WASHINGTON Y NUEVA YORK

36 La prehistoria de Nueva York

Manhattan, 1609

 

Robert Havell: el río Hudson, 1866
Robert Havell: el río Hudson, 1866

 

Cuando el Imperio español empezaba a declinar, ingleses, franceses y holandeses pugnaron duramente por el control del océano Atlántico. Tres guerras enfrentaron a la incipiente Holanda (las entonces llamadas Provincias Unidas de los Países Bajos) con Gran Bretaña. La segunda tuvo lugar entre 1665 y 1667 y terminó con un tratado firmado en la ciudad de Breda que produjo un resultado llamativo. Las partes aplicaron en él un viejo principio del derecho internacional que se haría famoso en los tiempos de la descolonización: uti possidetis iuris (conservas como derecho lo que posees). Según él, los contendientes en una guerra retienen como soberanos los territorios que hayan adquirido durante las hostilidades o antes. Los ingleses habían ocupado en 1664 la Nueva Holanda, una amplia cuña de territorio  en ambos flancos del río Hudson que se extendía entre las colonias de Nueva Inglaterra y Virginia.Tenía como frontera aproximada los ríos Delaware y Connecticut, es decir que cubría parte de lo que hoy son los estados de Nueva York, Nueva Jersey, Delaware, Pensilvania y Connecticut. Por su parte, los holandeses habían ocupado desde 1616 Surinam, una colonia en la costa oriental de América del sur rica en esclavos y plantaciones de tabaco. De acuerdo con el uti possidetis, así quedaron las cosas: Nueva Holanda se convirtió en un dominio más de Gran Bretaña en Norteamérica y Surinam pasó a ser la Guayana holandesa. Tras una tercera guerra entre Inglaterra y los Países Bajos, hubo un intento por parte de los holandeses de recuperar en 1673 su antigua colonia de Nueva Holanda, quizá sospechaban que habían cometido un error aceptando sin más el trueque. El intento fue vano y duró sólo unos pocos meses:  Nueva York ya nunca volvió a ser Nueva Amsterdam.

 

La primera exploración del río Hudson había tenido lugar en 1609. La Compañía holandesa de las Indias Orientales buscaba, atravesando el continente norteamericano, el legendario paso hacia el Oriente que los portugueses habían encontrado navegando hacia el sur por la costa africana y Magallanes contorneando la América del sur. Todos querían un atajo para evitar el obstáculo que había encontrado Colón viajando directamente hacia el Oeste. El inglés Henry Hudson, al servicio de los holandeses, lo había intentado antes por el norte de Rusia, sin éxito. Ahora remontó el ancho río que recibió su nombre hasta la altura de la actual ciudad de Albany, donde aquél se estrecha y se precipita en peligrosos rápidos. Decepcionado, tuvo que admitir que por allí no se llegaba al Asia pero informó a sus autoridades que había encontrado una tierra fértil y agradable, habitada por nativos aparentemente pacíficos. Vió abundancia de castores, cuyas pieles y aceites podrían comercializarse favorablemente en el mercado europeo para competir con la mercancía más cara procedente de Rusia. Los holandeses no hicieron mucho caso a Hudson: estaban más interesados en Brasil y el Caribe por sus ricas plantaciones de cacao y azúcar y en la costa de África por la abundancia de esclavos capaces de cultivarlas. En los años siguientes se intentaron nuevas exploraciones sin mayores consecuencias, la Compañía de las Indias Orientales abandonó el intento de encontrar el paso al Asia por el noroeste.

 

Pero Holanda había iniciado en 1609 una tregua en la larga guerra de liberación de España y su economía crecía intensamente gracias a su poderosa flota y al imperio comercial que iba desplegando en el Oriente y en América. Los ricos comerciantes de Amsterdam no quisieron descartar las posibilidades que ofrecía el Hudson y los territorios vecinos y crearon una Compañía de las Indias Occidentales. Los Estados Generales les otorgaron una Carta fundacional en 1621 y reunieron el necesario capital para establecer en la desembocadura del río un centro de distribución de las mercancías que pudieran obtener aguas arriba. La Compañía, como era habitual en aquella época de colonización privatizada, obtuvo el monopolio del comercio en la costa occidental de África y en toda América. Tenía plena libertad para hacer contratos, concertar alianzas y establecer relaciones diplomáticas, nombrar gobernadores, construir fortificaciones y crear los ejércitos necesarios para su defensa. El estado le ofrecía en la Carta apoyo armado en las guerras que pudiera declarar para resolver cualquier controversia comercial.

 

La colonia de la Nueva Holanda fue por tanto gobernada por una sociedad privada holandesa hasta que fue conquistada por los ingleses en 1664. Su historia no pudo ser más azarosa. La Compañía, empeñada sobre todo en controlar Brasil y en hacerse con el provechoso comercio de esclavos, nunca tuvo claramente definido cuál era el objetivo principal de sus negocios: las opiniones se dividían entre los que quisieron establecer simplemente una factoría comercial centrada en la bahía del Hudson y los que además querían colonizar las fértiles tierras a ambos lados del río y más allá. Para lo primero, la situación geográfica era ideal, un excelente puerto justo en la mitad de toda la costa Este de Norteamérica. Como explotación agrícola ofrecía un terreno inmenso y rico en posibilidades para la agricultura y para la caza. No se ponían de acuerdo los accionistas y las autoridades y esta confusión determinó el destino de la colonia. En 1622 un capitán llamado Cornelis May al mando del buque Nieuw Nederland llegó a la bahía con un cargamento de treinta familias, en su mayoría valones católicos de los muchos que habían huido a las provincias del Norte cuando Amberes fue saqueada por los soldados del Duque de Alba. En 1624 los Estados Generales dieron a la nueva Holanda una primera carta provincial, que prescribía la libertad de conciencia, creaba el primer consejo de gobierno y decretaba un primer repartimiento de tierras. Pero la vida distaba de ser apacible: el mismo año se desencadenó una guerra entre las tribus enfrentadas de los indios locales, los Mohawk y los Mahicans, que hizo temer a los colonos por su seguridad.

 

Tuvieron que refugiarse de momento en el extremo sur de la isla de Manhattan. Fue entonces cuando, según la leyenda, el valón Peter Minuit la compró en 1626 a los nativos que la habitaban por el equivalente de 24 dólares, pagados en utensilios y abalorios. Este fue el poco solemne acto fundacional de la ciudad de Nueva Amsterdam. Era tan reciente que no era posible hacerla remontar a historias épicas como habían hecho los antiguos con la Roma fundada por el troyano Eneas, o con Santiago de Compostela, consagrada por la llegada milagrosa del apóstol. Algún trato hubo con los indios, sin duda, aunque los expertos piensan que no fue una verdadera compra, sino más bien una concesión de uso y tránsito en la isla. La modestia de la suma sin duda deja traslucir un cierto desprecio burlón por los nativos, que aparecen estafados por los recién llegados blancos. Pero la historia de la adquisición no deja de tener valor como mito fundacional. Fue vista como símbolo de la habilidad y disposición de los primeros neoyorquinos para tratar y convencer, de su talento para el negocio inmobiliario. Aún más importante, la leyenda consagraba a los compradores como propietarios legítimos, pues habían adquirido su nueva tierra por un contrato válido y no, como hicieron otros colonizadores, por conquista bélica teñida de proselitismo religioso. Querían solamente el negocio, no una teocracia ni tampoco una burocracia.

 

Lo cierto es que la Nueva Amsterdam, lo mismo que el resto de la colonia, creció con notables dificultades, La Compañía de las Indias Occidentales regateaba los medios necesarios para el desarrollo de una verdadera ciudad porque prefería mantenerla como un simple depósito de distribución comercial. Por su parte, los colonos que fueron llegando en sucesivos viajes en busca de tierras que cultivar no facilitaban las cosas. Una escasa parte de ellos venía de Holanda, básicamente los funcionarios de la Compañía. El resto eran alemanes, flamencos, suecos, daneses y judíos: gente en su mayoría aventurera y no muy estable sino más bien pendenciera y alcohólica. Los gobernadores que fueron llegando sucesivamente no eran muy diferentes de ellos en su avidez y corrupción. Wouter van Twiller desde 1633 y Willem Kieft a partir de 1638 tuvieron que afrontar el desorden interno y al mismo tiempo resistir el continuo asedio exterior por parte de los puritanos ingleses de Nueva Inglaterra, que pretendían expandirse hacia el sur ocupando el río Connecticut. Sufrían también por el otro flanco las incursiones de un grupo de suecos que habían creado una colonia en la desembocadura del río Delaware. Entre unos y otros, provocaron además una guerra abierta con los indios que duró hasta 1645 y dejó la colonia arrasada y a los colonos atemorizados por la extrema violencia de los enfrentamientos. Se hundió el valor de las acciones de la Compañía y hubo tentaciones de abandonar el negocio de Nueva Holanda. Finalmente se decidió, en un nuevo intento de poner orden, enviar a un militar experimentado en las guerras del Caribe, Peter Stuyvesant.

 

El nuevo gobernador era un extremista religioso. También era un buen administrador, para variar. Intentó acabar con en el caos que le habían dejado sus antecesores, creó nuevas infraestructuras para la ciudad y la fortificó con una sólida empalizada de troncos y adobe que se convirtió con el tiempo en la Calle de la Muralla (Wall Street).  Puso orden en la economía, creó la primera fuerza de policía de la Nueva Amsterdam y fijó por un tratado con los ingleses una precaria frontera oriental en el Connecticut. Puso también a raya a los suecos del Delaware con una expedición militar pintoresca e intentó poner orden también en las costumbres. Aquí tuvo menos éxito. No pudo imponer como única religión la Iglesia Reformada ni suprimir la relativa tolerancia de otros cultos que regía en Holanda. Tampoco pudo reducir el número de tabernas y burdeles o el alto consumo de alcohol y las numerosas fiestas y carnavales de la incipiente “sociedad”. Pero su poder estaba amenazado desde dentro por las crecientes reivindicaciones de un gobierno municipal. Tuvo que aceptarlo en 1653 contra sus instintos autoritarios bajo la presión del gobierno de la metrópoli y la resistencia de demócratas pioneros como el abogado Adrian van der Donck, que informó a Holanda sobre los excesos del gobernador. A pesar de todo ello, el fin de su gobierno llegó desde el exterior. En 1660 se restauró la dinastía de los Estuardos en Inglaterra y el rey Carlos II autorizó a su hermano el duque de York conquistar toda la colonia holandesa. El duque despachó a una pequeña flota a la bahía del Hudson en 1664 y la población de la ciudad obligó al gobernador Stuyvesant a capitular. No tenían fuerza militar suficiente para resistir ni tampoco muchas ganas, pues la adhesión a Holanda de aquella población variopinta y multicultural era escasa. Sin tardanza la ciudad fue rebautizada con el apellido de su conquistador y se convirtió en Nueva York.

 

Sobre el significado del período holandés para la que pronto se convirtió en la ciudad más rutilante y dinámica del mundo sólo recientemente se ha empezado a tener una visión equilibrada. La historia, como es sabido, suelen escribirla los vencedores y los ingleses no tardaron en cargar con saña contra el pasado pre-británico, que presentaron como un período de desorden y atraso. La versión de Washington Irving es característica. En 1809, con sólo 26 años, escribió una Historia de Nueva York que ridiculiza el pasado de la ciudad con un humor de dudoso gusto, fingiendo que la narra un tal Dietrich Knickerbocker, supuesto historiador holandés pomposo y amigo de la fantasía. Ya antes, Irving había parodiado el origen mítico de Nueva York dando a la ciudad el apodo de Gotham, inspirado en el nombre de un pequeño pueblo en Inglaterra que en las leyendas medievales era conocido por estar habitado por tontos. Era objeto de chistes y burlas, aunque no quedaba claro si los tontos eran tales o fingían su estupidez para librarse de obligaciones abusivas, militares o fiscales, impuestas por la corona. Al desprecio de los neoyorkinos por sus antepasados se unió la escasez de fuentes directas de los años de dominio holandés y la difícil interpretación del lenguaje antiguo en que estaban escritas las pocas que se conocían.

 

En la década de 1970, sin embargo, un paciente investigador sacó a la luz abundantes documentos de la época que la presentan bajo una luz más compleja y rica. Sobre esa base, el periodista e historiador Russell Shorto ofreció una interpretación interesante en un libro publicado en 2004, que designa a Manhattan como La isla en el centro del mundo, destacando la impronta que la avanzada sociedad holandesa de la época había dejado sobre su lejana colonia. Según él, ésta desarrolló una cultura política completamente diferente de las que prevalecieron monolíticamente en las colonias británicas: el  puritanismo mesiánico de Nueva Inglaterra y el feudalismo esclavista de Virginia. En Nueva Holanda se impuso, en cambio, un inevitable pluralismo de culturas, razas y lenguas, junto con el indisimulado afán de lucro. Todo ello imponía la necesidad de conciliar por medio de instituciones representativas los intereses dispares de comerciantes, agricultores y simples aventureros. A partir de 1664, los ingleses no quisieron o no pudieron tocar la civilización extravagante que encontraron en su nueva colonia, sólo cambiaron el nombre y la lengua oficial. Con su originalidad y su fuerza Nueva York lideró más tarde la revolución de la Independencia y fue la primera capital de los Estados Unidos. Su “espíritu”, según esta teoría, acabó permeando toda la cultura americana y la dotó de su característico pluralismo, su espíritu emprendedor y su libertad pragmática, impuesta por la necesidad.

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(IRVING, Washington: A History of New York, en Selected Writings of Washington Irving; The Modern Library, Nueva York, 1945.–BURROWS, Edwin y WALLACE, Mike: Gotham. A History of New York City to 1898; Oxford U.P. 1999.–SHORTO, Russell: The Island at the Center of the World; Doubleday, Londres, 2004.–ARBLASTER, Paul: A History of the Low Countries; Palgrave, Londres, 2006.–HOMBERGER, Eric: The Historical Atlas of New York City; Owl Book, Nueva york, 1998)

 

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