ESTAMBUL Y EL ORIENTE

87 Nuevas rutas de la seda

Kazakhstan, 2013

 

David Roberts: Caravana en el desierto, 1839
David Roberts: Caravana en el desierto, 1839

 

La Ruta de la Seda es antigua pero su nombre, tan sugerente de aromas y colores del oriente, tiene poco más de un siglo. Lo acuñó en 1877 un científico alemán llamado Ferdinand Richsthofen y ha vuelto a estar de actualidad debido a una iniciativa de proporciones colosales anunciada por primera vez en 2013 en Kazajistán por el presidente chino Xi Jinping. Reiterada dos años después con contornos más definidos, trata de poner en marcha un proceso que se ha repetido varias veces a lo largo de la historia: la apertura de nuevas vías de comunicación e intercambio que unan económica, política y culturalmente a Asia, África y Europa bajo el liderazgo de China. Sus autoridades la definen oficialmente como “un cinturón y una ruta” (OBOR en las siglas inglesas: One Belt, One Road)  e incluye una vía terrestre que une a 60 países y una ruta marítima que conectará China con Europa por el sureste y el sur de Asia. El proyecto está en marcha e incluye ingentes inversiones para crear las infraestructuras necesarias en carreteras, puertos y vías férreas, en la creación o renovación de la ciudades a lo largo del camino. Esta apertura de China se había venido fraguando al menos desde que en 1991 la implosión de la URSS dejó huérfanos a los países de Asia central: Turkmenistán, Kazajistán, Kirguistán, Uzbekistán y Tayikistán. Se encontraron de la noche a la mañana independientes a su pesar, un caso raro en la historia. China, en plena expansión económica, tomó el relevo, resolvió viejos litigios fronterizos que la habían enfrentado con la URSS e inició una operación de rescate de aquellos países, que habían estado reducidos a la condición de proveedores de materias primas para la industria soviética. Aumentó dramáticamente su influencia en la región e intenta matar del mismo tiro a otro pájaro: contener, a base de un intensivo desarrollo económico, las aspiraciones de independencia de su provincia más occidental, Xingjiang, cuya población Uighur es de religión musulmana y podría estar conectada con movimientos terroristas activos en la región. El proyecto de la UNESCO “Rutas de la Seda, 1988-1997” y la Silk Road Strategy anunciada en 1999 por los Estados Unidos revelan que el resto del mundo había previsto la magnitud del proyecto chino y no quería quedar al margen de lo que pudiera pasar. Más recientemente, en 2011 el presidente Obama anunció que su país había decidido “pivotar” su interés económico y estratégico hacia la región indo-pacífica, con el TPP (Trans Pacific Partnership) como arma económica principal.

 

Desde luego, la idea de una “ruta de la seda” viene de muy atrás. Suele considerarse que fue inaugurada en el año 130 a.C. por el emperador Wu, de la dinastía Han, tras vencer a las tribus nómadas de Xionghiu, consolidando así su poder sobre toda la China. Quiso conectar su imperio con el resto de los países para vender la seda y otros productos a un mundo sediento de lujo, para lo que envió al llamado Zang Quian en viajes de exploración hacia el Oeste que quedaron documentados con detalle. La idea era ambiciosa: consistía en definir unos itinerarios idóneos para el paso de las caravanas que transportaban este comercio, reforzando o creando ciudades o campamentos para protegerlas en las etapas intermedias. El paraje es abrupto, está formado por una sucesión de desiertos interminables y altas cordilleras que requieren de caminos seguros y etapas bien delimitadas. El mundo “sediento de lujo” al que aludo era, evidentemente, el mundo romano de aquellos mismos años. Roma había vencido a Macedonia en 167 a.C. y a Cartago en 146 a C. y se había encontrado sin enemigo exterior con el que seguir ejercitando las tradicionales virtudes romanas de austeridad y de violencia. Al mismo tiempo, había descubierto todo un mundo fascinante de lujo oriental: le llegaba desde Grecia, que a su vez lo había descubierto cuando las campañas del gran Alejandro habían llevado a sus huestes hasta cerca de la India. Roma, además, nadaba en la abundancia; se había enriquecido súbitamente con las rentas provenientes de la  conquista de Egipto. La seda, las especias y los perfumes perturbaron los sentidos de los romanos “y las romanas”. Plinio el viejo y Séneca criticaron acerbamente el despilfarro ruinoso y la decadencia moral que esta moda producía, y repetidas leyes trataron de contener la avidez de los nuevos ricos, que Petronio ridiculizó con el personaje Trimalcio de su Satiricón. Pero no había manera. Sólo la caída del Imperio occidental en manos de los bárbaros detuvo este delirio de grandezas, pero el nuevo Imperio regido desde Constantinopla retomó el entusiasmo. El emperador Justiniano (438-565) envió espías al oriente para descubrir el secreto de la fabricación de la seda, que los chinos habían mantenido oculto hasta entonces. Así nació la industria bizantina de la seda y siguió su auge la isla de Cos, en el Egeo, donde se había venido procesando la misteriosa materia prima. Sólo la disolución del Imperio Chino al caer alguna de las sucesivas dinastías y el embate de las conquistas musulmanas pudieron detener de momento el flujo de bienes, ideas y personas a lo largo de las rutas terrestres y marítimas. Algo tendrá que ver con este tráfico la historia de tres reyes magos que vienen de oriente cargados de riquezas, metales preciosos y costosas especias.

 

Aunque el tráfico nunca se interrumpió del todo, una nueva apertura de la ruta de la seda tuvo que esperar siglos, hasta que en 1206 Gengis Kan, el caudillo de las hordas de nómadas mongoles consiguió conquistar Catai, como se llamaba entonces a China, y creó un imperio que se extendía desde las puertas de Europa hasta el Sudeste asiático. Cómo lo consiguió es difícil de imaginar. Por fortuna, entra aquí en escena para contarlo el famoso viajero veneciano Marco Polo (1254-1324). Polo viajó a China en 1271, tras una primera exploración que habían hecho años antes su padre y su tío, mercaderes venecianos con negocios en Constantinopla. De ella volvieron como embajadores del emperador mongol de la época, Kublai Kan, con un curioso encargo: una petición al Papa para que le facilitara unos cientos de clérigos y otros sabios que le ayudaran a administrar su imperio. La cosa tiene explicación, pues los mongoles controlaban el inmenso territorio de la China pero eran cazadores y necesitaban funcionarios para administrar sus territorios. No se fiaban de los mandarines, los funcionarios chinos que seguían siendo la base de su gobierno: ellos conquistaban y controlaban militarmente pero no sabían ocuparse de los detalles. Marco Polo, que sólo tenía 17 años, impresionó tanto al emperador por su inteligencia que éste no quiso que su actividad se limitara al comercio, que es lo que le había llevado a hacer tan largo y azaroso viaje. Lo retuvo para utilizarlo como emisario suyo y lo ocupó durante 23 años en labores varias por todo lo largo y ancho del Imperio: quería tener a su servicio a  un observador extranjero capaz de informarle con objetividad de las costumbres de los muy variados pueblos que le estaban sometidos. A su vuelta a Venecia en el año 1295, Polo se encontró con que la Serenissima Repubblica estaba en guerra con Génova por la hegemonía de las rutas comerciales marítimas. Fue hecho prisionero y a ello debemos que tuviera tiempo para referir todas sus fabulosas aventuras a Rusticello di Pisa, un escritor de romances artúricos que a veces daba rienda suelta a su imaginación, aunque no tanto que no sepamos básicamente lo que pasó en la realidad. El libro que nos llegó es un prodigio de detalles, interesantes para el mercader y amenos para cualquier lector, el primer libro de viajes. Cuenta, con mezcla discreta de fantasía, todo lo que Marco vió en su largo y peligroso recorrido por la ruta de la seda, con profusión de observaciones casi antropológicas sobre costumbres, personas y animales, sobre las grandes ciudades que visitó y sobre los amplios espacios que tuvo que recorrer a través del Asia central, no menos que la azarosa ruta por mar cuando volvió contorneando la India.

 

Se ha discutido sobre la veracidad de lo que cuenta Marco Polo en el libro realizado por Rusticello, incluso sobre si de verdad estuvo en China, pues sorprende que no mencionara algunas cosas tan características como la gran muralla, la imprenta, los palillos con los que se supone que comían ya los chinos. También sorprende que el viajero y embajador no aparezca mencionado en ningún documento de aquel imperio que dejaba todo consignado por escrito en sus Anales. Pero otros viajeros de la época, como los monjes franciscanos Guillermo de Rubruck (viajó de 1253 a 1255 a Karakorum) y Juan de Montecorvino (a Pekín de 1271 a 1328) confirman casi todo lo que supimos por el famoso veneciano. Ellos atestiguan que la que llamamos ruta de la seda era cauce de comercio de bienes materiales pero también de ideas. Viajaron al oriente las religiones, el budismo desde la India y el cristianismo en su versión nestoriana desde el Oriente Medio. Hubo incluso un Papa, Inocencio IV, que en 1245 envió dos emisarios al temible Gengis Kan portadores de una carta en que le conminaba a “reconocer a Jesucristo como el verdadero hijo de Dios y a rendir culto a su nombre glorioso”. La discreta pero firme respuesta negativa del mongol no se hizo esperar. Pero la ruta de la seda no era sólo un camino de ida. Aparte de la seda y las especias, viajaron de vuelta muchas novedades que los viajeros descubrieron en la civilización china, mucho más avanzada entonces que la europea: el papel, la imprenta, la brújula y el timón, la pólvora; estos y tantos otros adelantos que se convertirían pronto en usuales en nuestro mundo.

 

Poco después de la partida del veneciano, el imperio de los mongoles cayó en el caos, dividido en numerosos reinos enfrentados entre sí. Los turcos, por su parte, cercaban el Imperio Bizantino dejándolo reducido a poco más que la ciudad de Constantinopla. Como resultado, la ruta de la seda quedó prácticamente interrumpida hasta que en el siglo XIII se produjo una nueva apertura. La conocemos por un viajero no menos pintoresco que Marco Polo: el español Ruy González de Clavijo. Fue el embajador del rey Enrique III de Castilla ante el llamado Tamerlán, que quiso resucitar la Pax Mongolica lograda por sus antepasados y estuvo a punto de conseguirlo. Tamerlán, aunque étnicamente turco, estaba ligado a las dinastías mongólicas que habían dominado Asia siglos atrás. En el 1402 derrotó cerca de Ankara a los turcos del sultán Beyacit I en una decisiva batalla y extendió su poder hasta Samarcanda, donde estableció su capital. Los monarcas europeos, amedrentados por la gran derrota que sufrieron en 1396 a manos de los turcos en Nicópolis (en la actual Bulgaria) quisieron aliarse con los mongoles para contrarrestar desde la retaguardia el avance otomano, que amenazaba acabar con lo que quedaba de Bizancio. Para ello enviaban frecuentemente embajadas exploratorias, una de las cuales, iniciativa del rey de Castilla, estuvo presente en la batalla de Ankara. A su término, los enviados homenajearon al vencedor, Tamerlán, que se mostró interesado en incrementar las relaciones con mi hijo el rey de Castilla. Devolvió a los castellanos a su país con mensajes amistosos y el ruego de recibir una segunda embajada. Esta se dirigió a Samarcanda y fue dirigida por Ruy González de Clavijo. Su viaje de ida y vuelta entre 1403 y 1406 lo conocemos con detalle por un libro que escribió, o al menos firmó, como informe a su rey. Sus peligrosas vicisitudes por el camino, a través de territorios dominados por turcos, genoveses y mongoles, su amplia visita a Constantinopla y a “Trapisonda”, donde fue recibido por los correspondientes emperadores, sus travesías y paradas en esta nueva ruta de la seda son casi tan azarosas como habían sido las de Marco Polo, aunque él las relató con mayor sobriedad. Nos queda una duda sobre cuál fue en realidad la misión que le llevó a Samarcanda. Enrique III fue rey de Castilla entre 1396 y 1406 y era un monarca poderoso. Había logrado controlar a los nobles y consolidar el poder real, empezó la colonización de las islas Canarias y tuvo una política exterior activa, que incluía este tipo de misiones para entrar en contacto con reinos lejanos, difíciles de conocer con los medios de la época. Que, a pesar de estar todavía empeñado en las guerras de la Reconquista en la península, tuviera entre sus prioridades contener el avance turco no parece muy probable, pero no lo sabemos con seguridad. El embajador, tras su azaroso viaje hasta Samarcanda, entregó, según nos cuenta, una carta dirigida al gran Tamerlán, aunque él oculta prudentemente su contenido. Tuvo que soportar dos meses entre numerosos homenajes y alcohólicas fiestas, él que era abstemio, sin que el Kan se diera prisa en responder al objeto de su misión. Le dieron largas, como suele decirse, y sus protestas no valieron de nada. Fue prácticamente evacuado de Samarcanda con la disculpa muy verosímil de la grave enfermedad de Tamerlán, que efectivamente murió poco después mientras preparaba la invasión de China. El desorden que siguió a su muerte y la toma de Constantinopla por los turcos en 1453 cerraron nuevamente por siglos la ruta de la seda.

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(FINDLAY, Robert y O’ROURKE, Kevin H.: Power and Plenty, Princeton U.P., 2007.– LA VANGUARDIA, Dossier, 2016: China. La nueva ruta de la seda.–HÖLLMANN, Thomas O.: La ruta de la seda; Alianza ed., Madrid, 2004.–FRANKOPAN, Peter, The Silk Roads. A New History of the World; Bloomsbury, Londres 2015.–FAVIER, Jean: Gold and Spices in the Middle Ages; HM, Nueva York, 1998.–LANE FOX, Robin: The classical World; Penguin Books, Londres 2006.–POLO, Marco: Viajes; Espasa-Calpe, Madrid 1965.–GONZÁLEZ DE CLAVIJO, Ruy: Embajada a Tamerlán; Miraguano Ed. Madrid 1965.–OCHOA BRUN, Miguel Ángel: Historia de la diplomacia española, I; MAE, Madrid, 1990)

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