WASHINGTON Y NUEVA YORK

39 La blancura de la ballena

Nueva York, 1851

 

Un ballenero como el Pequod
Un ballenero como el Pequod

 

El libro del profeta Jonás cuenta una de las más extrañas historias de la Biblia. Jonás era un profeta de menor cuantía, tanto que cuando Dios le envía un mensaje ordenandole viajar a la gran ciudad de Nínive en Asiria para convertir a los pecadores, él toma la dirección contraria. Desobedece a Dios y huye hacia el Oeste, se embarca en Jaffa y emprende el viaje a Tarsis, la actual Cádiz, el fin del mundo de entonces, huyendo del mandato divino. Sus compañeros de viaje, gentes de diversas religiones, descubren que ha traicionado a su Señor y provocado la gran tormenta que los azota. Consiguen que se calme el huracán arrojando a Jonás por la borda, de donde deducen que Yahvé, el dios del judío, es el dios verdadero. El atribulado profeta es entonces engullido por un gran pez, en cuyo vientre pasa tres días y tres noches, navegando no sabemos por qué mares. Al final el pez lo arroja a una playa desde la que, arrepentido, viaja a Nínive y consigue que sus habitantes hagan penitencia. Dios queda complacido pero no así Jonás, que no entiende que sean perdonados los pecados a los seguidores de falsas religiones. Esta pequeña fábula no es comparable a las impresionantes revelaciones de los grandes profetas, aunque se aduce como prueba de la magnanimidad de Yahvé, que permite el arrepentimiento no sólo de los judíos sino también de los paganos. No tendría mayor trascendencia si no fuera por otra que aparece en el evangelio de san Mateo (12.38). En ella se cuenta que los fariseos pidieron a Jesús una señal para probar que era el mesías prometido. Jesús les contesta indignado que no tendrán otra señal que la de Jonás: que así  como el profeta estuvo tres días y tres noches en el vientre de la ballena, él resucitaría a los tres días de su crucifixión. Es, según parece, la única vez en los evangelios en que Jesús alude a su condición divina. Dios sólo sabe si lo dijo en la realidad o fue un argumento del evangelista para demostrar que Jesús fue algo más que un profeta, sobre todo más que el pobre Jonás, como afirma en este episodio.*

 

La historia de Jonás es el tema del sermón que pronunció el pastor Mapple a los marineros y familiares reunidos en la capilla de Nueva Bedford, Masachussets. Lo reproduce el noveno capítulo de la novela de Herman Melville Moby Dick, publicada en Nueva York en 1851. El relato es impresionante por su detalle y dramatismo, que supera con mucho el de la sencilla parábola bíblica. Ismael, el protagonista y narrador de la novela, ha llegado a la ciudad, cercana a Nantucket, desde donde pretende embarcar en un ballenero en busca de una nueva aventura, pues confiesa que el mar le libra de sus tentaciones de caer en la melancolía y el suicidio: con un arrogante gesto filosófico, Catón se arrojó sobre su espada; yo, tranquilamente, me embarco. Entra en la iglesia y recorre sobrecogido con la mirada las lápidas de muchos marineros muertos en la mar. Entonces llega el solemne pastor, sube a su púlpito, que imita la proa de un buque, en un estado de trance: elevó los ojos al cielo y entonó una plegaria con tan profunda devoción que parecía estar de rodillas y rezando en el fondo del mar. El Pequod es el barco ballenero cuya partida esperan las los arponeros, los marinos y sus familias. Todo hace presagiar una historia trágica similar a la de Jonás, que el pastor va refiriendo con detalles realistas y terribles. Parece que tenga en su mente la premonición de que la navegación del Pequod será trágica. Y es que conoce la reputación del capitán Ahab, famoso por su odio eterno a Moby Dick, la ballena que ha perseguido por todos los mares y que le arrebató su pierna. La lección de la historia de Jonás es que hay que pregonar la verdad a la cara de la falsedad: ¡ay de aquel para quien el buen nombre está por encima del bien; ay de aquél que no sea verdadero, aunque pudiera salvarse siendo falso!. Porque el arrepentimiento verdadero no clama por el perdón, sino que agradece el castigo.

 

Estas terribles palabras de resonancias calvinistas fueron escritas por alguien que hasta entonces había recorrido el mundo y cumplido con trabajos variados, aunque ninguno de importancia. Herman Melville nació en 1819 y tuvo pronto que buscarse la vida como pudo cuando su padre, un comerciante de Nueva York, murió en 1832 tras un largo período viendo cómo agonizaba su negocio. El joven Melville se cansó de trabajar en una oscura oficina y decidió embarcarse hacia Inglaterra primero (lo relató en su novela Redburn) y más tarde como tripulante del ballenero Acushnet. Huyendo de las condiciones de la travesía, desertó con un compañero en las Marquesas y fue hecho prisionero en la isla de Nuku-Hiva. En la novela Typee (1846) refirió sus rocambolescas peripecias entre los caníbales de la tribu de ese nombre, tomando prestado de libros anteriores algunos de los episodios más terroríficos. También vivió en Tahití después de escapar de Nuku-Hiva y más tarde se enroló en un buque de guerra, el United States, donde fue testigo de las duras leyes de la marina norteamericana, como relató en la novela White Jacket (1850). Produjo otros libros de aventuras siempre con el fondo de los mares del sur, ninguno de ellos muy notable como literatura, aunque tuvieron cierto éxito popular. De vuelta a su país, se casó y se instaló en Massachusetts junto a su esposa. Allí cultivaron una granja en Pittsfield durante trece años.

 

Melville había leído intensivamente, como se puede comprobar en sus libros y demostró de sobra en los ochenta extractos de la literatura universal referidos a las ballenas que introdujo en el umbral de Moby Dick. También había frecuentado en las montañas Berkshires a Nathaniel Hawthorne, un autor adicto a los temas profundos y muy poco americano, pues no compartía el optimismo tan propio de las primeras generaciones de la independencia. Su influencia sobre Melville fue grande, como lo fueron las obras de Shakespeare, cuya huella es fácil detectar en la gran obra que por sorpresa produjo en 1851, tras dedicarle poco más de un año de trabajo intensivo. Moby Dick es uno de los libros más impresionantes de la historia de la literatura: nada igual había sido visto antes, no sólo en Norteamérica sino en todo el mundo. No es propiamente una novela, sino más bien un libro más de viajes, sólo que con un trasfondo filosófico y científico de una intensidad extraordinaria. No ha sido posible explicar de una manera convincente las circunstancias que posibilitaron que este escritor discreto y más bien convencional produjera de improviso una única obra maestra de la magnitud de Moby Dick. Somerset Maugham se embarcó en una interpretación basada en las supuestas tendencias sexualesde Melville y su infelicidad en el matrimonio. Recuerda que hay una extendida opinión de que el libro es una alegoría sobre el bien y del mal, aunque quizá ni siquiera el propio Melville sabía qué exactamente quería simbolizar. La interpretación de un cierto profesor Mumford invierte el significado usual de la relación de Ahab con la Ballena, reminiscente del Leviatán bíblico: en realidad quien representa al mal es el capitán, la ballena blanca se limita a defenderse cuando la atacan.

 

Si Jonás acabó arrepintiéndose tras su cautividad en el vientre de la ballena, Ahab en cambio desafía a Dios y a la naturaleza con su enconada carga de odio. El también, que reconoce haber creído en varias religiones, sermonea repetidamente a la tripulación, a la que su energía satánica seduce en la interminable y fatídica persecución de la terrible ballena. Cuando la tormenta produce los fuegos fatuos que iluminan los tres mástiles del Pequod, Ahab se encara con el fuego: límpido espíritu de límpida llama que en otros tiempos adoré…en estos mares y que en el acto sacramental me quemaste de tal modo que aún llevo la cicatriz. Ahora te conozco…y sé que para adorarte hay que desafiarte…Más allá de ti, oh límpido espíritu, hay algo inextenso, frente a lo cual la eternidad misma sólo es tiempo… Esta sobrecogedora invocación a un abismo anterior a la creación del mundo prefigura la tragedia con la que concluye una historia que progresa con un ritmo desbocado hacia el desastre final.

 

De él sólo un marinero del Pequod pudo dar testimonio. Ismael, que se salvó flotando en el ataúd de su amigo el arponero Peequegg, narra la historia con tanta intensidad que a veces tiene que interrumpirla, como para tomar aliento, con capítulos enteros que nos ofrecen toda clase de detalles sobre la ciencia de la cetología (Cap. 32), las medidas del esqueleto de una ballena (Cap. 103), la tecnología de los arponeros y tantas cosas más. Entre ellas destaca su teoría sobre el terror que le produce La blancura de la ballena (Cap. 42). El blanco, color de la pureza en muchas religiones, puede transmitir también el miedo a lo desconocido, a los espacios sin fin, a los hielos de las montañas y a las praderas nevadas. ¿Cómo es posible que el símbolo de la espiritualidad cristiana pueda ser también el símbolo de misterios terribles para la humanidad? ¿Será acaso que la blancura ensombrece con su vaguedad el vacío, las despiadadas inmensidades del universo y nos apuñala por la espalda con el pensamiento de la nada, cuando contemplamos las albas profundidades de la vía láctea?

 

Moby Dick es una novela llena de sermones y largas disquisiciones. Toda la literatura inaugural de los Estados Unidos fue oratoria, pues la literatura de un pueblo nuevo, como escribió Daniel Drake en 1834, ha de ser declamatoria. La profundidad podrá en su momento moderar su verbosidad, pero de entrada “nuestros escenarios naturales, nuestras instituciones liberales, políticas y económicas, tendrán que mantener su carácter florido”. Un pueblo en expansión continua como era el norteamericano a principios del siglo XIX necesitaba ser amonestado para impulsar su afán de libertad y su ambición de progreso. El púlpito de los puritanos heredó de las tradiciones inglesas una oratoria que fue asumida por los líderes políticos; construyeron la república a base de discursos que se convertían en libros y circulaban ampliamente en la sociedad. Ralph Waldo Emerson dedicó toda una vida a aleccionar a los americanos con largas conferencias que repetía una y otra vez antes de convertirlas en sus famosos Ensayos, una colección notable de elucubraciones filosóficas con un cariz panteísta que se distanció del protestantismo oficial y navegó entre  el gnosticismo, el misticismo y el modelo americano de idealismo que se llamó el trascendentalismo. Fundó lo que Harold Bloom ha reconocido como una verdadera religión americana, junto con Henry Thoreau, que predicaba la adoración de la naturaleza en Walden, una finca propiedad precisamente de Emerson cerca de su pueblo en Massachusetts, Concord. La influencia de ambos en Melville fue grande, aunque el autor de Moby Dick prefería considerarse discípulo de Hawthorne, a quien dedicó su gran novela.

 

Melville, aunque educado en el calvinismo de su madre de origen holandés, pertenecía a la cultura más liberal de Nueva York, Pensilvania y los otros estados centrales. Se situó al margen del renacimiento cultural de Nueva Inglaterra con una obra única, aunque comparte con toda la literatura norteamericana el papel protagonista de la religión. Aunque repudió el calvinismo oficial y atacó más o menos directamente los dogmas eclesiásticos y la hipocresía, en Moby Dick explora continuamente los temas caros a esta secta: la depravación innata en el hombre, el determinismo y la libre voluntad. Su conocimiento de la Biblia era extensivo y las alusiones bíblicas abundan en su gran novela. Con ellas, como ha señalado Cristina Arsene-Onu, quería poner el énfasis de su narración en temas y personajes con dimensión sobrenatural, sugiriendo la existencia de un mundo más allá de lo que perciben los sentidos. Ahab lo afirma dramáticamente en uno de sus sermones a la tripulación que aparece en el capítulo 36, reminiscente de Shakespeare hasta en la introducción de indicaciones escénicas: entra Ahab; luego todos. En él, el capitán promete un doblón de oro español para aquél que aviste a su enemiga la ballena blanca por primera vez y juramenta a los miembros de la tripulación para que lo secunden en la caza a muerte del monstruo, para que olviden todo otro objetivo, incluido su provecho económico. Y ante el escepticismo del primer oficial Starbuck, Ahab declara su peculiar filosofía: todos los objetos visibles, amigo, no son sino máscaras de cartón. Pero en cada acontecimiento, en el acto vivo, en la acción resuelta, algo desconocido pero siempre razonable proyecta sus rasgos tras la máscara que no razona. ¡Y si el hombre quiere golpear, ha de golpear (a través de) la máscara!**

 

* Algún místico como el monje trapense Thomas Merton ha señalado que la experiencia de Jonás se asemeja más que nada a la experiencia de la noche oscura del alma antes de la iluminación divina.

 

** Las versiones al español son de Enrique Pezzoni en la edición de Penguin clásicos, megustaleerbboks.com.

—–

 

(MELVILLE, Herman: Moby Dick or The White Whale; Collins, Londres, 1972.–BOORSTIN, Daniel: The Creators; Random House. Nueva york, 1997.–ARSENE-ONU, Cristina: Guilt, Sacrifice and Redemption in Herman Melville’s Moby Dick, Pierre and Billy Budd. diacronia.ro, 2009.–BLOOM, Harold: Genius. Warner Books, 2002.–MERTON, Thomas: The Sign of Jonas; Image Books. Nueva York, 1956.–SOMERSET MAUGHAM: Herman Melville and Moby Dick, en Ten Novels and their Authors; William Heinemann Ed. Londres, 1954)

 

Licencia

La blancura de la ballena Copyright © by Aurelio Pérez Giralda. All Rights Reserved.