ESTAMBUL Y EL ORIENTE

85 Peregrinos en el desierto de Arabia

Abu Dhabi,1948

 

Thesiger: a orillas del Golfo, s.f
Thesiger: a orillas del Golfo, s.f

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Un extraño personaje se presentó en Abu Dhabi al mediodía del 14 de marzo de 1948, un inglés vestido de beduino. La ciudad tenía en aquel entonces 2000 habitantes, unas pocas casas bordeando la playa, unas pocas palmeras, un pozo y una fortaleza. El nombre del visitante era Wilfred Thesiger. Tenía 38 años, había nacido en Addis Abeba, donde su padre era cónsul inglés, y había sido muchas cosas en su vida: arabista, curandero, explorador, fotógrafo, poeta, cartógrafo y, casi seguro, espía. Durante los meses anteriores había hecho un extraordinario viaje a través del Territorio Vacío de Arabia, un desierto interminable tan extenso como toda Francia. En camello y en compañía de unos pocos jóvenes beduinos había sufrido el intenso calor, la privación ocasional de agua y alimentos, el acoso de las bandas de salteadores, la hostilidad de los jeques en los pocos poblados que encontró, el peligro de ser descubierto y ejecutado por ser cristiano en un territorio dominado por una secta fanática. Pero ¿sufrió, realmente? Es difícil saberlo porque Thesiger admiraba el duro modo de vida beduino como el paradigma de la dignidad y la nobleza e intentaba asumir personalmente todas las penalidades del desierto, refugiado en una completa soledad cultural que le exaltaba con extraño placer. De todos los detalles de su travesía dió cuenta en un libro que escribió diez años más tarde, Arabian Sands. Este inglés, que aborrecía a Inglaterra aunque amaba al Imperio Británico, se expresó con amargura acerca de lo que había pasado en Abu Dhabi desde que él estuvo allí. Una pesadilla árabe, la desilusión final: en diez años, escribió, el golfo ha cambiado tanto como Inglaterra desde la Edad Media. En 1948 había visitado al jeque Shakbut bin Sultan al Nahayan en su fortaleza de Abu Dhabi y a su hermano Zayed en Al Ain-Buraimi, la ciudad oasis de la que éste era gobernador. Los emisarios de la industria petrolera empezaban ya a merodear por los Emiratos del Golfo y Thesiger, un enemigo prematuro de la globalización, los recibió con justificada aprehensión. Sabía que acabarían con el modo de vida moribundo que él tanto admiró y del que fue quizá el último testigo.

 

Aquella esquina perdida y casi ignorada de Arabia aparece en los mapas de 1914 como un amplio territorio denominado simplemente Omán y ocupaba toda la parte oriental de la península. El sultanato de Omán era, en efecto, la única estructura política de la región, dominada en tiempos remotos por el imperio persa, y más tarde sucesivamente por los portugueses, holandeses e ingleses, que necesitaban puntos de apoyo en sus rutas hacia la India. La tribu beduina de los Qawasimi, radicada en lo que hoy son los emiratos de Sharjah y Ras al-Jaima, llegó a dominar las dos orillas del golfo persa, que ellos llaman árabe. Hostigó la costa de la India hasta cerca de Bombay, perturbando el paso de los buques de la British India Company que tenían su base en el puerto iraní de Bandar-Abbas. Los ingleses no tardaron en bautizar esta región como “la costa de los piratas” y destacaron una flota en 1817 para acabar con la amenaza de los Qawasimi. Desde 1820 concertaron con ellos acuerdos de tregua (de ahí la antigua denominación de los emiratos como Trucial States, estados de la tregua) que organizaban la presencia británica en la zona. Concluyeron con ellos finalmente en 1853 un “Tratado perpetuo de paz marítima” y una serie de acuerdos bilaterales a partir de 1897 con los distintos jeques. Así se fue consolidando el control británico, que ahora empezaba a obedecer a razones estratégicas además de las comerciales. La zona se convirtió así en un protectorado de facto, donde los delegados políticos del Imperio eran destacados en cada uno de los emiratos para asesorar y controlar a los diferentes jeques. Éstos conservaban el dominio de sus asuntos internos, en teoría sin interferencia de los británicos, pero se comprometían a no modificar sus límites sin su consentimiento. Se veía venir ya la importancia de contar con fronteras estables para cuando hubiera que repartir el petróleo. Con este fin los ingleses se aliaron también con la tribu de los Bani Yas, que dominaba el territorio de Abu Dhabi, desde el oasis de Buraimi hasta la costa del golfo, dedicados a la ganadería del camello en invierno y a la extracción de perlas en verano. El jeque llamado Zayed que Thesiger visitó en 1948 en Buraimi se convirtió en el primer presidente de los Emiratos Árabes Unidos en 1971, una vez que el Reino Unido decidió retirar su presencia militar “al este de Aden”. La constitución del nuevo estado fue redactada por un funcionario inglés que años después volvió a Abu Dhabi como embajador. Por él supe de las tensiones que había causado la creación de un nuevo estado dentro de lo que Omán consideraba un territorio sometido a su vasallaje desde tiempo inmemorial.

 

Thesiger fue el último explorador según la tradición del pasado. Pero como no podía ser menos, el magno proyecto imperial de los británicos en Oriente Medio tenía que alumbrar personalidades excepcionales. Y hubo muchos más, a cual más pintoresco y extravagante. Los dos más famosos, fueron, desde luego, Richard F. Burton y T.E. Lawrence. Burton (1825-1890) llegó a aprender con pasmosa facilidad 29 idiomas europeos, africanos y asiáticos y quiso asimilar incluso el lenguaje de los simios. Rebelde y desordenado, consumado espadachín, abandonó los estudios académicos tras provocar que lo expulsaran de Oxford. Empezó su vida activa por una carrera militar que le llevó a descubrir el lago Tanganica, a levantar los mapas de toda la zona del mar Rojo y a servir en la India como traductor y espía. La acabó ejerciendo como cónsul inglés, desde 1861 hasta su muerte en 1890, en la isla de Fernando Poo, Damasco y Trieste. En ésta última ciudad se entretuvo traduciendo al inglés la primera versión completa de los cuentos de las 1001 Noches, el Kama-Sutra y la epopeya portuguesa en verso Os Lusiadas de Camoens. Entre tanto, en torno a 1853, había llevado a cabo su aventura más provocadora. Disfrazado de médico afgano, hizo una sacrílega peregrinación a los lugares santos del Islam, Medina y la Meca, arrostrando terribles peligros, entre otros la invasión de su campamento por una plaga de serpientes venenosas. Estaba amenazado continuamente de ser descubierto y ejecutado como intruso cristiano. De esta peregrinación dió cuenta en un libro, Personal Narrative of a Pilgrimage, que, aunque farragoso como toda su extensa obra, que está repleta de erudición anti-académica, resulta fascinante y aterrador. Revela en él su personalidad rebelde e iconoclasta, enemiga de todo convencionalismo sobre todo si es inglés, su exaltación de la violencia y su asombroso valor físico, que le llevó a acabar con la cara atravesada por la lanza de un guerrero somalí. De su heterodoxa sexualidad dejó constancia en un epílogo a las 1001 Noches que dedicó a la pederastia. Su sufrida esposa, Lady Isabel, con la que casó tardíamente en 1861, no tardó en borrar, a la muerte de Burton, otros testimonios sobre este tema destruyendo sus diarios y notas.

 

Thomas Edward Lawrence, también conocido como “Lawrence de Arabia”, fué otro inadaptado genial pero además escribía bien, en especial un maravilloso libro épico lleno de poesía que tituló Seven Pillars of Wisdom  (los siete pilares de la sabiduría). Lawrence, nacido en Gales en 1888, acabó sus estudios brillantemente en Oxford y pronto viajó al oriente, a participar en un proyecto arqueológico en el río Éufrates. Debido a su escasa talla no fue admitido en el ejército cuando estalló la Primera Guerra Mundial y tuvo que “conformarse” con una misión en los servicios secretos a las órdenes del mando británico en Egipto, donde llegó destinado en octubre de 1916. Inglaterra, aliada con Francia y Rusia en la llamada Triple Entente, se enfrentaba a las potencias centrales, Alemania y Austria, aliadas a su vez con el Imperio Otomano. El objetivo británico consistía en debilitar a los turcos fomentando un movimiento de rebelión en toda Arabia, que estaba en su poder desde siglos atrás. Lawrence se entregó a la tarea con pasión y un valor sin límites, hizo de ella una misión personal casi religiosa. Infiltrado con disfraz de beduíno entre las fuerzas árabes del jeque de la Meca, Husayn ibn Alí, consiguió que las autoridades inglesas las apoyaran con los materiales y la instrucción necesarios para convertir su lucha en una guerra de guerrillas contra la pesada maquinaria militar turca. Participó personalmente en muchas acciones, entre ellas el sabotaje del tren de Damasco a Medina, apoyando a quién él creía que podía ser el líder de una nación árabe libre, el jeque Faisal. Herido y enfermo acompañó a los rebeldes en la conquista del puerto de Aqaba y en la decisiva entrada en Damasco, que selló el fin del imperio otomano y, más tarde, la victoria aliada. La tragedia personal de este intelectual guerrero consistió en que, mucho antes del final, él sabía que Inglaterra no iba a cumplir las promesas con las que obtuvo el apoyo árabe en la guerra contra Alemania. Sabía que el país al que servía había pactado con Francia ya en mayo de 1916 el reparto de zonas de influencia o dominio directo en todo el Oriente Medio (los acuerdos Sykes-Picot) y otros arreglos que dejaban sin efecto el “compromiso MacMahon”, es decir, la promesa que los británicos habían hecho a Huseyn de apoyar una nación árabe unificada e independiente. Lawrence sufrió por esta traición que él mismo estaba haciendo a sus admirados amigos beduinos del desierto pero perseveró en el cumplimiento de su misión creyendo que así podría convencer a sus propias autoridades e inclinar la balanza en favor de los árabes. Participó en la conferencia de paz de París de 1919 junto con Faisal, tan sólo para ver consumado el engaño y describió sus sentimientos con amargura en el famoso libro: los jóvenes, según dijo, habían ganado la batalla por un mundo mejor sólo para que los mayores les arrebataran su victoria y la transformaran en una solución propia del mundo anterior, el único que ellos conocían. Quiso ocultarse para vivir su sufrimiento en soledad pero murió en 1935 sin poder evitar que un periodista norteamericano convirtiera su figura en un mito mediático, en un héroe involuntario que acabó en las pantallas en un laureado film dirigido por David Lean (1962). Todavía tuvo tiempo para hacer una nueva traducción de la Odisea y para escribir un libro sobre los castillos de los cruzados, la pasión juvenil caballeresca que le inspiró su vocación oriental.

 

El interés del Reino Unido por controlar Arabia y la región del Golfo, que hasta tiempos recientes administraban desde el virreinato británico en Bombay, no era diferente del que mostraron las demás potencias europeas en el siglo XIX por dominar en el Oriente Medio las rutas de sus marinas mercantes hacia los mercados de la India, China y el Oriente. Napoleón se presentó en 1798 ante el puerto de Alejandría, en Egipto, con una gran flota y anunció que llegaba para levantar el velo del Islam. Dicho en otras palabras, para iniciar la pugna por el control de la región adelantándose a su rival, el imperio británico. Tras tres años de accidentada ocupación, Napoleón fue expulsado de Egipto por los ingleses, que estaban en plena expansión imperial, decididos a ser los primeros en recoger los despojos del imperio otomano que empezaba a desmoronarse. Perdidas las colonias en Norteamérica pero en pleno desarrollo industrial, Inglaterra dirigió al Mediterráneo toda su energía expansiva. La penetración en el cerrado mundo islámico, entonces dominado por los turcos, requería de un conocimiento preciso de su civilización, que había sido promovido por las universidades de Oxford y Cambridge desde muchos años antes, en el espíritu de curiosidad orientalista que movió a Voltaire y a Goethe, y más tarde a los románticos, a interesarse por el fabuloso y secreto mundo islámico. Requería también la creación de institutos de investigación geográfica que trazaran la cartografía precisa de los amplios territorios inexplorados y la preparación de lingüistas conocedores de las lenguas de los países árabes y africanos. Francia iba a participar de nuevo en este esfuerzo científico y colonial centrándose inicialmente en los países del Magreb. Aportaba una difusa ideología nostálgica del espíritu de las cruzadas, un afán de revancha histórica por la lejana pérdida del reino latino de Jerusalén. La victoria de franceses e ingleses en la guerra de Crimea, cuando apoyaron al Imperio Otomano frente a Rusia, permitió a aquellos iniciar su ofensiva por el control de los territorios ocupados hasta entonces por los turcos. El Tratado de París de 1856 allanó el camino al admitir al Imperio Otomano en el club de las naciones civilizadas, del que hasta entonces estaba excluido como el hombre enfermo de Europa.

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(THESIGER, Wilfred: Arabian Sands; Penguin Books, 1964.–LAWRENCE, T.E.: Seven Pillars of Wisdom; Penguin Books, 1962.–HOURANI, Albert: A History of the Arab Peoples; Warner Books, 1992.–SIMMONS, James C.: Peregrinos apasionados; Mondadori, Madrid, 1989.–GOYTISOLO, Juan: Crónicas sarracinas; Alfaguara, Madrid, 1998.–PECK, Malcolm C.: The United Arab Emirates. A Venture in Unity; Westview Press, Londres, 1986)

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