PRAGA Y VIENA

25 Praga en tiempos de Kafka

Praga, 1893

 

Kafka en Praga
Kafka en Praga

 

Dicen los poetas que a Praga es mejor conocerla en otoño, oculta en espesas nieblas que van dejando descubrir su belleza paso a paso, con cierto rubor. La primera vez que la visitamos deambulando sin rumbo fijo se nos apareció en medio de la nada la fuente de la Pequeña Plaza (Malè Namesti) que acompaña como un monaguillo a la gran plaza de la Ciudad Vieja, con sus grandes iglesias, la hermosa torre del ayuntamiento, el viejo recinto del mercado medieval, del que parten callejuelas mohosas y retorcidas. Muchos años después supe que Franz Kafka (1883-1924) nació en una de esas calles y vivió precisamente en el número 2 de la Pequeña Plaza, en una casa llamada Minuta. Tenía nueve años y pasó allí tres, pues su familia se mudaba de una casa a otra con extraña frecuencia. En la Carta al padre nos cuenta que en ocasiones pedía agua por la noche sin tener sed, por capricho, porque se aburría. Como sus amenazas no surtían efecto, el temible padre lo sacó al patio interior de la casa Minuta que llamaban Pawlatsche y lo dejó allí castigado durante largas horas. La familia Kafka tenía mal asiento. El joven Franz había nacido en lo que había sido un convento, desacralizado y convertido en casa de pisos, en el número 5 de la actual calle U Radnice. Sólo del 1885 al 1888 se movió ya la familia nada menos que tres veces. Luego pararon en la llamada Sixthaus, en Celetná 2 y más tarde en la Minuta de Malè Námesty. De allí a la Casa de los tres reyes, de vuelta a Celetnà (en el número 3) hasta que la familia instaló casa y tienda en un ala del palacio Kinsky, en plena plaza de la Ciudad Vieja. Y así podríamos seguir contando esta asombrosa movilidad y preguntándonos qué influencia pudo tener en el niño Franz Kafka.

 

En el plano de Praga podemos ver que todas estas casas estaban en el centro de la Ciudad Vieja, a pocos metros una de la otra y siempre bordeando el ghetto judío, un reducto en tiempos amurallado, que había sido una ciudad dentro de la ciudad. Hermann Kafka había llegado a Praga desde un pueblecito del sur de Bohemia, recién casado y dispuesto a emprender un negocio de telas en la capital. Llegó en torno a 1880, poco antes del nacimiento de Franz, y optó por instalarse fuera de la judería, cosa que no hubiera sido posible para un judío pocos años antes. En 1789, el emperador austríaco Josef II había emitido su Edicto de tolerancia y años más tarde cayeron los muros del ghetto, que en honor del emperador pasó a llamarse Josefstadt. Tenía una larga historia. Caravanas de mercaderes judíos se habían establecido en la orilla del río Moldava ya desde el siglo IX y en 1262 el rey de Bohemia les había dado un estatuto de limitada autonomía, con su propio ayuntamiento. Seguramente lo hizo para evitar que se reprodujeran los pogroms como el que habían sufrido en el 1096 cuando los primeros cruzados atravesaron el centro de Europa de camino a la Tierra Santa y arrasaron todo asentamiento judío que encontraron a su paso. A partir de 1852 los judíos pudieron adquirir casas fuera del recinto y así lo hicieron los más pudientes. También optaron por instalarse fuera los inmigrantes más ambiciosos, como el padre de Kafka, que llegaban a Praga al calor de su progreso económico.

 

El ghetto judío era una sección muy pequeña de la Ciudad Vieja, entre la actual calle Pariska y el río Moldava. Con una densidad de población siempre creciente, se convirtió con los siglos en un hervidero de mínimas viviendas de madera construidas al azar en callejones retorcidos y oscuros, muy estrechos, tanto que desde una casa se podía tocar la ventana de la casa de enfrente. Los callejones estaban atiborrados de tiendas donde se trasegaban toda clase de mercancías marginales, baratijas enmohecidas y artesanía barata. No menos de cinco sinagogas punteaban con sus edificios de piedra el estrecho recinto. No había más árboles que los del cementerio que ha sobrevivido. No había tampoco facilidades sanitarias y los frecuentes incendios de las casuchas de madera eran apagados por los propios vecinos. Cuando el ghetto fue abierto y se permitió a los judíos salir de él, la situación se agravó con la llegada de mendigos y prostitutas de toda Praga. Gustav Meyrinc describió en su novela El Golem toda la sordidez y la vida en movimiento de una población contenida en tan estrechos límites. Y otro escritor checo de habla alemana, Paul Lepin, nos relató en El fantasma de la ciudad judía la conmovedora historia de Johanna, una prostituta alegre de uno de los numerosos burdeles del ghetto, que contrae una enfermedad mortal y lamenta la destrucción de su barrio cuando las picas comenzaron la demolición y saneamiento de Josefstadt para trazar las elegantes avenidas que surcaron sin piedad los antiguos callejones. Las obras fueron planificadas con tiempo y comenzaron en 1893. Fueron derribadas 240 casas en el ghetto y 325 en las calles cercanas a la gran plaza.

 

Franz Kafka tenía diez años cuando esto sucedió y tuvo que pasar su adolescencia en el margen del derribo, oyendo los ruidos incesantes de las picas y respirando el aire fétido y el polvo de la incesante demolición, que duró veinte años. Viena había empezado  a derruir las murallas que luego se convirtieron en la Ringstrasse ya en 1857 y Praga no podía ser menos. Desde 1875 el ayuntamiento decretó el derribo de las murallas que rodeaban la Ciudad Vieja, que se convirtieron en las actuales avenidas Narodni Trida, na Prikope y na Revolucni. La avidez de los especuladores inmobiliarios hizo el resto y convirtió a la provinciana ciudad en la esplendorosa capital que conocemos hoy. El cambio fue vertiginoso. Se abrieron grandes vías por las que empezaron a circular los tranvías en 1897, dos años después de que los praguenses pudieran ya comunicarse por teléfono. Los más tradicionalistas protestaron que se estaba destruyendo el alma de la ciudad histórica. Sorprenden estas protestas, pues Praga es hoy una ciudad bien conservada arquitectónicamente y que mantiene en el centro histórico algo de su aspecto medieval mezclado con los grandes palacios de pisos y las grandes fachadas modernistas que recuerdan a Viena, aunque probablemente quisieron imitar a París.

 

Kafka calificó en una ocasión a la plaza de la Ciudad Vieja, en torno a la cual pasó gran parte de su vida, como el decorado más hermoso de todo el mundo y de todos los tiempos. Y en sus diarios y cartas alude con frecuencia a los lugares de su vida praguense, a sus largos paseos a un lado y a otro del gran río Moldava. Por lo demás, la ciudad no aparece en su obra más que de modo marginal: Hombres que caminan sobre puentes oscuros/ delante de santos/ con débiles luces, escribió en unos versos tempranos. En la primera narración que publicó, Descripción de una lucha, la acción se relaciona expresamente con uno de los paseos que el escritor tanto disfrutaba. El protagonista y su acompañante ocasional recorren el margen del río hasta llegar a la plaza que da entrada al puente de Carlos, lo atraviesan y suben, del lado de la Malá Strana hasta el Petrin, la colina que los alemanes llamaban el Laurenziberg. Praga está gélida tras una larga nevada y los personajes se enzarzan en una interminable discusión que incluye episodios surrealistas y oníricos. Kafka tenía 21 años cuando escribió este extraño cuento y ya había mostrado una decidida vocación de escritor. Se vio obligado a trabajar en la compañía italiana de seguros Assicurazioni Generali y después de un año consiguió un empleo en un organismo oficial de beneficencia, cuyos horarios más ligeros le permitían pasear largamente después del mediodía y escribir por la noche. Era muy joven y escogió como tema el mito de la lucha, tradicional en la literatura desde Homero hasta sus contemporáneos, Dickens o Dostoievsky. En sus cartas a Felice Bauer, con quien estuvo desastrosamente prometido dos veces, él mismo reconoce que la verdadera lucha es la que se produce en su interior,entre el artista innovador y perfeccionista contra el probo funcionario temeroso de su padre. Sin que ninguno de los dos logre imponerse al otro.

 

En otras dos narraciones significativas aparecen la alusiones a Praga, aunque siempre veladas e implícitas. En La sentencia el narrador imagina al personaje mirando desde una ventana frente al río y al puente llamado hoy Cechuv Most, y es claro que se trata del edificio que se alzaba donde hoy se encuentra el Hotel Intercontinental, que fue una de las muchas viviendas de la familia Kafka. El padre sentencia al hijo a quitarse la vida saltando el puente, lo que él hace obediente aprovechando el ruido del tráfico en la calle que bordea el río. En El proceso, siempre sin nombrarla, aparece Praga exhalando un prosaico misterio. La catedral en la que Josef K. discute sobre la ley con el presbítero es según todos los indicios la de San Vito, encaramada en el Castillo. Y también es ella sin duda en el capítulo final, cuando los esbirros detienen al acusado y le obligan a dar un último paseo, otra vez atravesando el puente de piedra y subiendo la colina de la Mála Strana para asestarle el golpe final y dejar su cadaver abandonado en las antiguas canteras de Strajov. En esta como en otras obras, las alusiones a la ciudad son significativamente neutras, asépticas. No revelan sentimientos del escritor ni son literatura descriptiva de la ciudad como lo fueron tantas otras obras de muchos autores alemanes y checos, empezando por los deliciosos cuentos de la Malá Strana del precursor Jan Neruda.

 

Kafka manifestó en ocasiones una clara intención de huir de Praga. Triste, nervioso…en la cama por miedo a Praga, escribió en su diario. Tenía a Berlín como el oscuro objeto su afán de evadirse, “una medicina contra Praga”. Quiso estudiar en Munich y en otros lugares y envidiaba a alguno de sus parientes lejanos que vivían en lugares exóticos como Madrid, o incluso más lejos. Él mismo viajó bastante antes de caer enfermo de tuberculosis: estuvo en Brescia, en París, en Zurich, Milán y Lugano. Y ya enfermo recorrió no pocos sanatorios cercanos a Praga y más tarde a Viena, donde acabó su vida en 1924. Muy joven escribió a su amigo Oskar Pollak una conocida frase: Praga no te suelta…Esta madrecita tiene garras y el hombre tiene que someterse… Prenderle fuego, añadió, sería la única manera de escapar. Estas ambiguas palabras podrían referirse al embrujo que produce una ciudad tan bella y tan vibrante de historia. O todo lo contrario. La primera novela que escribió, América (su título original era El desaparecido) revela seguramente la ilusión del autor de liberarse en la lejanía, en un continente desconocido en el que sólo ocasionalmente recuerda con nostalgia a su ciudad natal. En el breve relato titulado El escudo de la ciudad, aparece Praga como la ciudad que quiere construir la Torre de Babel y nunca la acaba, porque tiene que hacerla llegar hasta el cielo y eso es imposible. En el escudo aparece una espada empuñada por un guerrero que permanece invisible. El narrador, desesperado, le pide que con cinco golpes destruya la ciudad para acabar con tantos sueños y leyendas proféticas.

 

La obra de Kafka está llena de miedo a algo desconocido, a no poder llegar al final, a lo inalcanzable. Por eso no acabó ninguna de sus novelas como tampoco acaba el proceso de Josef K. ni el Castillo llega a resolver las peticiones de los solicitantes. Kafka era un un judío descreído que en la famosa Carta le reprocha al padre su adhesión hipócrita a una religión formalista y social. Pero progresivamente fue sintiéndose cada vez más cercano a sus raíces religiosas e incluso jugó con la idea de trasladarse a Palestina. En “el monstruo que llevaba en su mente” como él mismo dijo, tenía que bullir el recuerdo de la demolición del ghetto, la Josefstadt de la que tomó el nombre para designar al protagonista de El proceso, Josef K. Todo nos transporta a la lucha entre la ciudad antigua que veía desaparecer y la emergencia de un nuevo mundo prosaico, burocrático y frío en el que tuvo por necesidad que vivir. Praga, dicen algunos, es para Kafka menos una ciudad concreta que una metáfora de las contradicciones que existieron en la realidad y que él tuvo que sufrir tan agudamente, víctima de su extrema sensibilidad. De la lucha que sus diferentes identidades libraban en su interior: No me siento en mi sitio aquí…y no es que luche contra lo que me rodea…yo solamente lucho contra mí mismo.

 

En una ciudad de tres pueblos, checo, alemán y judío, Kafka, judío de habla alemana, se sentía ajeno a todos, extranjero por doquier. La minoría alemana, que dominaba la nobleza, el ejército y la cultura, era una isla en un mar checo que pugnaba por ampliar su poder frente a la monarquía vienesa. Franz era de los pocos alemanes que hablaba el idioma local y rendía homenaje a su cultura. Se encontraba en tierra de nadie, pues era un privilegiado  estudiante en los liceos y en la universidad alemana pero al mismo tiempo frecuentaba a Isak Löwy y sus colegas del del teatro yiddish que recaló en Praga en 1911 cuando empezaba a arrancar su carrera literaria. Tuvo que sufrir todas las contradicciones de una ciudad provinciana que crecía desordenadamente, de un régimen político que se hundía bajo el impulso del nacionalismo checo. En fin, de una salud corporal que lo minaba y de la que pensaba poder huir. Kafka heredó la inestabilidad de los primeros años y cuando pudo evadirse de la casa familiar vivió en varios rincones de Praga. Su hermana Ottla le ofreció instalarse para trabajar en una diminuta casa que le alquiló en la Zlatá Ulicka, el callejón de viviendas apoyadas en los muros del Castillo que el emperador Rodolfo reservaba para sus alquimistas. Vivía entonces en un apartamento alquilado en el palacio de Schönborn y subía al Castillo por las noches para dedicarse en silencio a su arte. ¿No estaría buscando en su mente el hacinamiento del ghetto que había visto sucumbir al otro lado del río?

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(KAFKA, Franz: Sämtliche Erzählungen; Fischer Verlag,. Frankfurt 1969.–Id: Brief an den Vater; Reklam. Stuttgart 1995.–RIPELLINO, Angelo María: Praga Mágica; Julio Ollero ed. Madrid 1991.–WAGENBACH. Klaus: Kafkas Prag; Verlag Klaus Wagenbach, Berlín 1993.–CERMAK, Joseph: Kafka y Praga; en www.nada.es, 2006.–ZIMMERMANN, Hans Dieter: Kafka für Fortgeschrittene; Verlag C.H. Beck. Munich 2004.– LEPPIN,, Paul: Das Gespenst der Judenstadt: en Prager Deutsche Erzählungen. Reklam, Stuttgart 1992.–BECHKOVÁ, Katerina: Lost Prague; Paseka, Praga, 2007)

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