WASHINGTON Y NUEVA YORK

41 Luisiana independiente

Nueva Orleans, 1862

 

El territorio de Luisiana hasta 1803
El territorio de Luisiana hasta 1803

 

Existen autores que pasan inexplicablemente al olvido. Entre ellos se encuentra uno de mis favoritos entre los novelistas norteamericanos del siglo XX: Louis Bromfield (1896-1956). Premio Pulitzer en 1926, era descendiente directo de los colonizadores del estado de Ohio, reformador agrícola y propietario de una granja modelo en la que celebraron su boda Humphrey Bogart y Lauren Bacall. Vivió en Francia y ambientó en el París ocupado por los alemanes la primera de las novelas suyas que leí (Until the Day Break, 1942). Más tarde se hizo famoso con muchas más, de muy variados temas y épocas, algunas llevadas al cine con éxito (La señora Parkington, Llegaron las lluvias). Una de ellas me reveló la existencia de una de esas zonas oscuras en la historia, que se disimulan porque resultan incómodas y políticamente inconvenientes. Me refiero a Wild is the River (1941), el relato que Bromfield dedicó a la vida diaria en Nueva Orleans durante la ocupación por las tropas del norte durante la guerra civil de 1861-1865. Narra la llegada, junto con otros emigrantes de los estados vencedores, de un oportunista bostoniano que se hace con la confianza del inexperto gobernador militar que Washington ha nombrado para dirigir la ocupación y la reconstrucción. Tom Bedlock, el protagonista, le presta una inestimable ayuda: controlando a los yankees que, en su afán revanchista contra el sur vencido, han llegado arrasando la ciudad ávidos de botín de guerra; sometiendo a los ricos terratenientes que resisten la ocupación y la liberación de los esclavos; y reprimiendo las frecuentes revueltas que éstos protagonizan… Añadiendo dramatismo a la compleja trama, Bedlock es alojado como residente forzoso en la hacienda de una rica viuda de origen francés, de la que se enamora perdidamente. Y me reservo lo que ocurre cuando su prometida llega desde Boston y le encuentra enfangado en este mundo corrupto y violento.

 

La guerra civil de Norteamérica estuvo marcada, como todas las guerras civiles, por un intenso odio fratricida. Tras cruentas batallas, que dejaron tras de sÍ cerca de un millón de víctimas y un panorama de caos y devastación económica y moral, las tropas yankees fueron ocupando el territorio de los estados del Sur, que se habían levantado contra los Estados Unidos. Uno de ellos, Luisiana, se había declarado prematuramente independiente  de la Unión en enero de 1861, aprobando una constitución (Ordenanza de Secesión) que estuvo en vigor hasta que se unió a los estados confederados del sur. La guerra civil entre la Unión y la Confederación se desencadenó en abril del mismo año y duró hasta la total victoria del norte en 1865. Pero Luisiana había caído mucho antes. Su capital Nueva Orleans, el estratégico puerto que daba acceso al golfo de Méjico a todo el tráfico del río Misisipi, era lógicamente considerada un objetivo prioritario en la economía de la guerra y fué ocupada ya en abril de 1862. Luisiana fué desde entonces sometida a un férreo régimen de ocupación por las tropas vencedoras. Anularon la constitución recién aprobada y gran parte de las leyes del estado y pusieron la reconstrucción en manos de un gobernador militar, el que Bromfield evoca en su novela. Los esclavos fueron emancipados por el Congreso y la administración ocupante confiscó las propiedades públicas del estado, y también numerosas haciendas privadas. Se hicieron cargo de ellas los aventureros venidos del norte a quienes se dió el nombre de carpetbaggers  porque habían llegado portando sus escasas pertenencias en modestas bolsas de tela de alfombra.

 

Para Luisiana estaba culminando asi una historia especialmente turbulenta. Lo que ahora es el Estado de Luisiana comprende poco más que el delta del gran río Misisipi y la salida al golfo de Méjico del que antes se conocía como el Territorio de Luisiana: una extensión amplísima que dividía en dos de norte a sur todo el continente norteamericano. Había sido bautizado con este nombre en 1682 por los colonos franceses en honor al rey Luis XIV y abarcaba la superficie de todos los actuales Estados que bordean ambas márgenes del río Misisipi, desde los grandes lagos del Canadá hasta el golfo de Méjico. Un territorio enorme, pues, y estratégico, ya que aseguraba el comercio fluvial hasta el mar Caribe y desde allí el embarque de las mercancía hacia Europa. Durante las guerras del siglo XVIII por el dominio del Atlántico y las colonias, la llamada Guerra de los siete años (1754-1763) involucró a las grandes potencias europeas. Los principales contendientes fueron Gran Bretaña y Francia, que pugnaban por el control de Norteamérica y su resultado fue relevante para el territorio de Luisiana, pues acabó con el dominio francés y dió paso al reparto del territorio entre España y Gran Bretaña, que obtuvieron, respectivamente, los territorios situados en las orillas occidental y oriental del Misisipi (Tratado de París, 1763). Más tarde, Napoleón se hizo con la parte española en 1800 (Tratado de San Ildefonso), en vísperas de la invasión de la península. Pero ya existían entonces  los Estados Unidos y el emperador francés prefirió pactar con ellos la compraventa de Luisiana por quince millones de dólares. Se convirtió en estado de la Unión en 1812 y desde entonces formó parte de lo que Daniel Boorstin denominó el “tenue federalismo” (federal vagueness) de los Estados Unidos. Tenue  porque estaba formado por unos estados que, aunque unidos por la Constitución, conservaban su carácter de estados libres e independientes. Los del sur estaban dispuestos con frecuencia a desafiar al poder federal para defender los intereses que los enfrentaban: la cuestión de la esclavitud y el proteccionismo.

 

La independencia unilateral de Luisiana no duró más que sesenta días, hasta que se unió a la Confederación. Su nueva constitución la declaraba un Estado independiente con todos sus derechos de soberanía, y la desligaba de los Estados Unidos de América, recuperando todos los poderes que había delegado a la Unión. No estuvo sola en esta iniciativa. Varios de los estados que luego iban a unirse en la Confederación (Carolina del Sur, Alabama, Florida, Virginia, Mississipi, etc) se independizaron en 1860 y primeros meses de 1861. Y dentro de la Confederación conservaron su relativa soberanía, entregando al conjunto solamente la representación exterior y la responsabilidad de la guerra con el norte. En realidad la constitución de la Confederación, que mantuvo relaciones asiduas con Francia e Inglaterra en busca de apoyo en la guerra, no se diferenciaba apenas de la constitución de los Estados Unidos. Es más, sus promotores consideraban que era más fiel a los principios de los “padres fundadores”. Salvo en un detalle: que legalizaba expresamente la esclavitud.

 

En 1865 capitularon los estados rebeldes y se puso fin a esta anómala situación. Prosiguió entonces, y se prolongó hasta 1877, la llamada “era de la reconstrucción”, que se había iniciado a medida que los diferentes estados eran ocupados. Los confederados fueron gradualmente readmitidos en la Unión y recuperaron su condición de estados, no sin que se produjeran fuertes conflictos en Washington sobre el ritmo de la normalización, es decir, sobre qué grado mínimo de fidelidad a la Unión se requería para que un estado fuera readmitido en ella. El presidente Lincoln había propuesto un 10% de adhesiones, pero tras su asesinato en 1865 las condiciones fueron endurecidas por los republicanos llamados “radicales”. Se inició entonces la creación deliberada y sistemática de  una “nación” norteamericana como la que hemos conocido después. Completada la conquista del oeste e iniciada la expansión exterior de la nueva gran potencia tras la guerra de Cuba contra España, poco a poco se fue olvidando la tradición secesionista que hasta entonces había formado parte de la identidad americana.

 

Por cierto, no fueron los estados pre-confederados los únicos que aspiraron a la independencia y la obtuvieron por períodos más o menos largos. Habían existido numerosos intentos anteriores, incluso entre las las trece colonias originarias del noreste. Los peregrinos puritanos se habían traído consigo el separatismo esencial que los había obligado a emigrar y conservaron en el nuevo mundo. Así Rhode Island, Connecticut y la católica Maryland se separaron de la primitiva New England y otros territorios siguieron su ejemplo. Entre estas otras secesiones, más o menos folclóricas, se cuentan las del Estado Franklin (1784), la república Trans-Oconee (1794) o la república independiente de la isla Amelia (1817). Todas ellas, olvidadas por la historia, fueron reseñadas con amplia erudición en el sorprendente libro del diplomático español Carlos M. Fernández-Shaw Los estados independientes de Norteamérica.

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(BROMFIELD, Louis: Wild is the River, Harpers, Nueva York, 1941.–BOORSTIN, J.: The Americans II, The National Experience, Vintage, Nueva York, 1965.–BOORSTIN, Ed.: Historia de las civilizaciones 12, Alianza, Madrid, 1985.–ASIMOV, Isaac: Los Estados Unidos de la Guerra civil a la Primera Guerra mundial; Alianza, Madrid 1984.–FERNANDEZ-SHAW, Carlos M.: Los estados independientes de norteamérica; Instituto de Estudios Políticos, Madrid 1977)

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