluso brillante. Este es el caso de Henry Adams (1838-1918), uno de los mejores prosistas de la literatura norteamericana. Fue autor de una de las grandes autobiografías de todos los tiempos, de un amplio estudio sobre la Edad Media francesa, de una historia de los Estados Unidos en nueve tomos, de la edición de las obras del presidente Jefferson, de excelentes novelas, poemas y abundante ensayos sobre política, que produjo como periodista y director de revistas. Así podríamos seguir enumerando sus logros: viajó por todo el mundo y en su primera juventud vivió una interesantísima experiencia como diplomático en Londres en momentos decisivos para la historia de su país en plena guerra civil.

 

¿Cómo se explica que él mismo se considerara a sí mismo como un típico “hombre superfluo”? Él no utilizaba esta expresión, pero de sus obras se deduce este sentimiento inequívoco de estar de más, de ser un “fracaso”, como titula un capítulo de La educación de Henry Adams, su autobiografía publicada en 1918, el año de su muerte. Es, en efecto, casi una monografía sobre la educación de un prócer. Lo curioso es que la escribió en tercera persona y con un acento de irónico escepticismo y desdén sobre su personaje, es decir sobre sí mismo. No se da cuartel, todas sus fascinantes experiencias en diversos campos de su educación en la vida literaria y política le parecen frustrantes e incompletas. Su máxima obra como historiador se titula modestamente Mont Saint-Michel and Chartres (1916) y es una completa y exhaustiva exposición no sólo del arte del gótico francés sino de la filosofía y la cultura de la Edad Media. Sin embargo, una y otra vez la presenta como una especie de guía turística, como curándose en salud frente a posibles críticas de los historiadores profesionales, a los que en el fondo despreciaba.

 

Adams nació en Boston en 1838 y pertenecía a una ilustre estirpe norteamericana. Su bisabuelo John Adams fue padre de la patria, uno de los promotores de la revolución y segundo presidente de los Estados Unidos, tras el mandato del general Washington. John Quincy Adams, su hijo y por lo tanto abuelo de nuestro personaje fue también presidente de la república, entre 1825 y 1829, y había sido el enviado de su país en Londres después de la guerra anglo-norteamericana de 1812. El padre de Henry, Charles Francis, aunque tenía suficiente talento para ello, ya no llegó a presidente, la dinastía no daba para más. Completó una carrera brillante como escritor y político, hasta el punto de que el presidente Lincoln le confió una delicada misión en Londres durante otra guerra, esta vez la guerra civil interna, que causó importantes fricciones diplomáticas entre los Estados Unidos y la antigua metrópolis. Los Adams eran tan ilustres y dedicados que parecían no estar interesados en los aspectos más crudos del poder. Querían servir a su país sabiendo lo influyentes que eran precisamente por situarse en los márgenes de la lucha política. No es difícil comprender que el joven Henry se sintiera abrumado por el peso de esta herencia, en comparación con la cual resultaba imposible no sentirse fracasado por el mero hecho de no haber podido mantenerse a la altura de tantos y tan ilustres antepasados. Se ha escrito que el padre de Henry fue el más competente y preparado de toda la saga, y sin embargo pudo comprobar en una carrera brillante pero limitada que los tiempos habían cambiado y que no bastaba ya el talento y el espíritu de servicio para escalar a lo más alto.

 

Adams se graduó en Harvard, naturalmente, como todos los componentes del mandarinato bostoniano. Y siguiendo la tradición pasó una larga temporada viajando por Europa, con parada lúdica y artística en Roma y estudios de derecho en la Universidad de Berlín. En éstos no destacó especialmente, debido a sus dificultades para aprender el idioma alemán no menos que a su escaso interés por el derecho civil, que se suponía debía completar su educación antes de empezar una vida activa en su país de origen. A su vuelta se instaló en un Washington todavía en construcción: una aldea, al fin y al cabo, del Sur a la que dedicó en La Educación un temprano comentario en el tono amargo que recorre todas las páginas del libro. El azar lo salvó de este primer marasmo profesional, porque la misión que Charles Francis tenía que desempeñar requería del apoyo del hijo aún diletante de la política y de la vida social. Se trasladó a Londres en 1861 como “secretario privado” de su padre y pasó en la capital británica los que fueron probablemente los años más decisivos de la diplomacia norteamericana. Tenía 23 años y fue testigo, como veremos, de importantes negociaciones y de mucha tensión política. El se esforzaba continuamente por encontrar un hueco en la sociedad londinense, con dificultades pues no tenía siquiera el estatuto diplomático que se supone ayuda a abrir “todas” las puertas. Al final de estos años, de vuelta a Washington en 1868 su padre sentenció: “para el derecho, la diplomacia te ha inutilizado; para la diplomacia, has aprendido demasiado”.

 

Excluidas las dos carreras para las que parecía mejor preparado, el joven y escéptico Henry buscó fortuna en el periodismo y en trabajos de asesoramiento político, que no le costó conseguir gracias a su ilustre apellido. Pero he aquí que cuando estaba sumido en el desconcierto se produjo uno de esos milagros que dejan atónitos a quienes no pertenecen a las altas dinastías del poder político y social. En 1870 el rector de la Universidad de Harvard, amigo de la familia, le ofreció sin más hacerse cargo de la cátedra de historia medieval. Henry, ignorante confeso de la materia, aceptó por falta de algo mejor, convencido de que fracasaría como creía haber fracasado en todo lo que había intentado antes. Pero su talento era bien distinto al que él en su pesimismo denigraba: como historiador aportó sustanciosas investigaciones de historia norteamericana, incluida su monumental tratado en nueve tomos. Cansado de este trabajo ya en 1877 y sobre todo a raíz de la trágica muerte de su esposa en 1885, Henry dimitió y se dedicó a viajar ampliamente por el mundo. Se consagró a una extraña aventura intelectual, un intento de formular una filosofía de la historia que explicara sus perplejidades vitales. Lo hizo bajo dos influencias contradictorias: se dedicó por un lado a estudiar los progresos de la técnica, la electricidad, la dinamo, las fuerzas de energía que creía estaban llevando a la civilización a la dispersión y al caos. Por otro lado, se consagró al estudio de un momento de la historia europea, los siglos del primer gótico, en los que vió el contrapunto del desastre que creía inevitable en su tiempo. Lo entendió como un mundo unificado en torno a unas creencias, un arte y un impulso vital fundado en el catolicismo, o más bien en el culto a la virgen María. Así lo contempló escenificado en la abadía del Mont Sant-Michel y en la catedral de Chartres, donde la Virgen reina en miles de imágenes, deificada en estatuas y vitrales casi hasta el borde de la herejía, por encima de la mismísima Trinidad.

 

Llevado por su entusiasmo, nuestro hombre “superfluo” llegó a presentar inquietantes síntomas de devoción personal por María, a la que llegó a dedicar una extensa plegaria en verso: has oído el tedioso recital de mis oraciones, no pudiste satisfacerlas pero al menos me sonreíste. Henry Adams se daba cuenta de que su cultura pertenecía a los tiempos de la Ilustración, era más dieciochesca que moderna, y los desórdenes que vivió, las tensiones que llevaron a los Estados Unidos a la desunión y a la guerra eran ajenos a su sensibilidad de ciudadano de la puritana Boston. En su primera juventud tuvo que presenciar como progresaban la corrupción y el racismo durante la presidencia de Andrew Jackson, la expansión desordenada hacia el oeste, la confrontación mortal de dos estructuras económicas y dos culturas en torno de la esclavitud. Su madurez tuvo que habérselas con la no menos decepcionante presidencia del general Grant, que consiguió hastiarle de la pasión política que llevaba en sus genes. Pero Adams era, a pesar de todo, un patriota americano y no hay más que observar los títulos de los capítulos de La educación para sentirlo: Traición, es la expresión que encabeza el dedicado a los momentos trágicos de la guerra civil: no olvidemos que ésta empezó por un desastre para las fuerzas de la Unión en Fort Sumter, muy cerca de Washington, donde él vivía.

 

Para la misión diplomática en Londres eligió el presidente Lincoln al más cualificado de todos los candidatos imaginable, Charles Francis Adams, escritor, político y jurista. Tenía que habérselas con una situación poco envidiable. Los británicos mostraban ya desde antes de desencadenarse las hostilidades una mal disimulada simpatía por el bando rebelde, que hacía poco tiempo se había constituido como Confederación y pretendía el reconocimiento de las potencias europeas. Pocos días antes de la llegada de los Adams a Londres, los ingleses presentaron a los Estados Unidos ante un hecho consumado al reconocer al Sur como beligerante y declarar su neutralidad en el conflicto. Poderosos intereses explican esta simpatía de los ingleses, que sin embargo se habían constituído desde medio siglo antes en cruzados por la abolición de la trata de esclavos, a la que los estados de la Confederación se aferraban. La industria textil británica dependía en gran medida del algodón que cultivaban los estados del sur y prefería tratar directamente con ellos. Además, al comprensible resentimiento de la ex-metrópoli contra sus antiguas colonias, rebeldes también en su momento, se unía esa extraña simpatía que, debido al prestigio eterno de la libertad, muestran algunos países por los procesos de secesión, siempre que surjan fuera de sus fronteras. Aunque Henry Adam sólo se enteró muchos años más tarde, cuando se publicaron los papeles de los protagonistas, los políticos británicos lo tuvieron bastante claro desde el principio. El primer ministro Palmerston, en correspondencia con sus ministros, no ocultó que Gran Bretaña prefería romper la Unión para evitar “la emergencia de una gran potencia”. Y Gladstone se declaró convencido en un imprudente discurso de que (con independencia de lo que pensemos sobre la esclavitud) los líderes del sur, encabezados por Jefferson Davis, habían conseguido crear un ejército y, más aún, una nación. La tarea de Adams padre consistía en evitar que los ingleses pasaran de la secreta intención a los hechos y ofrecieran mediar entre la Unión y la Confederación como paso previo al reconocimiento de ésta como estado soberano. El curso de los acontecimientos acabó ayudando, pues el apoyo británico a los rebeldes no fue ya presentable cuando estos empezaron a perder batallas y sobre todo cuando Lincoln sorprendió en 1863 a la opinión pública mundial con su Declaración de emancipación de los esclavos.

 

El joven Henry asistía a su padre como amanuense y consejero oficioso, y aprendía las artes de la diplomacia. La verdad es, como revela en La educación, que no tuvo más conocimiento que el que permitían las apariencias pues la verdad sólo se supo treinta años más tarde. El incidente más grave fue la compra por las autoridades rebeldes de un destructor, el Alabama, fabricado en Birkenhead, cerca de Liverpool. Adams padre intentó que las autoridades no permitieran su salida del puerto, pero no lo consiguió a pesar de las seguridades que le daba lord Russell. El ministro de exteriores le mintió a sabiendas de que además estaba ignorando el dictamen contrario de los asesores jurídicos de la Corona, dado que el apoyo a los rebeldes rompía la teórica neutralidad del Reino Unido. El Alabama llegó, así pues, a su destino y durante dos años pudo perturbar gravemente el comercio de la Unión con el exterior: destruyó 68 buques en 22 meses, hasta que él mismo fue hundido en junio de 1864 por el Kearsarge, frente a la costa de Cherburgo en Francia. Charles Francis Adams presentó reclamación cuando la guerra terminó con la victoria de la Unión y consiguió una indemnización por daños de 15.500.000 de dólares en oro. Al término de la guerra, como se ve, los Estados Unidos estaban ya bien avanzados como potencia y tenían capacidad para presionar. Consiguieron que los británicos firmaran un tratado de arbitraje en 1871 que resultó ser decisivamente innovador en el arreglo pacífico de controversias internacionales. El caso Alabama se resolvió en Ginebra un año más tarde por una comisión imparcial de arbitraje creada según el tratado: un árbitro por cada una de las partes y tres nombrados por otras tantas potencias neutrales, que en esta ocasión fueron Italia, Suiza y Brasil. El árbitro por parte americana fue, por supuesto, el padre de nuestro Henry Adams.

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(ADAMS , Henry: The education of Henry Adams; The Modern Library, Nueva York, 1931.–Id: Novels. Mont Saint Michel. The education; The Library of America, Nueva York 1983.–GREWE, Wilhelm G.: The Epochs of International Law; de Gruyter, Berlín 2000.–MAUROIS, André: Histoire des États-Unis; Ed Albin Michel, París 1943.–CARROL. Peter N. y NOBLE, David W.: The Free and the Unfree. A New History of the United States; Penguin Books, Nueva York, 1979)

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