MUNICH Y ALEMANIA

8 Luis II de Baviera, el Rey loco

Munich, 1886

 

El castillo de Neuschwanstein, 1905
El castillo de Neuschwanstein, 1905

 

El reino de Baviera fue el primer y último país del Oeste de Europa que se fue gobernado como una república soviética. Sucedió en 1919 y la cosa no duró más que unos meses. Fue consecuencia, naturalmente, de la derrota de Alemania en la primera guerra mundial. Baviera formaba parte integrante del imperio alemán desde el Tratado de Versalles de 1871 que dió fin a la guerra franco-prusiana. Conservaba sobre el papel su soberanía y algunas competencias de régimen interior. Pero el mundo exterior sabía que todas las decisiones en política exterior y sobre el mando militar en tiempo de guerra las tomaba el canciller Bismarck en Berlín, la capital del imperio. En 1914 los soldados bávaros participaron en las hostilidades, al parecer, con entusiasmo no menor que el que mostraron los alemanes del resto del imperio. 900000 fueron movilizados y el número de víctimas fue alto: 178000 muertos y más de 400000 heridos. El gobierno de Munich estableció una estricta economía de guerra y como consecuencia de los inevitables desequilibrios llegó el desabastecimiento y con él una grave hambruna en el invierno de 1916-1917. Una facción del partido socialdemócrata, liderada por Kurt Eisner, agitó a las masas y una manifestación por la paz el 1 de noviembre de 1918 se convirtió en una verdadera revolución. El gobierno tuvo que huir a Bamberg y el rey Luis III se exilió dejando el campo libre a la proclamación del régimen bolchevique. Poco después Eisner fue asesinado y la experiencia rápidamente abortada con tropas del ejército apoyadas por milicias populares de inspiración monárquica y católica.

 

El rey Luis III se exilió pero no abdicó, de modo que para los bávaros la monarquía siguió vigente, a pesar de que en poco tiempo vieron nacer el nazismo y sufrieron la segunda guerra mundial y la ocupación aliada hasta ser integrados como parte del estado federal alemán en 1949. El actual titular de la dinastía “reinante”, el duque Franz von Wittelsbach, sigue recibiendo todos los años por la fiesta nacional a una multitud de fieles que, junto con las autoridades estatales y el cuerpo consular, acuden al palacio de Nymphenburg, en las afueras de Munich. Lo tratan, según la tradición, de “alteza real” incluso los nobles procedentes de Franconia, la región del norte que no se resigna del todo a su anexión al reino de Baviera, que Napoleón Bonaparte creó en 1806 uniendo varios de los antiguos señoríos de la región. Así pues, el sentimiento monárquico de los bávaros es fuerte, a pesar de que el país fue creado artificialmente, uniendo a varios de los antiguos principados de la Alemania dividida y al menos a siete linajes nobiliarios que reclaman respeto por sus costumbres y su autonomía. El príncipe Franz tiene sus oficinas en el palacio, un hermoso complejo neoclásico adornado con fuentes y jardines inspirados en Versalles, y se dedica al comercio de obras de arte de las tendencias más vanguardistas, que conviven pacíficamente con los tradicionales retratos de familia de la larga dinastía de los Wittelsbach.

 

En niveles más soterrados, sin embargo, el irredentismo bávaro presenta síntomas inquietantes, aunque algo cómicos. Luis III tuvo que hacerse cargo de una situación muy complicada. Fue proclamado rey en 1913, en vísperas de la Gran Guerra, a la muerte de su padre, el príncipe regente Leopoldo. Este a su vez había tomado el poder en circunstancias dramáticas en 1886, cuando el rey Luis II fue depuesto por incapacitación y murió ahogado en el lago de Starnberg. Las circunstancias de la muerte no fueron nunca aclaradas y la declaración de enfermedad mental, basada en un discutible diagnóstico de “paranoia”, fue hecha con evidente precipitación. La versión oficial fue que se suicidó tras dar muerte al psiquiatra Bernard von Guggen, quien le acompañaba en un paseo en el parque del palacio de Schlossberg, en la orilla occidental del lago. Pero muchos desconfiaban de esta versión tranquilizadora y atribuían la deposición del rey a una conspiración dirigida por su tío Leopoldo y por el gobierno. Según ellos, el rey no se había suicidado sino que había sido asesinado por agentes de Bismarck. Prusianos por tanto, Preussen, el calificativo más despectivo que un bávaro puede dar a cualquier persona procedente del resto del de Alemania. El resentimiento por las condiciones de la integración de Baviera al imperio alemán tenía raíces profundas en la historia. Tanto que incluso los numerosos científicos y artistas alemanes y extranjeros que durante el reinado de Maximiliano II (1848-1864) convirtieron a Munich en la capital cultural de Alemania eran vistos por una población de fuertes raíces campesinas con desconfianza. Prusianos al fin y al cabo tenían que ser quienes acabaron con un rey tan  querido por el pueblo. Este ensueño recalcitrante se mantiene vivo aún hoy, como lo prueba la existencia de una especie de sociedad secreta, los llamados Guglmänner (hombres encapuchados) que se manifiestan cada vez que se celebra el aniversario de la extraña muerte de su querido soberano. No han conseguido que sus restos, que reposan en la cripta de la iglesia de san Miguel en Munich, hayan sido exhumados para que pueda comprobarse si en realidad fue muerto de un disparo, como sostienen contra viento y marea.

 

Hay un cierto misterio, en efecto, en torno a la muerte accidentada de Luis II. Pero más misterioso resulta el insistente lugar común sobre el amor del pueblo hacia su “soberano”. Luis II llegó al trono prematuramente. Su padre el rey Maximiliano II murió en 1864 cuando sólo tenía 52 años y había presidido una etapa próspera y relativamente liberal, fomentando el desarrollo de la poderosa universidad muniquesa. Luis tenía 19 años y no se esperaba el honor de ser elevado tan pronto a la máxima dignidad del reino. Es más, no quería ser rey. Había recibido con repugnancia la educación en el protocolo de la corte, bastante rígida y pomposa, cosa explicable pues se trataba de una monarquía con pocas décadas de existencia. El joven amaba la naturaleza y la poesía. Era tímido y extremadamente sensible, pacifista y romántico. Tenía todos los ingredientes para caer fulminado por la emoción cuando presenció la representación de Lohengrin, la ópera de Ricardo Wagner que apelaba a sus sentimientos más profundos con su historia de amores y honor germánico. Su primera decisión como rey fue sacar al compositor del exilio que sufría como consecuencia de su activismo revolucionario en las revueltas del año 1849 en Dresde. Lo instaló en Munich con todo lujo, se declaró su discípulo y amigo contra las advertencias del gobierno y de la corte y, sin reparar en gastos, estrenó en el teatro de la Residenz su gran obra maestra, Tristán e Isolda. Buena parte de los muniqueses no vió con buenos ojos esta devoción del rey por un supuesto revolucionario, que además vivía en pecado con Cósima Liszt y exigía sumas exorbitantes de dinero de las arcas públicas para sus lujos.

 

Con gran dolor de su alma, Luis tuvo que firmar la expulsión del compositor un año después de recibirlo por todo lo alto, pero no dejó de apoyarlo en la distancia. Le estrenó Los maestros cantores en 1868 y contribuyó con fondos públicos y privados al máximo capricho del compositor: la construcción del teatro de Bayreuth, concebido como templo para el culto de sus dramas musicales. Resentido por el rechazo a su ídolo por parte del gobierno conservador de Ludwig von der Pfordten, que había heredado de su padre, el rey lo sustituyó por un nuevo gabinete presidido por su amigo Johann von Lutz, otro wagneriano, y se retiró a los palacios que la corte poseía en las orillas de los bellos lagos cercanos a Munich, donde firmaba indiferente todo lo que su amigo le sometía de parte del gobierno. No le gustaba la capital, la encontraba demasiado italiana para sus gustos románticos y sus convicciones germanistas. Su abuelo Luis I la había construido en gran parte imitando monumentos griegos y romanos. El perfume y los colores del sur eran demasiado sofocantes para este joven rey melancólico que añoraba por igual la Edad Media y el absolutismo francés. Pero Luis había heredado de sus antecesores la pasión por la construcción y se dedicó a levantar varios ejemplares notables de la arquitectura-ficción. Hizo construir un palacio en la Herreninsel (isla de los señores) del lago de Chiemsee (entre 1878 y 1885) imitando a Versalles con salón de espejos incluido; otro, el de Linderhof (1869-1878), calcado del Trianón; y finalmente el de Neuschwanstein en plenos Alpes (1869-1885), profusamente decorado con motivos wagnerianos, que parece concebido para que lo imitasen en el futuro los dibujos animados de Walt Disney.

 

Mientras tanto, el rey Luis se negaba a ocuparse de los asuntos de estado y no aparecía por Munich salvo en caso de necesidad. Pero como no podía ser menos el mundo seguía su curso y Baviera no podía quedar al margen. Contra los deseos de Luis pero obligado por la necesidad, el reino tuvo que participar en 1866 en la guerra llamada “de las siete semanas”, tomando partido por Austria contra Prusia en el conflicto que acabó con la Confederación Germánica y con la pretensión de Baviera de ser una tercera fuerza de equilibrio entre las dos grandes potencias alemanas. Los ejércitos de Baviera sufrieron una gran derrota y Otto, el hermano querido del rey, volvió de la guerra herido física y mentalmente. Más tarde, Luis II, afrancesado a pesar de su germanismo, quiso aliarse sin éxito con Napoleón III contra Prusia. Las condiciones pactadas en 1867 tras la victoria de Prusia sobre Austria, no obstante, obligaron a Baviera a participar en la guerra franco-prusiana del lado de Prusia y la victoria de ésta le dió la hegemonía sobre toda Alemania, incluida Baviera. Desesperado, Luis se aisló aún más en sus castillos de cuento de hadas, sometido a un protectorado de facto en el que sólo pudo conservar migajas del poder: la soberanía teórica y algunas competencias internas. La más importante le daba el control de las relaciones con la iglesia, lo que le permitió aplicar con moderación en Baviera la política laica agresiva del canciller Bismarck (el llamado Kulturkampf) y favorecer a la iglesia siguiendo su instinto más conservador.

 

Como digo, es difícil comprender cómo este gobernante que no gobernaba más que sus propios caprichos y los de Wagner fuera tan popular. Quizá la explicación esté en el puro resentimiento que compartía de corazón con su pueblo contra la arrolladora Prusia, que poco a poco fue dejando en nada a la flamante monarquía creada por Napoleón. Algo debía tener su idealismo romántico, su bondad natural y pacifista para hacerlo tan amado por las masas y para que haya permanecido en la memoria colectiva como un héroe de fábula. No pudo dar un sucesor a la corona de Baviera, ya que en materia amorosa fue tan decepcionante como en la política. En cuanto llegó al trono, su posesiva madre dispuso el compromiso matrimonial de Luis con su prima Sofía, perteneciente a otra rama de la familia de los Wittelsbach. Era la hermana menor de Isabel (Sissi para los íntimos), que desde 1854 se había convertido en la esposa de Francisco José de Habsburgo y emperatriz de Austria. Todos ellos habían compartido juegos y correrías en los parques de los palacios que visitaban con frecuencia. Sofía y Luis tenían gustos wagnerianos comunes y se llamaban con nombres imaginarios tomados de Lohengrin. Pero esta amistad que acabó en formal compromiso quedó en amor platónico, si acaso. El rey no tenía claras en su primera juventud sus inclinaciones sexuales, aunque más tarde parece que sí las tuvo. Desde luego, no eran las apropiadas para el matrimonio y Luis, nervioso y muy obsesionado por las exigencias de la moral católica, rompió el compromiso. No está claro qué grado de influencia sobre esta retirada deshonrosa tuvo su admiración cercana al enamoramiento por Isabel, la prima inquietante.

 

La emperatriz era también muy querida por sus súbditos, lo cual resulta tan misterioso como la popularidad de Luis II en Baviera. Isabel, que tenía una personalidad fuerte y era menos wagneriana que su hermana Sofía, moderó en lo que pudo las extravagancias de Luis. Pero ella siguió un curso vital muy parecido al de su desgraciado primo. Era montaraz, fantasiosa y muy obstinada. No cayó bien en Viena por sus modales campesinos y demasiado “bávaros”, tan alejados de la rígida etiqueta en la corte del Hofburg. Era además demasiado literata para una mujer de la época. Escribía ella misma versos bastante apreciables en la órbita de Heinrich Heine, el poeta alemán que tuvo que exiliarse en París. Leía además a Schopenhauer, algo nunca visto entre la nobleza austríaca. Era depresiva y no soportó que la archiduquesa Sofía, su tía, suegra y todopoderosa reina madre en la corte de Viena, la privara de las dos hijas que tuvo tras casarse a los 17 años con el pretexto de darles una educación acorde con los requerimientos cortesanos. Como Luis en Baviera, huyó de las aburridas ceremonias de palacio y se dedicó a viajar, enamorada del mar y de la libertad que le daba conocer otros países y culturas. Ella también rebasaba con creces el generoso presupuesto de sus gastos comprando villas y yates, que decoraba lujosamente aunque con gusto dudoso. Wittelsbach al fin y al cabo, dio como su primo rienda suelta a su imaginación arquitectónica y se hizo construir en la isla de Corfú un palacio griego que llamó el Achilleion, pues estaba prendida de la figura del héroe griego. Poseída por ideas humanitarias y pacifistas, contrariaba a su marido, que no quería que se metiera en política, visitando a los heridos de la famosa derrota austríaca en Solferino (1859). En fin, como Luis tuvo un final trágico en la orilla del lago de Ginebra cuando un oscuro anarquista de origen italiano, Luigi Lucheni, le asestó una puñalada mortal cerca del corazón.

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(VOLKERT; Wilhelm: Geschichte Bayerns; C.H.Beck, Munich 2001.–GRASBERGER, Thomas: Gebrauchsanweisung für München: Ed Piper. Munich, 2001.–ALTMANN, Lothar: Bayern, Land im Herzen Europas; Schnell und Steiner. Regensburg, 2004.–MAGRIS, Claudio: El Danubio; Ed Anagrama. Barcelona, 1988.–TSCHUPPIG, Karl: Elizabeth. Empress of Austria; Ed Vitalis. Viena, 2015.–CASO, Ángeles: Elisabeth, Emperadora de Austria-Hungría; Planeta, Barcelona 1999)

 

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