CARACAS Y EL CARIBE

52 Miranda o el político

Ocumare (Venezuela), 1806.

 

Arturo Michelena: Miranda en La Carraca, 1896
Arturo Michelena: Miranda en La Carraca, 1896

 

Si me atrevo a parafrasear el título de un conocido  ensayo de Ortega y Gasset publicado en 1927 (Mirabeau o el político) es porque, en su concisa formulación, el filósofo español describe al revolucionario francés Honoré G. Riquetti, conde de Mirabeau, con palabras que podrían aplicarse casi literalmente al político arquetípico del mundo latinoamericano, Francisco de Miranda (1750-1816). Arquetípico, que no ideal: no el político como quisiéramos que fuera, sino el político en su “ineluctable realidad” ¿Y cuáles son para Ortega los rasgos de estos políticos de pura raza? Son “… su inagotable energía, la tensión constante de su esfuerzo, la fertilidad y monumentalidad de sus proyectos, la rapidez, la eficacia con que los ejecutan, la previsión genial de los acontecimientos, la entereza y serenidad con que acogen los peligros, el garbo triunfal de su actitud en todas las circunstancias…(el) afán indomable de crear cosas, de organizar la historia”. En relación con personas de esta magnitud, nos advierte Ortega, no caigamos en la tentación de acusarlos de vicios que son propios de los “pusilánimes”: el egoísmo, la ambición, la avidez de fama y riquezas, la corrupción. Ni tampoco busquemos en ellos virtudes propias de quienes no tienen nada que crear: la honradez, la veracidad, la templanza sexual. Mirabeau, Miranda y la mayor parte de los de esa clase tienen una misión y están por encima de esas pequeñeces de la moral.

 

Ni que decir tiene que estos seres excepcionales no tienen garantizado el éxito personal: sus grandes empresas pueden triunfar a la larga pero sus vidas a menudo acaban en tragedia y fracaso. Así acabó Miranda, preso en la cárcel de La Carraca (Cádiz), tras haber alcanzado el grado de Generalísimo y Presidente de la Primera República de Venezuela y perdido la primera batalla de la guerra de independencia contra España. Sobre este desolador final y sobre la contribución de Miranda en la independencia americana he escrito en otro lugar (Los papeles de Volterra, nº 59). Aquí quisiera detenerme más bien en la personalidad del político y seguir las trazas de su vida azarosa. La variedad de escenarios, de personajes y de guiones en que se desarrolló supera todo lo imaginable y es útil para la reflexión. Ya que suele ser presentado alternativamente bajo el halo de la pasión partidaria, para la que no está permitido el menor resquicio de duda o matiz, o bien desde el ángulo crítico de sus detractores, que los tuvo y abundantes, casi todos fuera de Venezuela.

 

Mariano Picón-Salas (1901-1965), el luminoso ensayista y diplomático venezolano, escribió sobre nuestro héroe en varios de sus libros y le dedicó una detallada biografía. Creo que da en la clave de su drama psicológico y político: según él, Miranda tardó demasiado en enfrentarse con la realidad mezquina del poder, vivió preparándose para una gran empresa liberadora pero en sus múltiples viajes y en sus contactos con los más cultos y poderosos de su época se fué convirtiendo en un aristócrata del saber y un asiduo de la alta sociedad. Acabó siendo arrollado por la brutalidad del mundo real que quiso revolucionar.

 

Su personalidad resulta enigmática: inteligente, obstinado, irascible, sarcástico y altanero, recorrió el mundo dotado de una virtud poco común: se creía importante por su valor personal sin más y era capaz de imponer autoridad por la mera fuerza de su propia convicción y seguridad psicológica. Creció humillado en la Venezuela provinciana del siglo XVIII contemplando cómo los Mantuanos, como se llamaba a los aristócratas de Caracas, humillaban a su padre, un honrado tendero canario al que por envidia quisieron mantener prisionero de una casta inferior, la de los españoles “de orilla”, sembrando la sospecha de su ascendencia guanche (como se conoce a los aborígenes de Tenerife). Es sabido que, después de estudiar en el máximo nivel que permitía la Caracas colonial, consiguió en 1781 un empleo militar en España, país que en la época del rey Carlos III y su despotismo ilustrado no podía menos que deslumbrar a este joven criollo evadido de su modesto medio. Su firme voluntad de trepar en la sociedad y adquirir una cultura superior a la de los altaneros Mantuanos fue evidente desde el principio y adquirió  raíces sólidas durante los años que pasó en España. Viajó, leyó a los filósofos de la Ilustración, se enfrentó por ello con la Inquisición y con sus superiores por desobediente y osado en las dos expediciones militares en que participó, en Melilla y en Argel. Pero consiguió la amistad y la protección de un jefe que sería decisivo en su vida. Juan Manuel de Cagigal lo llevó consigo a Cuba cuando se preparaba la participación de España en la guerra de independencia de América del Norte y le encargó misiones de observación en Jamaica que le permitieron entrar en contacto con los ingleses y con el mundo turbio del espionaje y el contrabando. Su resentimiento contra España, combinado con la empresa revolucionaria con la que iba a colaborar, le iluminaron sobre lo que tendría que ser la misión de su vida: liberar a la América española del yugo colonial.

 

En 1783, cumplidos 33 años, escribió un curiosa carta a Cagigal. En ella le informaba que había decidido cultivar la semilla que se había ido sembrando en su mente “en los treinta años que tengo de edad” y acceder a “la experiencia y el conocimiento que el hombre adquiere visitando y examinando personalmente con inteligencia prolija en el gran libro del Universo”. Cagigal, que se arriesgaba a ser ser perseguido él mismo por proteger al joven oficial, le dejó escapar, evitándole así el castigo por haberse pasado al enemigo, por estar “apasionado de los ingleses”. Las simpatías seguramente venían de atrás, de los dos meses que había pasado en Gibraltar en sus años españoles y de su interés por atraer a la Gran Bretaña para el proyecto que empezaba a urdir. Miranda viajó a Londres donde, a pesar de su juventud, logró pronto establecerse en la sociedad. Consigue medios económicos, se atribuye el título de conde, mantiene contactos culturales y políticos y comienza a solicitar el apoyo de Inglaterra para la liberación de las colonias hispanoamericanas. El primer ministro Pitt se aprovecha de su ímpetu pidiéndole toda clase de informaciones y documentos que nunca le devolverá, entre los que figura una lista de los jesuitas expulsados por España de América, que podrían convertirse, en su momento, en agitadores en favor de la independencia. Pitt no se fía del joven megalómano que se introduce solemnemente como representante de toda la América, o bien no puede complacerlo con la cuantiosa ayuda que le pide porque ello sería incompatible con las circunstancias internacionales, las complejas alianzas y guerras de una Europa dividida por la aventura napoleónica.

 

Miranda parte de Londres decepcionado e inicia su asombroso periplo europeo, portador siempre de recomendaciones de los poderosos: recorre Bélgica, Prusia, Austria, Hungría, Polonia, y visita a la emperatriz Catalina II de Rusia tras haber pasado por Constantinopla, ciudad de la que deja en su diario una descripción sumamente despectiva. Acaba en Francia, donde  participa como general en las guerras de la revolución francesa hasta que los jacobinos acaban por expulsarlo. Increíble periplo, digo, si no fuera porque el voraz viajero ha dejado todo ello documentado en más de 15000 folios de diarios de viaje donde anota todos los detalles de la cultura, ingeniería, ejército y política de los países que intenta ganar para su causa, amén de sus abundantes placeres privados. Diarios que comprenden sólo una parte de los 63 tomos de documentación que nos dejó como legado: 26 de viajes, 18 relativos a la revolución francesa, 19 a sus negociaciones. Todo ello acompañado de documentos, proclamas y manifiestos escritos en un lenguaje sin pretensiones literarias pero dotado de la vehemencia y convicción con la que podemos suponer que nuestro héroe se expresaba de palabra.

 

De vuelta a Londres, vuelve a toparse con la reticencia de Pitt, que no se fía del pintoresco general de la revolución francesa y sonríe con ironía ante el proyecto político que Miranda le expone para el continente americano, un sistema aristocrático coronado por un “Inca” o monarca hereditario. John Adams, embajador de Estados Unidos en Inglaterra y futuro presidente, tampoco se fía y además objeta que su país no puede ayudar a la revolución en hispanoamérica pues no está en guerra con España. Miranda se traslada desalentado, pero siempre con buenas cartas de recomendación, a Nueva York, donde pasa año y medio de preparativos e intrigas con financieros, armadores y contrabandistas. Consigue entrevistarse con el presidente Jefferson y con el ministro Madison. A pesar de presentarse por escrito ante las autoridades “en nombre de las colonias hispanoamericanas”, lo que en derecho se consideraría gestión de negocios sin mandato, sigue cosechando sólo buenas palabras. Pero acaba logrando algo más: el compromiso informal de los Estados Unidos de “mirar para otro lado” si Miranda consigue montar con medios privados una expedición para la liberación de Venezuela y otras tierras españolas.

 

Se cumple entonces el desastre que Picón-Salas veía como inevitable. Este pretendido aristócrata, refinado, culto y cosmopolita, resulta asimismo ser un ingenuo. Parece no sospechar que está siendo estrechamente vigilado por el cónsul español en Nueva York y el embajador en Washington, Marqués de casa Irujo, y se embarca en una operación torpe y caótica, propia de piratas aficionados. Fleta con ayuda de sus amigos el Leander y otros dos buques, contrata en los muelles de Brooklyn a una tripulación de doscientos americanos heterogéneos y zarpa en dirección de Haití sin revelarles el propósito del viaje. Ante los ojos de Miranda se multiplican las deserciones y los motines, choca con el capitán del Leander, a quien desprecia, y a duras penas logra llegar a las costas de Venezuela. Allí le espera el Gobernador de Venezuela, a quien ha oportunamente advertido el embajador español, con una armada capaz de frustrar sin dificultad el pretendido desembarco. El Leander y Miranda pueden escapar a Trinidad, pero las otras dos naves, el Bacchus y el Bee son capturadas y sus tripulantes apresados en Puerto Cabello. Diez de ellos serían decapitados de manera ejemplar, como refiere John Sherman, un tripulante en la malhadada expedición que dejó escrito un breve pero sustancioso opúsculo sobre los avatares de la “invasión”.

 

El gobierno norteamericano se negó a reconocer haber estado en tratos con el venezolano cuando sus financieros y cómplices fueron juzgados en Nueva York por participar en una expedición a todas luces ilegal. Miranda vuelve a Inglaterra sin poder admitir que este triste final fuera la coronación de sus magnas ambiciones y de sus arduos trabajos. En 1810, Simón Bolívar y Andrés Bello le convencen para que vuelva a Caracas y participe en la declaración de independencia de Venezuela. Tras subir a la cúspide de la nueva república, todavía tendrá que sufrir a manos de los españoles una nueva derrota, que da con sus huesos en el penal de Cádiz. No ha sido posible hasta hoy identificarlos para que los venezolanos puedan rendirles los honores que sin duda merecen.

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(ORTEGA Y GASSET, José: Mirabeau o el político, en Obras completas t.IV, Taurus, Madrid 2005.–PICÓN-SALAS, Mariano: Miranda; ed. Losada, Buenos Aires, 1946.–MONDOLFI, Edgardo: Testigos norteamericanos de la expedición de Miranda; Monteávila, Caracas, 1992.–MADARIAGA, Salvador de: Cuadro histórico de las Indias, Ed Sudamericana, Buenos Aires 1945.–MIRANDA, Francisco de: Diario de viajes, ed por Miguel del Castillo Didier; Monte Ávila, caracas, 1992)

 

 

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