CARACAS Y EL CARIBE

58 Lecturas en el Caribe

Puerto España, 1979

 

En la isla de Martinica
En la isla de Martinica

 

En una pequeña iglesia de la isla de Aruba tuvimos la ocasión de oír hace años una misa en papiamento, una lengua criolla formada por aluvión con palabras de los indios araucanos, de los esclavos africanos y de los colonizadores españoles, portugueses y holandeses. Resultaba una mezcla exótica de contenidos cristianos vertidos en sones y ritmos de alegre danza. Aruba es hoy una de las Antillas holandesas, cercana a la costa de Venezuela. Una isla típicamente caribeña, podríamos decir, si fuera fácil definir lo que es el mar Caribe, que al igual que antes sucedió con el Mediterráneo y más tarde con el océano Atlántico, se ha tratado de concebir culturalmente como el espacio de una historia unitaria. La cultura caribeña se desarrolló tanto en la multiplicidad de islas que flotan en medio del mar como en los países que se asoman a la costa de Méjico, Venezuela, la Florida. Una complejidad que desafía la imaginación, pues debe afrontar las distancias entre etnias, lenguas y naciones que se han ido formando a lo largo de muchos siglos, desde que en 1492 los españoles pusieron pie en la isla que los nativos llamaban Guanahaní. Llegaron amparados por una decisión del papa Alejandro VI, quien, a pesar de ser los suyos tiempos de salida de la Edad Media, todavía se arrogaba la potestad de repartir territorios de infieles entre los monarcas europeos. En sus viajes Colón y sus sucesores establecieron colonias en las islas principales. El resto de las tierras que rodeaban el Caribe eran todas ellas en teoría españolas, pero no tardaron las potencias europeas en disputar este supuesto derecho y empezaron a establecerse en otras islas y en puntos de la costa del continente. Corsarios y aventureros británicos, franceses, daneses y holandeses tomaron sus incipientes colonias como base de operaciones para expandirse en el nuevo continente y para dirimir a distancia las guerras que los enfrentaban en Europa.

 

Ante una historia tan azarosa ¿puede hablarse de una cultura caribeña, de elementos que sean comunes a sociedades tan dispares? Probablemente lo que más une al mundo del Caribe sea precisamente su diversidad. Con el tiempo, todos los países colonizados por los europeos fueron consiguiendo su independencia, empezando por Haití, que se rebeló contra Francia e hizo su propia revolución francesa en 1804. Siguieron las posesiones españolas a partir de 1821, salvo Cuba y Puerto Rico. Las colonias británicas mantuvieron su dependencia hasta la descolonización de mediados del siglo XX, empezando por Jamaica, que se independizó en 1962, mientras que las colonias holandesas y francesas obtuvieron un estatuto autónomo sin acceder a la verdadera soberanía. El desarrollo cultural tuvo lugar, por tanto, en diferentes momentos, de un modo escalonado que hace que los caribeños vivieran al mismo tiempo en épocas históricas diferentes. Hasta su emancipación todos ellos estuvieron inmersos en la cultura de las metrópolis respectivas, sin producir arte o literatura propias más que en casos excepcionales. La independencia trajo consigo los primeros intentos de liberarse de ese colonialismo cultural y definir una “identidad” propia basada en las realidades locales, más comunes a todos ellos de lo que podría pensarse a primera vista. Para empezar, ese esfuerzo identitario indagó en las raíces de la historia anterior a la colonización, aunque con gran escepticismo sobre la posibilidad de conocer las raíces profundas. El poeta Derek Walcott, nacido en Trinidad, denunció al aceptar el Premio Nobel en 1992 la tergiversación de la historia por las potencias coloniales. Comparó la cultura de las Antillas con los fragmentos de una vasija rota, que hay que reunir para redescubrir su forma. La historia, dijo, es una “literatura sin moral” pues su huella se alza sobre ruinas y no sobre paisajes, y en las Antillas hay muchos paisajes pero pocas ruinas que hayan dejado huella, sólo fragmentos de un naufragio.

 

La variedad de razas en que se descomponen las sociedades caribeñas desde la independencia fue una de las claves de la complejidad de su cultura. La colonización la hicieron los europeos ayudados por la importación masiva de esclavos capturados en el centro de África y este elemento de negritud fue el primero en aflorar a la literatura una vez que los distintos países pudieron adquirir una voz propia. La recreación de temas africanos en un contexto costumbrista y pintoresco se unió a los temas más políticos relativos a la lucha por la abolición, las frecuentes revueltas de esclavos en las colonias y la lucha nacional por la independencia. La literatura tuvo por tanto al principio un carácter marcadamente épico. La haitiana Aimé Césaire inauguró el género negrista con su poema Regreso a la tierra y le siguieron numerosos escritores de las antillas británicas y francesas, como también los cubanos Alejo Carpentier y Nicolás Guillén. El primero confesó en un ensayo sobre la novela latinoamericana la ingenuidad con la que escribió su primera novela Ecue-Yamba-O en 1933. Creía tener un buen conocimiento de los campesinos negros de Cuba, cuya habla imitaba, pero no pudo captar “que todo lo hondo, lo verdadero, lo universal que había pretendido pintar en mi novela había permanecido fuera del alcance de mi observación”.

 

Más aún que la historia de la esclavitud y de las relaciones sociales en el seno de las haciendas azucareras, los escritores caribeños quisieron recobrar sus tradiciones originales, que habían sido olvidadas o suprimidas en el proceso de adaptación a sus nuevos lugares de arribada. Así surgió un amplio interés por recuperar tradiciones africanas de muy diversas características por tratarse a veces de países distantes. V.S Naipaul, descendiente de hindúes afincados en Trinidad, hizo un recorrido de África en su novela A Bend in the River (1979). Maryse Condé, nacida en la isla francesa de Guadalupe, recreó el mundo original africano en su novela Ségou: las murallas de tierra (1984) y trató de retratar también la inserción de los esclavos africanos en la historia de los países de arribada. Así en Yo,Tituba, bruja… negra de Salem cuenta la historia de una esclava que tiene que trasladarse con sus amos a Boston y acaba siendo condenada en los notorios procesos de Salem en 1692. Otro ejemplo de esta transposición cultural en la amplia obra de Condé es una curiosa adaptación al paisaje caribeño que, bajo el título de La migración de los corazones, hizo de la novela de Emily Brontë Cumbres borrascosas. Las pasiones que en ésta hierven en los fríos brumosos de Inglaterra son transfiguradas por Condé con fondo de selvas tropicales, mares embravecidos y aires tórridos.

 

Durante los siglos de la colonia, sin embargo, fueron reprimidas sobre todo las tradicionales prácticas religiosas, los mitos y las músicas originarias de las culturas africanas. Alejo Carpentier formuló el concepto de lo real maravilloso para explicar la diferencia entre cierta literatura europea empeñada en crear maravillas y misterios, los Cantos de Maldoror por poner un ejemplo, con la realidad de lo maravilloso americano que encontró por primera vez en Haití cuando conoció el caso del curandero Mackandal, en cuyos milagros creyeron millares de personas ansiosas de misterio. Otro novelista natural de Trinidad, Earl Lovelace, publicó en 1979 una magnífica novela donde se combina la descripción de los conflictos sociales causados por el paro y el desarraigo de la segunda postguerra mundial con su representación en símbolos derivados de tradiciones africanas. El dragón no puede bailar es el título de esta historia de pasiones políticas y amorosas que se escenifican durante el paréntesis anual del carnaval en Puerto España. En él los antiguos esclavos, disfrazados para bailar en las bandas de calypso escenifican sus luchas violentas contra los poderes constituidos. La frustración y el miedo de algunos de ellos se resume en el  protagonista Aldrick, que debe identificarse con el personaje mítico del dragón pero renuncia, impotente, al disfraz y al baile desafiante. La novela utiliza ampliamente el recurso a los ritmos musicales tradicionales para acompasar la prosa, como habían empezado años antes a hacer poetas de las diferentes lenguas: así, Nicolás Guillén imitando el son cubano en sus poemas (Sóngoro Cosongo, 1931).

 

Naturalmente, uno de los factores más llamativos de la complejidad del Caribe es el lingüístico. No sólo porque en el ámbito caribeño están incluídas las lenguas de las cuatro principales potencias coloniales, sino sobre todo porque en los diferentes ámbitos el tiempo ha ido configurando lenguas autóctonas más o menos cercanas de las que hablaban originalmente los forzosos inmigrantes. Aunque la mayoría de los escritores fueron educados en la lengua europea correspondiente a su país de nacimiento, algunos, como parte de su búsqueda de una identidad diferenciada, en la duda sobre qué idioma elegir para expresar esa identidad, se han inclinado por escribir a veces en su propia lengua criolla. Otros han optado por imitar en su escritura los modismos y la pronunciación del dialecto local aún manteniendo el relato en la lengua europea, con objeto de dar a sus obras acceso a un público amplio sin traicionar la autenticidad sonora que quisieron imprimirles. Muchos autores han querido seguir la tradición de la literatura oral en el relato de los relatos y rezos típicos de las sociedades africanas de origen, imposibles de traducir cabalmente a las lenguas cultas de Europa.

 

El Caribe es, desde luego, un espacio de movilidad, que contrasta fuertemente con la estabilidad de los países europeos de donde llegaron los colonizadores. Éstos fueron en su origen inmigrantes tanto como lo fueron los esclavos traídos de África y también los trabajadores asiáticos que los británicos y los holandeses trajeron a América para trabajar en sus plantaciones cuando la esclavitud fue abolida por los británicos en 1833. Pero la emigración se produjo también en sentido contrario, cuando tras la independencia numerosos escritores prefirieron afincarse en Europa, Canadá o los Estados Unidos. Hubo por tanto en muchos casos un primer traslado desde el país de origen a la colonia americana y generaciones después una segunda emigración, una nueva experiencia de pérdida de las raíces. Esta vuelta, no menos que el incremento de las comunicaciones y la universalización de la cultura, han dado lugar a una especie de metamorfosis, que contribuye a dar unidad a la infinita variedad de las letras caribeñas. Se dan casos incluso de novelas itinerantes, que ya no se afincan en el pueblo remoto de una isla perdida, sino que utilizan el viaje imaginario de un buque que transporta a toda la variedad de pobladores caribeños para revelarnos su identidad múltiple y a la vez única. Así sucede en el capítulo inicial de The Middle Passage (1962), el libro que Naipaul dedicó a los caribeños de las islas y a los de la costa continental, mostrando los rasgos comunes de la cultura de Trinidad y Tobago, Surinam, Guayana, Martinica y Jamaica..

 

Cuando leíamos a estos autores en la década de 1990, la tendencia a la universalidad había dado un paso más. La especialista cubana Margarita Mateo ha explicado claramente los nuevos rumbos que habían tomado las literaturas caribeñas en aquellos años, a medida que iban alcanzando madurez artística y se habían adaptado a las nuevas circunstancias políticas y sociales. Se abandonó en gran medida el folklorismo y el color local, incluso el indigenismo que orientó los primeros pasos de la cultura caribeña. El tema de la identidad dejó de ser un lamento por la diferencia y la inferioridad para centrarse en afirmar con orgullo el carácter caribeño o antillano. La negritud o el negrismo, tras un momento de auge influenciado por los movimientos de emancipación de los Estados Unidos en la década de 1960, dió paso a un enfoque más amplio del hombre africano considerado no tanto en función de su raza como de su condición social y económica en los nuevos contextos. La indagación sobre la historia también abandonó el problemático afán por hallar las raíces en los hechos del pasado y denunciar las manipulaciones de la historia oficial y se dirigió hacia un nuevo camino, en el que fue posible asumir lo mítico y maravilloso entremezclado con la realidad, aceptar relatos históricos ficticios y utilizar los mitos primigenios precisamente para desmitificar la historia.

 

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(ARCINIEGAS, Germán: Biografía del Caribe; Planeta, Bogotá, 1993.–CARPENTIER, Alejo: Literatura y conciencia política en América Latina; Alberto Corazón Ed.; Madrid, 1969.–MATEO  PALMER, Margarita: La literatura caribeña al cierre del siglo; en revista-iberoamericana.pitt.edu.–WALCOTT. Derek: The Antilles. Fragments of Epic Memory; Faber and Faber. Nueva York, 1993.–LOVELACE, Earl: The Dragon Can’t Dance; Longman, essex, 1973.–CONDÉ, Maryse: Moi, Tituba sorcière…; Folio, París 1986.–Id. La migration des coeurs; Robert Laffont. París 1995.–NAIPAUL, V.S.: The Middle Passage; Penguin, Londres 1969.–Id.: A Bend in the River; Penguin, Londres 1979)

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