ESTAMBUL Y EL ORIENTE

82 Las dos almas del imperio ruso

San Petersburgo, 1700

 

Vasili Súrikov: Ejecución de los Streltsi, 1881
Vasili Súrikov: Ejecución de los Streltsi, 1881

 

Le quedaban a Alexander Pushkin dos años de vida cuando en 1836 publicó El cuento del gallo de oro. Pocas metáforas de la decadencia de un imperio son más llamativos que esta sencilla fábula. Dadón, un zar pusilánime y cansado de guerras ve cómo su reino es asediado desde el Este y el Oeste por potencias hostiles. Un mago le regala un gallo de oro para que le ayude en la defensa, avisándole de la llegada de enemigos desde la torre del castillo. A cambio, Dadón acepta comprometerse a cumplir lo que el mago le pida, sin concretarlo.Tras una serie de derrotas tiene que tomar el mando para repeler el último ataque, que llega desde el Oriente. Sucumbe a los encantos y a los ejércitos de la zarina de Shemajá y finalmente muere a manos del gallo de oro al negarse a cumplir lo prometido. Muchos años después, bajo la impresión de la revolución de 1905, cruelmente reprimida por el zar Nicolás II, y de la derrota del ejército ruso en Manchuria avasallado por el naciente imperio nipón, Nicolai Rimsky-Korsakov retomó el relato de Pushkin con ayuda del libretista Vladimir Belsky y lo convirtió en una amarga sátira musical. Acentuó el carácter decadente del zar y ridiculizó también al pueblo ruso, seguidor ciego del tirano. Rimski había sido oficial de la armada rusa y tuvo que ver llegar aquel mismo año los restos de sus colegas del destacamento destruido por Japón en la batalla de Port Arthur aquél mismo año. El Zar reinante se dió por aludido. Prohibió la representación de esta obra, cosa lógica dentro de la lógica de los tiranos, y el compositor murió sin poder verla en escena. Para subrayar la intención subversiva de la ópera, Rimsky se distanció de los trucos de la música nacionalista y acentuó el símbolo de una Rusia asediada por el este con armonías supuestamente exóticas y arabescas.

 

Como las personas, los pueblos pueden tener el alma dividida y el caso de Rusia es un ejemplo ilustre de esta idea. El cuento del gallo de oro, en sus dos versiones artísticas, ilustra la inexorable caída de un gran imperio asediado y debilitado. Después de la histórica derrota de los ejércitos de Napoleón en 1812, Rusia se había incorporado de pleno derecho a la tarea del Congreso de Viena para recomponer el mapa de Europa bajo el signo de la restauración monárquica. La Santa Alianza fue promovida por el zar Alejandro I junto con Austria y Prusia  para inspirar la vida política europea en el derecho divino de los reyes y en los valores cristianos. Rusia se convirtió así en el “gendarme “ de Europa y se distinguió por su ayuda en la represión de las revoluciones de los años 1848-49. Seguía siendo una gran potencia militar pero presentaba los síntomas típicos del agotamiento de los imperios: producción industrial estancada, atraso tecnológico en sus comunicaciones y transportes (en 1856 no había trenes al sur de Moscú), una población creciente y empobrecida a causa del mantenimiento de la servidumbre de los campesinos. Con un régimen social anclado en el feudalismo, que dejaba al país a gran distancia de los progresos que habían permitido la expansión colonial a las potencias europeas, la protesta social fue en aumento y unió a los campesinos con los proletarios de las ciudades. El régimen zarista siguió recurriendo a la represión y provocando cada vez más descontento y tensión. La revolución fallida de 1905 fue el prólogo de la de 1917, sólo faltaba la Gran Guerra de 1914 para precipitarla.

 

La gran potencia rusa tuvo una trabajosa gestación. Ocupando un inmenso espacio entre Europa y Asia, poco poblado y atravesado por tribus invasoras desde las estepas orientales, la Rusia de Kiev (siglos IX a XIII) sólo se consolidó cuando pudo controlar las vías de comunicación desde el Báltico al mar Negro. Era una amalgama de pueblos dispares que se unificaron, en contacto con el imperio romano de Bizancio, al adoptar la religión cristiana en su versión ortodoxa, a partir de la conversión del príncipe Vladimiro en 988. El esplendor de las grandes ciudades a lo largo del río Dnieper empezó a decaer cuando el tráfico marítimo del mediterráneo, obstaculizado hasta entonces por el avance musulmán, se restableció con la toma de Constantinopla en 1294 por los cruzados normandos. Las invasiones de los tártaros entre 1240 y 1480 agravaron el aislamiento de Kiev. Entonces el centro de gravedad se desplazó al norte, a Novgorod primero y más tarde al ducado de Moscovia, la cuna de lo que luego se llamaría Rusia. Su estado se consolidó cuando Iván III El grande acabó la recuperación de los territorios perdidos por las invasiones tártaras y su sucesor Iván IV, llamado El terrible, comenzó la expansión hacia el este, hasta dominar la cuenca del río Volga y su desembocadura en el mar Caspio. Construyó un estado absoluto e inició asiduos contactos con Europa, de donde aprovechó algunas innovaciones técnicas, sobre todo la pólvora y las nuevas armas. Así pudo Rusia contener definitivamente el asedio de las hordas asiáticas y expandirse hasta alcanzar las costas del océano Pacífico.

 

El poder de Moscovia, aislado entre dos continentes, sin embargo, no podía integrarse fácilmente en el sistema diplomático europeo. Iván creó un régimen de terror e insistía en que como zar se situaba en un plano de superioridad frente a sus súbditos y frente a los demás monarcas: Rusia era la “tercera Roma”, heredera del Imperio y protectora del cristianismo. La reina Isabel I de Inglaterra tuvo que sufrir la impertinencia del zar, que le escribió en términos de soberbia superioridad y en 1588 se permitió maltratar de palabra a su embajador. Recibió una airada respuesta: no hay soberano en toda Europa que se permita una tal conducta hacia Nuestra Majestad. Los progresos del Renacimiento no penetraron, por todas estas razones, en la nueva potencia, a pesar de lo cual los contactos se fueron intensificando.

 

En 1700 se produjo definitivamente la integración de Rusia en el concierto europeo. Pedro I el Grande fue el artífice del gran corte con el pasado y de la apertura decidida a las influencias occidentales. Se intercambiaron embajadores y se firmaron tratados según los protocolos de las naciones del concierto europeo. Sobre todo: Rusia derrotó a Suecia, potencia cristiana en la larga “guerra nórdica” de 1770 a 1721 y a continuación reclamó su puesto entre las naciones europeas. No había participado en la paz de Westfalia, que reorganizó el continente tras las guerras entre católicos y protestantes, a los que se consideraba ajena, pero el zar, que admiraba al internacionalista Puffendorf, encargó a su asesor Peter Pavlovitch Shafirov que redactara un memorándum para expresar las razones de Rusia en el lenguaje del derecho internacional nacido de Westfalia. Su intención era probar que Rusia era un estado normal, europeo y civilizado, cosa que, como el mismo Shafirov reconocía, no había sido en los siglos anteriores a la llegada de Pedro al poder. La entrada en el club de las naciones civilizadas fue llevada a término por la emperatriz Catalina II La grande, en su largo y brillante reinado entre 1762 y 1796. Esta princesa alemana (se llamaba Sofía Federica Augusta), pertenecía a un casa noble de segundo rango, los Anhalt-Zerbst, y fue casada con otro príncipe con título alemán, el nieto de Pedro I, duque de Holstein Gottorp, un germanófilo que reinó brevemente con el título de Pedro III.

 

Catalina era ambiciosa, culta e inteligente. Supo desembarazarse pronto de su marido mediante un golpe palaciego y hacerse proclamar emperatriz, tras lo cual Pedro murió en circunstancias sospechosas. Era amiga de Voltaire y Diderot y otros escritores de la Ilustración francesa, pero para acceder al poder se apoyó en la facción más nacionalista rusa del ejército y la corte, incluidos los escasos sectores cultos de la aristocracia. A pesar de su origen, era antialemana por conveniencia y señaló como su enemigo principal al rey de Prusia, Federico II, amigo de su esposo. Solo pensaba en una cosa: quería agrandar la extensión del Imperio ruso y lo consiguió con una serie de éxitos militares que culminaron en la conquista de la península de Crimea en 1792, por obra de Gregorio Potemkin, amante efímero y colaborador constante de la emperatriz. San Petersburgo, la capital creada en 1703 por Pedro I para Rusia,  aseguraba la comunicación marítima con el resto de Europa, con intensos contactos con el comercio inglés y holandés. Rusia se europeizaba rápidamente bajo el fuerte influjo cultural de pueblos vecinos, sobre todo los bálticos y los alemanes.

 

La emperatriz ilustrada llegó al poder con grandes ímpetus reformadores también a nivel interno. Al poco de tomar posesión reunió una asamblea de notables para dictar leyes modernizadoras. Ahí tropezó con poderes fácticos irreductibles. Su poder se basaba en el apoyo de los terratenientes poseedores de numerosas “almas”, como se llamaba a los siervos. Y lo hubiera perdido de empeñarse en tocar en lo más mínimo el sistema social basado en la servidumbre feudal. Por lo tanto, se abstuvo prudentemente y contribuyó con su tolerancia a la perpetuación y agravamiento de una sociedad injusta y explosiva. La sublevación del cosaco Yemelián Pugachov en 1773 fue un primer y grave aviso de los levantamientos populares que habían de sacudir a Rusia en el futuro. El ejército derrotó con contundencia la rebelión pero la enorme repercusión que tuvo la Revolución francesa a partir de 1789 hizo el resto. Confirmó a Catalina en su plataforma ambivalente: mantener la cultura abierta a los vientos europeos pero sin tocar un régimen social que tenía que mantener cerrado a cualquier contagio revolucionario.

 

¿Es posible cambiar a un país por una decisión del monarca, adaptarlo a los modos de vida ajenos a sus tradiciones y a las características que la historia ha impreso en su identidad? La respuesta tiene que ser negativa. Quedará siempre larvado el pasado, que no perdona que se le ignore a pesar de transformaciones importantes que puedan operarse en la superficie. Rusia no es una excepción a esta regla. Más allá de la apertura del siglo XVIII a los vientos del Oeste, permaneció inmutable la tradición formada por dos componentes estructurales. Por un lado estaba la poderosa influencia del imperio romano oriental, de Bizancio y la peculiar relación del emperador con la iglesia ortodoxa. Al contrario que en el Imperio occidental, donde la iglesia católica se “imperializó” al tomar las riendas de un estado que se desmoronaba bajo el asedio de las invasiones bárbaras, el imperio de Bizancio se mantuvo fuerte y tomó a la iglesia bajo su protección, reduciéndola a un papel puramente religioso, sin dejarle intervenir decisivamente en los asuntos del estado. Este régimen de “cesaropapismo” se trasladó primero a la rusia de Kiev y más tarde a la de Moscovia, que además rechazó los intentos del papa romano para reunificar a las iglesia cristianas en 1439 y acabó reclamando para sí el primado de la iglesia ortodoxa cuando Constantinopla cayó en manos de los turcos otomanos en 1453. Por otro lado, no hay que olvidar que durante dos siglos (XI al XIII) Rusia estuvo sometida al dominio mongol, también llamado tártaro, que la dejó impregnada de algunos de los rasgos más característicos del alma rusa: autocracia absoluta, mesianismo religioso y aislamiento despectivo en relación con los países europeos, considerados bárbaros. Dos almas, pues, la de la vieja Rusia y la de la nueva, representadas más tarde respectivamente por eslavófilos y occidentales, que convivieron en tensión hasta nuestros días. Rusia aprendió a expresarse en el lenguaje propio del orden europeo pero con un fuerte acento oriental, asediada, como en el cuento de Pushkin, por los seductores vientos del Este

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(PUSHKIN, Alexander: El cuento del gallo de oro; Gadir Ed., Madrid 2008.–FROLOVA-WALKER, Marina: Una risa amarga, en Programa El Gallo de oro, Teatro real, Madrid 2017.–MALHSÖO, Lauri: Russia-Europe, en the Oxford Handbook of the History of International Law; Oxford U. Press, 2012.–HOSKING, Geoffrey: Una muy breve historia de Rusia; Alianza Editorial, Madrid 2014.–CORBETT, Percy: Law in Diplomacy; Peter Smith, Goucester, Mass 1967.–KENNEDY, Paul: The Rise and Fall of the Great Powers; Random House, Nueva York, 1987)

 

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