PRAGA Y VIENA

34 Kakania, un reino de la imaginación

Viena, 1913

 

Gustav Klimt: Danae, 1907
Gustav Klimt: Danae, 1907

 

Aquellos libros de aventuras que alimentaron nuestro ocio juvenil solían trasladarnos a mundos lejanos e imaginarios, con nombres que destacaban su exotismo, su carácter de “otro” en comparación con nuestra vida, tan banal. Y es que, como escribió Alberto Manguel, nuestro mundo se limita a unos pocos continentes y unos pocos mares y nunca bastó para la aventura, había que crear otra geografía. Hay casos especiales, sin embargo, que sin dejar de contener todos todos los ingredientes de intriga y emoción, se sitúan más cerca de nosotros, en el tiempo y en el espacio. Parecen ocultar el nombre del lugar donde ocurre la acción por pudor, usando nombres imaginarios para designar a ciudades y países que, no obstante, resultan fácilmente reconocibles. Kakania, el tema principal de este apunte, es el más ilustre, pero hay más muchos más. En El prisionero de Zenda, Anthony Hope nos trasladó en 1894 al reino de Ruritania para contarnos una historia trepidante de política y pasión, cuyo escenario es una ciudad con palacios vieneses y una princesa, Flavia, tan gentil y desgraciada como la emperatriz Sissi. La conocida opereta La viuda alegre de Franz Lehar, estrenada en 1905, evoca desde París un reino al borde de la bancarrota al que hay que salvar gracias al casamiento del frívolo conde Danilo con la millonaria viuda Glawari. El autor de la comedia original, Henri de Meilhac, la situaba en un lugar llamado Pontevedro. Ernst Lubitsch, en su película de 1934, reelaboró la divertida trama haciéndola arrancar en un pequeño país montañoso en el corazón de Europa al que rebautizó como Marshovia y llenó de ovejas, jóvenes gypsies y palacios de cartón piedra.

 

Kakania es el nombre humorístico de un país imaginario pero muy real. Robert Musil, el autor de la novela Der Mann ohne Eigenschaften (un título de difícil traducción: ¿el hombre sin atributos, sin cualidades?; también podría decirse: el hombre sin identidad) no pudo ofrecer pistas más claras. Las dos K de Kakania aluden al emperador (Kaiser) Franz Josef I, que a la vez era rey (König) de Hungría, según el peculiar arreglo constitucional del Imperio austrohúngaro a partir del Compromiso de 1867. El emperador aparece de refilón en la novela y a él se refiere el hilo principal de la trama, la Acción paralela, proyecto de un grupo selecto de la élite vienesa para celebrar el 70 aniversario de su coronación, en coincidencia temporal y competencia política con el 30 aniversario del emperador de Alemania, Guillermo II. Los personajes no pueden ser más variopintos. Están empeñados todos en hallar una idea que represente la esencia del Imperio austrohúngaro, su definitiva contribución a la paz y a la civilización. Preside el comité rector el conde Leinsdorf, un viejo aristócrata que no entiende bien la abstracta misión que se le ha encomendado ni tiene una idea clara de lo que está pasando en su país. Diotima, la esposa snob de un anodino funcionario imperial, presta su salón para las deliberaciones e intenta contribuir con alguna idea genial, como aquella según la cual Austria es el mundo. Su amante Paul Arnheim es un empresario prusiano dedicado a escribir libros políticos y filosóficos y a posicionarse para conseguir el pingüe negocio de ciertas minas en la provincia de Galitzia. Al margen aparecen personajes patológicos y entrañables como el asesino y violador Moosbrugger o la neurótica Clarisse, que quiere redimir al criminal. Un banquero de origen judío, Leo Fischel, presta su desinteresado apoyo a la Acción paralela, vigilado por su hija Gerta, de inquietantes conexiones antisemitas. En fin, el simpático general Stumm habla mucho (Stumm en alemán significa “mudo”) y busca en la biblioteca imperial todo lo que se haya escrito sobre la idea por la que se afana el comité. El bibliotecario sume al general en la confusión al confesarle que no ha leído ni un solo libro de los más de 700.000 que tiene a su cargo.

 

La Acción paralela acaba fracasando, evidentemente, diluida en el marasmo. Y ello a pesar del talento de su secretario general, Ulrich, el protagonista de la extraña novela. Tiene 37 años y ha conseguido el puesto gracias a influencias familiares tras haber probado fortuna en varios quehaceres, intentado convertirse en “un gran hombre”. Es un matemático atractivo e inteligente que no acaba de encontrar su identidad, de ahí que no sepamos cuál sea su apellido. En él se resume la condición del hombre vienés del fin de siècle, pues todo en él es indefinido. Es activista y nihilista a la vez, según las circunstancias, un vividor mujeriego al estilo vienés que al mismo tiempo resulta capaz de emprender largas y complicadas conversaciones místicas: un hombre religioso que simplemente no cree en nada, de momento. Realiza su trabajo con dedicación y aporta también alguna de las ideas más peregrinas para la gran celebración; así cuando, como buen científico, propone la creación de un Ministerio de la exactitud y el alma, iniciativa que es rechazada firmemente por el comité. Respecto a sí mismo, reconoce que no sabe en absoluto quién es, que sus cualidades no encuentran un centro que las defina, por lo que cambian continuamente según las circunstancias. Su vida no sigue una trayectoria inequívoca como la de una bola de billar, sino que se mueve como las nubes, llevada por el viento. Carece de la consciencia de una identidad y se mueve en la anarquía de los átomos, según la idea de Nietzsche. Tras fracasar la Acción paralela, Ulrich se pierde en largas conversaciones con su hermana Ágata. Se encuentran tras la muerte del padre sin haberse visto desde la infancia e inician un amor ambiguo con tendencia al misticismo, a la disolución en el silencio.

 

Ulrich y Kakania son, naturalmente, el espejo roto de la decadencia del Imperio austro-húngaro, un símbolo profundo. El imperio cayó como caen todos los imperios: por sobre-extensión, por agotamiento económico, por la imposible cohesión entre los variados pueblos que lo componían. Ahora bien, su caso es especial ya que ningún otro imperio dispuso de una concentración de talento tan extraordinaria a la hora de analizar las causas de su crisis. La historia de Kakania, divertida a ratos si no fuera tan trágica, es la contribución de Musil a esta tarea de interpretación. Ernst Mach señaló la pérdida irrecuperable del yo (Ichlösigkeit) como el rasgo principal de la condición humana a finales del siglo XIX, y resaltó la insuficiencia del lenguaje para definir su naturaleza cambiante si no es por “circunloquios”. Musil, tras hacerse doctor con una tesis sobre Mach, escribió en un momento en que la sociedad austríaca se quedaba también sin identidad, lo mismo que sus individuos. Todo se movía vertiginosamente hacia el desastre sin que nadie supiera muy bien hacia dónde se movía ni por qué. La rígida jerarquía de la sociedad imperial, apoyada en una élite liberal de reciente creación, se estaba desintegrando, precisamente porque el ataque burgués contra el poder aristocrático (los feudales) provocó la rebelión del proletariado y el despertar de pueblos periféricos, los húngaros, los checos y otros, aquejados, si acaso, de un exceso de identidad. En vísperas de la Gran Guerra de 1914, cuando se sitúa la acción de la novela de Musil, el poder político estaba paralizado, anquilosado: había perdido, escribe Carl E. Schorske, la confianza en la estructura racional de la historia y sufría de un completo vacío de valores. De ahí el fracaso de Ulrich y del pintoresco proyecto de la Acción paralela. No daban con una ideología que pudiera estructurar el fin de una época, simplemente porque no la había. Ulrich entregó al final de su trabajo dos voluminosas carpetas de hipótesis sin conclusiones y se dedicó a buscar, de la mano de Ágata, el amor perfecto, El reino milenario.

 

El hombre sin atributos es una novela monumental tanto por su enorme volumen como por su ambición. Robert Musil la empezó en los años veinte y la dejó inacabada en 1942 cuando murió a los 62 años. Hay quien piensa que la novela, que se abría a las infinitas posibilidades de la realidad, tenía necesariamente que quedar abierta, por mucho tiempo que dispusiera el autor, porque su esencia era demostrar que el mundo, y no sólo el Imperio austrohúngaro, no tienen una explicación lógica. En 1920 Musil era ya un escritor admirado por sus obras tempranas, empezando por Las tribulaciones del joven Törless, de 1906, una historia de sadismo en una escuela militar, premonitoria de los horrores del régimen nazi. Inició su ambicioso proyecto con afán de aplicar a la literatura los procedimientos de la ciencia, pues había tenido una sólida formación de matemático y había sido profesor de ingeniería antes de dedicarse por completo a escribir. Lo hacía bajo la influencia de ídolos como Nietzsche, Emerson, Maeterlinck y Kafka, a quien conoció en Praga en 1916. Pudo escribir así la primera parte de su gran novela con una extraña ironía retrospectiva, francamente cómica a ratos. Para ello, situó su historia en 1913, en vísperas del fin que se presiente. Tras publicar la primera parte en 1930-33, el libro cambió de carácter a la par que circunstancias históricas. Musil y su esposa Martha, escritora de origen judío, tuvieron que huir a Suiza cuando se produjo el Anschluss, la anexión de Austria por los nazis en 1938. Aquejado de una salud frágil y problemas económicos graves, la actitud de Musil y su tono cambiaron. Lo que escribió en la última década de su vida ya no sigue un hilo conductor tragicómico de la Acción Paralela, sino que es una larguísima conversación sobre la vida en boca de Ulrich y Ágata.

 

La novela de Musil no es lectura fácil, salvo los divertidos episodios de la Acción paralela. Y ha sido objeto de alabanzas rendidas tanto como de críticas inmisericordes. El autor era un individuo bastante huraño, perfeccionista y envidioso, que criticaba a colegas que le apreciaban y apoyaban (fue candidato al premio Nóbel), como Thomas Mann o Franz Werfel. Presumía de no haber leído a Proust ni a Joyce y tenía la pretensión de salvar la literatura a través de la aplicación del método científico, basado en la exploración de múltiples hipótesis que no siempre llevan a un resultado. El crítico literario alemán  Reich-Ranicki carga la mano con dureza sobre los defectos de la gran obra. Acusa a Musil de plagiario compulsivo de libros y artículos periodísticos, cosa que está demostrada por los especialistas, y le reprocha sobre todo que interrumpa el ritmo de la obra innecesariamente con largas disquisiciones filosóficas y psicológicas. Lo achaca a un cierto desequilibrio de la personalidad de Musil que, según él, le impedía frenar su compulsión de escribir, presa del vicio que aqueja a algunos escritores que no son capaces de guardar silencio sobre algo que saben. Ulrich no sería para Reich-Ranicki un verdadero personaje de novela, sino un mero nombre que el autor usa para hacerle argumentar sobre todo lo divino y lo humano, incluidas largas parrafadas sobre literatura impropias de quien se presenta como modesto matemático.  Es cierto que a veces se hace difícil navegar entre los fragmentos de acción y los capítulos que son en sí mismos ensayos técnicos. Pero es que esa era la intención de Musil: quería salvar la literatura por la ciencia, aplicar un método de análisis que lleva a la incertidumbre, porque la vida es un territorio incompatible con la exactitud. Quizá era Musil demasiado inteligente para escribir una buena novela, como sentenció Walter Benjamin. Sin embargo, sus lectores reconocen que, en su enormidad, tiene un carácter adictivo del que no es posible sustraerse. Aunque sólo sea por adivinar de qué profundidades del alma de un hombre tan amargo y vanidoso puede brotar tanta comicidad.

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(MUSIL, Robert: Der Mann ohne Eigenschaften; Rowolt, Hamburgo 1978.–MANGUEL, Alberto y GUADALUPI, Gianni: Guía de lugares imaginarios; Alianza Ed., Madrid, 1980.–MAGRIS, Claudio: El anillo de Clarisse; Ed Península, Barcelona 1978.–SCHORSKE, Carl E.: Fin de Siècle Vienna. Politics and Culture; Vintage Books, Nueva york 1981.–REICH-RANICKI, Marcel: Sieben Wegweiser; Deutscher Tachenbuch Verlag, Munich 2004.–KIMBALL, Roger: The Qualities of Robert Musil; The New Criterion, vol 35, No.10, June 2017)

 

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