MUNICH Y ALEMANIA

12 Los negocios de Julio César

Roma, 63 a.C.

 

Royer, Lionel: Vercingétorix se rinde a César, 1899
Royer, Lionel: Vercingétorix se rinde a César, 1899

 

En el admirable edificio del ordenamiento jurídico romano, compuesto por tantas decisiones judiciales, opiniones de juristas y códigos de leyes no podía faltar la que popularmente se conoce como “ley del embudo”. Puede aplicarse al estricto sistema de acceso a las magistraturas republicanas de la ciudad-estado, el cursus honorum, que exigía al aspirante cubrir toda una serie de etapas antes de llegar a la máxima responsabilidad del consulado, equivalente a la jefatura del estado, que desempeñaban dos personas elegidas cada año. Para ello tenían que haber ejercido antes cargos como el de questor, para el que se elegían veinte candidatos cada año, y el de praetor, un colegio que contaba con ocho miembros. Cayo Julio César (100-44 a.C) pertenecía a una de las familias nobles de Roma, lo que era condición entonces muy conveniente, aunque no necesaria, para hacer carrera política. Podía ser evitada esta condición si se contaba con el apoyo de una gran fortuna, como fue el caso de Marco Tulio Cicerón, vástago de una rica familia provinciana que llegó al consulado en el año 64 a.C. De todas formas, los nobles también necesitaban invertir grandes sumas de dinero para llegar a la cúspide. Tenían que repartir prebendas entre su clientela, dar grandes fiestas y ofrecer entretenimiento a las masas. Tenían también que comprar a los votantes para conseguir ganar las elecciones que les permitían ascender. Julio César cumplió con este estricto orden de méritos y en alguno los escalones necesarios se jugó el patrimonio, como en las fiestas que organizó en el año 68 a.C. cuando era questor o cuando ofreció 320 gladiadores y 400 leones para un espectáculo en el circo. Los ambiciosos que estaban dispuestos a competir por los cargos tenían a su disposición un medio de aliviar sus economías: obtener, con el beneplácito del Senado, una prolongación en el gobierno de alguna provincia después del año de su magistratura. Ello les permitía  volver a Roma y proseguir su carrera provistos de cuantiosas fortunas con las que saldar las deudas contraídas y optar al siguiente escalón.

 

Julio César fue elegido praetor urbanus, un cargo de carácter judicial, en el año 63 a.C. y tras completar su mandato pasó a gobernar como propretor la Hispania ulterior, que comprendía el sur de la península y el actual Portugal. Allí, bien asesorado por banqueros y empresarios locales, consiguió apropiarse de buena parte de la producción de las minas de plata y arrancó un rico botín en una batalla contra los lusitanos. Tuvo que renunciar a su vuelta al “triunfo” que era habitual celebrar tras una guerra victoriosa en la expansión del imperio romano, ya que el senado era reacio a permitirle esta escenificación de propaganda electoral: no vió claro que hubiera existido una verdadera guerra y sí solamente escaramuzas menores con los nativos. A pesar de ello, consiguió ser elegido para llegar a la más alta magistratura como consul en la elección del año 59 a.C. No había podido equilibrar su presupuesto, por lo que tuvo que solicitar el puesto de proconsul en la Galia cisalpina, donde pudo reunir el enorme capital que le permitió repetir como cónsul en el 48 a. C. y hacerse con el poder absoluto de la república tras derrotar a Cneo Pompeyo el Grande en una cruenta guerra civil. En las Galias desafió la autoridad del Senado ampliando sus dominios a todo el territorio galo y regiones vecinas. Cuando decidió dar la batalla final por el poder y atravesó el río Rubicón con sus legiones había arrasado la Galia y vendido como esclavos a cerca de un millón de galos y germanos, aparte de saquear todas las ciudades que encontró a su paso para recompensar a sus tropas con la parte del botín que no fue a su propio bolsillo.

 

En el 63 a.C. tuvo lugar la llamada conspiración de Catilina. Ese año pugnaron por la magistratura consular dos personajes muy dispares: Marco Tulio Cicerón y Lucio Sergio Catilina. Era éste miembro de una familia de la nobleza romana y estaba profundamente resentido por no haber logrado en anteriores ocasiones ganar la elección para el consulado. Despreciaba también a su rival Cicerón por su origen social inferior y envidiaba su fama como gran orador y escritor prolífico. Catilina se presentó con un programa netamente populista que pudo seducir a amplias capas de la sociedad. Roma se hallaba sumida en una crisis grave causada por los desequilibrios que el influjo de grandes riquezas obtenidas en las guerras de conquista de Asia ocasionaron a la economía de la ciudad-estado. Pompeyo, el general triunfador en estas guerras y hombre fuerte en Roma, hacía ostentación de una opulencia que contrastaba con la miseria de los más desfavorecidos. Causa principal de estos desequilibrios fue la importación de miles de esclavos, mano de obra barata que privó de su trabajo a muchos pequeños campesinos y proletarios empleados en los servicios de la capital. En este caldo de cultivo, la campaña electoral de Cicerón alertó a la población con una mezcla de noticias ciertas y rumores fabricados de que Catilina y sus partidarios fomentaban un auténtico golpe de estado. El peligro era real pues, según sus secuaces, Catilina estaba dispuesto a incendiar la ciudad y repartía armas entre la población. Cicerón ganó la elección y, contrariando la autoridad del Senado, consiguió condenar a muerte a los cabecillas del partido democrático. Catilina pudo huir a Etruria, al norte de Roma, donde acabó siendo vencido y muerto por las legiones al mando de Marco Antonio. Julio César se opuso a la que consideraba ilegal ejecución de los partidarios de Catilina, pero nunca pudo despejar las vehementes sospechas de que él mismo había estado en la conspiración del lado del vencido.

 

En su fragmento de novela Los negocios del señor Julio César, el dramaturgo alemán Bertold Brecht (1898-1956) dió cuenta con todo detalle de las costumbres romanas en materia de política electoral y corrupción cuando tuvo lugar la llamada conspiración de Catilina. Brecht nos lo relata dando la voz a un historiador imaginario que, veinte años después del asesinato del dictador en el 44 a.C., quiere escribir su biografía. Sus fuentes de información son varias: la principal, los diarios de Rarus, el supuesto esclavo y secretario de César. Cuenta además con los testimonios de varios personajes más o menos ficticios, uno de los cuales ha sido banquero y cómplice de César durante sus años de gloria, quien le presenta una visión muy cruda del carácter del personaje, sobre todo de su gran talento para contraer deudas y no poder pagarlas debido a sus necesidades políticas y a su amor por el lujo. Tanto este banquero como un jurista, un comerciante y un poeta a quienes el pretendido biógrafo entrevista en casa del banquero, revelan a un César indeciso y pusilánime. Los diarios de Rarus son de una minuciosidad extrema tanto en el relato de las ambiciones políticas de César como en el de sus apuros económicos, no menos que al tratar ciertos aspectos de la desordenada vida privada del futuro dictador. Rarus reflexiona a ratos sobre el carácter de César con ironía despectiva, como cuando pone en boca de uno de sus interlocutores esta reflexión demoledora: César “no es siempre él mismo”. El narrador, decepcionado por el gran hombre que quería retratar, detalla sus dudas y disimulos a la hora de la elección entre Catilina y Cicerón. Necesitado de financiar su propia carrera política, César aparece en la novela de Brecht ansioso y preocupado. En vísperas de la elección del 63 se había producido un gran pánico por la posible victoria de los radicales de Catilina, con la consabida huída de capitales. A César le afectaba especialmente la caída de los precios de los terrenos y propiedades urbanas en los que había invertido especulativamente. También temía los desórdenes públicos provocados por las alzas de precios del pan y de los alquileres, impagables por la mayoría de quienes se hacinaban en edificios de varios pisos colindantes con lujosas villa rodeadas de jardines. Le preocupaban también las exigencias de los banqueros que habían financiado las campañas de expansión imperial y veían sus negocios languidecer después de la repatriación de los ejércitos de Asia. César dependió sustancialmente de la ayuda financiera de Marco Licinio Craso, con quien, junto a Pompeyo, compartió el poder fáctico de la república en el llamado primer triunvirato (años 60 a 53 a.C.). A él se le atribuye una frase reveladora de cómo se llegaba al poder en aquellos tiempos de decadencia republicana: “sólo puede considerarse rico a aquel que pueda permitirse reclutar un ejército privado”.

 

Brecht dejó esta novela inacabada: el relato termina con la vuelta de César de Hispania tras su gobierno como propretor. La escribió durante los años 1938 a 1940, cuando tuvo que huir de Berlín. Interrumpida su exitosa carrera como dramaturgo y, perseguido por el régimen nazi, se había refugiado en la ciudad danesa de Svedborg, antes de trasladarse a Estados Unidos, de donde tuvo otra vez que exiliarse en 1947, esta vez perseguido por el maccartismo. La intención de Brecht, más allá de la mayor o menor precisión de su relato, no podía ser más política. Describe la crisis de un régimen republicano decadente, corrompido en su funcionamiento formalmente democrático y minado por el agravamiento del abismo entre las clases sociales. Todo ello era un espejo apenas disimulado de la crisis de la república alemana de Weimar (1918-1933) y la ascensión irresistible de Hitler, el Julio César del momento. Brecht, como es bien conocido, era dramaturgo y no historiador pero lo que  cuenta sobre César es probablemente muy cercano a la realidad, aunque se trata de una historia de tiempos lejanos que conocemos por la pluma de historiadores oficiales inspirados por una facción política. Como marxista militante, Brecht quiso historiar el pasado siguiendo el método del materialismo dialéctico. Contó la historia “desde abajo”, ofreciendo varios puntos de vista para distanciar al lector del personaje, de quien el supuesto biógrafo empieza queriendo contar la vida como la de un gran héroe para acabar desmitificándolo cuando conoció los entresijos de su actividad política y sus manejos como hombre de negocios. De acuerdo con la teoría marxista, que requiere situar los hechos en su contexto determinante, social y económico, las necesidades y los métodos de financiación electoral aparecen como claves en la evolución histórica. César tuvo sin duda grandes méritos como general y como legislador pero Brecht los presenta en contraste con la sordidez de sus tratos con banqueros, con su descarado latrocinio en los gobiernos de provincias y con sus veleidades a la hora de tomar partido por uno u otro bando político, decisión que parece depender de los altibajos de su vida económica.

 

Walter Benjamín, crítico y filósofo contemporáneo de Brecht y amigo suyo, compartía con él sus convicciones marxistas, aunque igualmente las exponía con un cierto distanciamiento de las tesis dogmáticas oficiales. El también tuvo que exiliarse a la llegada de Hitler al poder en 1933 y acompañó a Brecht durante algún tiempo en su casa de Svedborg. Estaba redactando su ensayo Tesis sobre el concepto de la historia (1940) al mismo tiempo que Brecht componía su novela sobre Julio César y el dramaturgo consideraba que en realidad eran dos versiones de una misma idea sobre la historia. Resulta curioso sin embargo que el filósofo no se refiriera a la novela en unas notas que publicó sobre las conversaciones que mantuvo con Brecht en 1934 y en 1938 en Svendborg. En ellas hablan ampliamente sobre marxismo y sobre la actualidad en la Unión Soviética bajo Stalin, sin querer apoyar incondicionalmente al régimen: “En Rusia, dice Brecht a su amigo, domina una dictadura sobre el proletariado. Hay que evitar renegar de ella mientras que lleve a cabo cometidos prácticos a favor del proletariado…” Pero ni una palabra sobre el trabajo de Brecht sobre César: da la impresión de que a Benjamin no le convencía el proyecto de novela porque el relato no consigue transmitir una vida interna convincente, a fuerza de querer orquestar la voladura del personaje histórico, sin duda para denunciar implícitamente la mediocridad de Hitler. En el ensayo sobre teoría de la historia cita Benjamin a un clásico francés de la historiografía y con ello nos da probablemente la clave sobre la opinión que tenía sobre el intento novelesco de Brecht: “Foustel de Coulanges recomienda al historiador que quiera revivir una época que se quite de la cabeza todo lo que sepa del decurso posterior de la historia”.

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(BRECHT, Bertold: Die Geschäfte des Herrn Julius Caesar; Rowolt, Berlín 1964.–BENJAMIN, Walter: Iluminaciones; Taurus ed. Madrid 2018.–LANE FOX, Robin: The Classical World; Penguin Books. Londres, 2006.–AYMARD, André y AUBOYER, Jeanne: Roma y su imperio; Destino. Barcelona, 1963.–SCHECHTER, Joel: Brecht’s Hail Caesar: Roman History and its Players Reconsidered, Studies in Theatre and Performance vol 37, 2017)

 

 

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