PARÍS, LONDRES, AMSTERDAM

64 Offenbach en los infiernos

París, 1858

 

Toulouse-Lautrec: Le moulin rouge, 1890
Toulouse-Lautrec: Le moulin rouge, 1890

 

El can-can que Jacques Offenbach incluyó como finale de su opereta Orfeo en los Infiernos parece añadido al pandemonium general para simbolizar la alegre vulgaridad de toda una época, el Segundo Imperio francés. Offenbach era un judío alemán nacido en Colonia, hijo de un rabino kantor de la sinagoga local. Se llamaba en realidad Isaak Judá Eberst y le apodaban Effenbacher por el lugar de su nacimiento. El padre se mudó a París buscando un paraje más tolerante con los de su religión y puso al joven Jacques (1819-1880) a estudiar en el conservatorio. Era, desde luego, un superdotado y sus progresos fueron espectaculares, nunca mejor dicho. Violoncelista en L’Opéra comique en 1833, se hizo cargo de la dirección de la Comédie-Française en 1849 y pocos años después abrió su propio teatro, el de las Bouffes-Parisiens. Mientras tanto se había  nacionalizado y convertido al catolicismo para casarse, lo que hizo en 1844 con la hija de un carlista español. A pesar de ello, se sintió siempre forastero en la gran ciudad, exitoso pero desarraigado, ambicioso y resentido al mismo tiempo. El Orfeo, que se estrenó en 1858, significó la madurez del género de la opereta: una versión totalmente apócrifa del mito en diálogos cómicos y atrevidos, salpicados con números musicales: arias, dúos y coros, ballets e intermedios orquestales. Todo ello de primera calidad artística en su aparente frivolidad, apoyado en una orquestación vivaz y cristalina, llena de sorpresas. Fue una de las muchas operetas que creó Offenbach, entre las que se hicieron famosas también La Bella Helena (1864) y La gran duquesa de Gerolstein (1867). Más tarde probó también fortuna con éxito en Alemania. De vuelta a Francia, cansado de tanto jolgorio, intentó una ópera seria y lo logró con Los cuentos de Hoffmann, que se estrenó en 1881, poco después de su muerte.

 

No puede extrañarnos que aplicara todo su saber musical y cultural a la opereta, que Arnold Hauser calificó como el fenómeno artístico más característico de la época del Segundo Imperio. En él era posible mezclar un humor fácil y picante con una crítica social implícita, la única posible en aquellos años. La opereta tenía sus raíces en la ópera cómica y en el vaudeville y surgió con fuerza en el Segundo Imperio como entretenimiento popular de contraste. Contraste, en primer lugar, frente a la ópera seria, la gran ópera francesa de Massenet, Gounod, Berlioz y Meyerbeer, creadores de un arte de alta calidad aunque algo ampuloso, cuyos libretos volvían a explotar las historias de la antigüedad y el medievo que habían entretenido al público en los teatros del Barroco. Contraste también frente a la seriedad del racionalismo, fruto del progreso científico y técnico que inspiró paralelamente toda una nueva escuela en la literatura post-romántica, la de Balzac, Flaubert y los Goncourt. Enfrentado con un mundo que se aceleraba y se precipitaba al vacío de la riqueza fácil, Offenbach se adelantó al surrealismo y creó espectáculos irreverentes, frívolos y disparatados. Muchos de ellos trataban temas mitológicos convertidos en argumentos inverosímiles y cómicos, juegos de fantasía alejados de toda realidad. Su antecedente inmediato había sido un género menor muy querido de las masas: la parodia de la ópera seria. Se trataba de comedias que aparecían poco tiempo después de la ópera original y la transformaban en una burla de su verdadero argumento, trasladando las situaciones y personajes históricos a un contexto festivo y popular. Llegó incluso a darse el caso del libretista de una ópera seria que se prestó a ofrecer la versión paródica de su obra a un nuevo compositor. Así pasó con Étienne de Juoy, que convirtió La Vestale en su antítesis cómica, La Marchande de modes.

 

Todo ésto puede parecer una locura pero responde bien a lo que estaba viviendo Francia y más aún París en plena expansión. El final del imperio de Napoleón Bonaparte sumió al país en el desequilibrio político y al mismo tiempo dió paso a una mutación acelerada de la economía y la sociedad. La restauración borbónica no pudo dar cauce a tanta novedad y la antigua aristocracia fue sustituida por la aristocracia del dinero, una burguesía creciente y dominadora. París se convirtió en el centro de un torbellino de desarrollo sin precedentes. La revolución de 1830 elevó al trono a la monarquía burguesa de Luis Felipe de Orleans, que pretendió dar cauce a todo este enriquecimiento y concentración del poder. Se crearon nuevos ministerios y servicios sociales y sobre todo se multiplicaron los transportes. Nuevos canales del Sena permitieron aumentar el transporte fluvial de mercancías gracias a la recién inventada hélice; se trazaron nuevas carreteras y se implantó a partir de 1833 toda una red ferroviaria, con centro desde luego en la capital. Todo confluía hacia París y la reciente prosperidad, con apoyo del estado, implantó en Francia la revolución industrial. La población de la capital sobrepasó en 1847 el millón de habitantes, casi el doble de la que tenía treinta años antes. Necesitaban alojamientos y hubo que crear nuevos barrios para acogerlos; necesitaban trabajo y lo encontraban en las miles de pequeñas industrias que nacieron al calor de la sed parisina de lujo y diversión. Necesitaban, sobre todo, eso: distracciones en la gran ciudad en la que se sentían extraños y las encontraron en los circos, en los bailes en nuevos espacios públicos y en espectáculos fáciles del teatro y la opereta. Toda esta explosión no podía menos que crear desajustes sociales, pues la inmigración proletaria a la capital no encontraba hueco en la democracia limitada y censitaria de la monarquía burguesa. La revolución de 1848 hizo saltar el sistema por los aires y el rey tuvo que abdicar.

 

Lo que siguió, en vertiginosos cambios, fue la Segunda República y, casi inmediatamente, el Segundo Imperio. El gran protagonista de esta mutación fue un emperador propio del tiempo de la opereta: Napoleón III. El inquieto Luis Napoleón era hijo de Hortensia de Beauharnais y nieto de la emperatriz Josefina. Tras la derrota de Waterloo en 1815, Hortensia, que era entonces reina de Holanda, tuvo que exiliarse y dio al joven una educación variada en Alemania, Suiza y en Italia. Aquí se unió muy joven a la sociedad secreta revolucionaria de los Carbonari y se inició con ellos en las artes de la conspiración. Muertos sus dos hermanos mayores, se convirtió en el único pretendiente bonapartista a la corona de Francia. Intentó hacerse con ella con métodos también de opereta: dos intentos de golpe de estado, uno en Estrasburgo en 1836 y otro en Boulogne en 1840, que fracasaron estrepitosamente. El pretendiente tuvo que huir a un exilio londinense de seis años. Pero el rescoldo de la grandeza napoleónica seguía vivo y Luis Napoleón tenía partidarios nostálgicos y fieles. Consiguió ser elegido diputado en la Asamblea Nacional de la república que salió de la revolución del 1848. Con ideas confusas que mezclaban un populismo pseudo-socialista con el afán de recuperar las viejas glorias del gran Napoleón, maniobró astutamente para ser elegido presidente de la república en 1850 bajo una ley que había suprimido el sufragio universal. Y en 1852, tras dar un nuevo golpe de estado, esta vez con éxito, convocó un referéndum que reformó la constitución y creó un nuevo régimen en el que tuvo todo el poder y el soñado título de emperador.

 

El nuevo Bonaparte afectaba una actitud de reserva y profunda reflexión que pretendía infundir respeto y crear a su alrededor un ambiente de misterio y conspiración. Algunos observadores penetrantes no se dejaron engañar. Adolphe Thiers, el político conservador, lo consideraba un estúpido y el canciller prusiano Bismarck, que visitó la Exposición universal de París de 1855, dejó escritas las impresiones de su entrevista con el emperador en frases demoledoras: intrigante, infeliz y poco inteligente. Luis Napoleón se hizo cargo de la extraordinaria bonanza económica que siguió a la crisis de 1848 y tenía cierto talento para la administración. Supo consolidar la revolución industrial y entregó el poder financiero a nuevos bancos que se añadieron a los tradicionales de los Rothschild, Laffitte y otros. El resultado fue el que cabía esperar: un París rebosante de dinero fácil, un mundo de lujo y ostentación y una Bolsa que atrajo a los ávidos especuladores a los que dió vida Gustave Flaubert en La educación sentimental. Luis Napoleón se casó con Eugenia de Montijo: una condesa española fue lo máximo que el emperador pudo conseguir tras ser menospreciado por las cortes europeas cuando buscó candidata de sangre real. La emperatriz presidió una época de elegancia exhibicionista que quería impresionar a los poderosos y hacer olvidar el déficit de legitimidad del que adolecía su imperial marido. Los demás monarcas lo consideraban, con razón, un usurpador y encima era descendiente del máximo enemigo de las monarquías tradicionales, el conquistador efímero de Europa cuyo imperio había sido destruido por las potencias en el campo de batalla primero y después en el Congreso de Viena de 1815.

 

Precisamente, la obsesión por tomar la revancha contra la reordenación del continente europeo instaurada tras las guerras napoleónicas fue la semilla del fin del II Imperio. Luis Napoleón no conseguía el reconocimiento de su realeza. El zar Alejandro II y la reina Victoria lo despreciaban y se negaban a darle el tratamiento de “hermano”, usual entre las cabezas coronadas en la época. Y tenían sus razones. Napoleón III, a causa de su confusión ideológica y sus simpatías por Italia, favorecía el principio de las nacionalidades y la autodeterminación de los pueblos y tomaba extrañas iniciativas. Intentó imponer un emperador austríaco en Méjico, al parecer empujado por la católica emperatriz, que tomaba creciente predominio en los asuntos públicos mientras su marido se entregaba a los placeres mundanos. Se unió a Inglaterra y Austria en la guerra de Crimea de 1853 y apoyó la rebelión de Polonia en 1863, con lo que se enemistó con Rusia. Antes, en 1859, había apoyado, nostálgico de sus años revolucionarios, el levantamiento nacionalista de los italianos contra Austria. En resumen: quiso desmantelar el sistema de Viena y recuperar para Francia el lugar de privilegio en Europa que tenía antes de la Revolución, pero consiguió todo lo contrario. Con su deriva nacionalista contribuyó a consolidar un gran estado vecino y hostil: la Alemania de Bismarck, que conocía bien sus debilidades. El canciller de hierro, con el pretexto de la sucesión al trono de España, vacante desde la Gloriosa revolución de 1868, provocó en 1870 la guerra contra Francia que acabó con el Segundo Imperio y con Luis Napoleón encarcelado tras la derrota de Sedán.

 

Para escenificar su tragicomedia, naturalmente, el emperador necesitaba los decorados adecuados, un París rutilante que sustituyera a la antigua capital romana y medieval, de calles estrechas y laberínticas. El París que hemos conocido es obra de Napoleón III y de Georges Éugène Haussmann, el prefecto de la región del Sena de 1853 a 1870, a quien el emperador encumbró con el título de barón y el encargo de transfigurar la ciudad. Eran tal para cual, imaginativos, ambiciosos y algo irresponsables. Juntos pudieron llevar a término la adaptación de París a su papel de capital absoluta y centro económico y cultural de Francia. La renovación había empezado ya en el primer imperio, que vió clara la necesidad de ampliar calles y plazas, aunque sólo fuera para impedir las barricadas revolucionarias. El arco del Triunfo había sido completado en 1836, pero la ciudad seguía moviéndose a ritmo lento, con sus calles estrechas e insalubres recorridas por viejos carros que transportaban las mercancías de los mercados y los artesanos. Haussmann y el emperador no pararon en gastos y tuvieron a París en obras durante casi veinte años, culminando en la Exposición Universal de 1867. Una ley de 1859 decretó la unificación urbanística de la ciudad, convirtiendo viejos pueblos de los alrededores en nuevos distritos. En el nuevo perímetro ampliado, el hombre fuerte de París, con la ayuda de los ingenieros Jean Charles Alphand y Eugène Belgrand, trazó líneas rectas que arrasaron sin piedad los barrios antiguos para definir una red de anchos bulevares, avenidas y plazas que conectaban las estaciones y otros centros neurálgicos de la ciudad. Abrió también amplias zonas verdes al disfrute ciudadano: siguió así el ejemplo del emperador, que  había donado el Bosque de Bolonia a la ciudad en 1852, inspirado por los parques de Londres, la admirada ciudad de su dorado exilio. No contento con dar nueva estructura a las calles, amén de fuentes de agua e instalaciones de higiene a sus habitantes, Haussmann decidió también cómo habían de ser los edificios que iban a flanquear las nuevas avenidas: de piedra tallada, con alturas uniformes y líneas horizontales marcadas por los balcones y las cornisas. Para cortar por lo sano toda la superficie de París, el ambicioso prefecto tuvo que inventar la “expropiación”, una institución hasta entonces desconocida, con lo que provocó pleitos sin fin, acerbas críticas a su estética y las inevitables sospechas de corrupción. Valía todo para embellecer la gran capital. La órdenes del emperador no ofrecían duda alguna y una frase que pronunció en 1850 creó el afortunado eslogan de la ville- lumière: “París es el corazón de Francia, que la luz bienhechora penetre por todos los rincones…”.

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(BOUCHER, François: Paris; Librairie Plon, Paris 1950.–BARBIER, Patrick: À l’Opéra au temps de Balzac et Rossini; Hachette, Paris, 1987.–HAUSER, Arnold: Historia social de la literatura y el arte; Ed. Guadarrama, Madrid 1964.–DEUTSCH, Laurent: Métronome; Ed. Michel Lafont, Paris, 2007.–SALAZAR, Adolfo: La música en la sociedad europea; El colegio de Mexico, 1946.–Kissinger, Henry: Diplomacy; Simon and Schuster, Nueva York, 1994)

 

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